Opinión | ¿Qué nos ha pasado?: La estrategia de contención dual y el precio de 25 años de errores acumulados

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica cómo la estrategia de contención dual de Estados Unidos ha favorecido la alianza entre China, Rusia e Irán, acelerando, lo que se pretendía impedir: un mundo multipolar por las malas decisiones de los Estados Unidos. Foto: Generada digitalmente.

29 / 03 / 2026 05:42

Actualizado el 29 / 03 / 2026 12:25

«El escenario potencialmente más peligroso sería una gran coalición de China, Rusia y quizá Irán, una coalición antihegemónica unida no por la ideología sino por agravios complementarios» – Zbigniew Brzezinski, «The Grand Chessboard», 1997.

Brzezinski lo escribió en 1997, cuando Estados Unidos era la única superpotencia del planeta, la Unión Soviética llevaba seis años muerta, China aún no había ingresado en la Organización Mundial del Comercio e Irán era un paria internacional bajo doble embargo.

Que precisamente esos tres países acabaran formando un frente común contra Washington parecía, en aquel momento, una hipótesis académica.

Casi tres décadas después, la profecía se ha cumplido al pie de la letra. Y lo más extraordinario no es que se haya cumplido: es que ha sido la propia política exterior estadounidense la que la ha hecho realidad.

La pregunta que se impone no es cómo hemos llegado hasta aquí —eso lo saben los que leen mapas—, sino algo más incómodo: ¿qué nos ha pasado?

¿Qué le ha pasado a la potencia que ganó la Guerra Fría sin disparar un solo tiro contra Moscú, que reconstruyó Europa con el Plan Marshall, que integró a Japón y Alemania en un orden liberal que produjo siete décadas de prosperidad?

¿Cómo ha pasado de ser el arquitecto del mundo a ser el pirómano que prende fuego a su propia obra?

La doctrina de las dos liebres: contener a Rusia y a China al mismo tiempo

La estrategia de contención dual no nació con Donald Trump ni con Joe Biden.

Es un proyecto bipartidista que atraviesa las últimas cinco administraciones y cuya lógica puede resumirse así: Rusia y China son demasiado grandes, demasiado armadas y demasiado poco dóciles para ser integradas en el orden liberal que Washington diseñó tras 1945.

Si no pueden ser cooptadas, deben ser contenidas. Y si deben ser contenidas, hay que hacerlo simultáneamente, porque cualquier debilidad en un flanco será explotada en el otro.

El problema es que contener a dos potencias nucleares a la vez es extraordinariamente caro.

George Kennan, el padre intelectual de la contención original, la diseñó para un solo adversario —la Unión Soviética— y aun así advirtió de los riesgos de sobreextensión.

Paul Kennedy, en «Auge y caída de las grandes potencias», documentó que todos los imperios que intentaron sostener compromisos militares superiores a su capacidad económica acabaron quebrando.

La historia no es ambigua en este punto: quien persigue dos liebres no atrapa ninguna.

Pero Washington decidió perseguir ambas. Y para no hacerlo solo, instrumentalizó a dos actores regionales como pilares de su arquitectura: Europa para embridar a Rusia, y el mundo árabe —específicamente las monarquías del Golfo y el Estado de Israel— para proyectar fuerza en la masa continental euroasiática y controlar el grifo energético del que dependen tanto Pekín como Moscú.

Europa: el pilar que se construyó para contener y terminó siendo contenido

La expansión de la OTAN hacia el este fue presentada como el ejercicio soberano de naciones libres que elegían su destino.

Y lo era, formalmente. Pero en términos estratégicos era otra cosa: la construcción de un cordón sanitario en torno a Rusia que extendía la frontera militar de la Alianza hasta las puertas de San Petersburgo.

De 12 miembros fundadores en 1949, la OTAN ha pasado a 32, incluyendo a Finlandia, que añadió más de 1.300 kilómetros de frontera directa con Rusia en 2023, y a Suecia, que ingresó en 2024.

Dos países que habían mantenido la neutralidad durante toda la Guerra Fría.

Moscú reaccionó exactamente como cualquier potencia habría reaccionado: con la invasión de Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014 y la invasión a gran escala de Ucrania en 2022.

«Paul Kennedy demostró que el declive imperial no se produce por una derrota militar decisiva sino por la acumulación de compromisos que superan la capacidad económica del imperio para sostenerlos. Es lo que llamó ‘sobreextensión imperial’, y Estados Unidos la encarna hoy de manera casi textual».

Ninguna de estas acciones es justificable bajo el derecho internacional. Pero todas eran previsibles.

El propio Kennan advirtió en 1997 que la expansión de la OTAN era «el error más fatídico de la política exterior estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría».

No porque Rusia tuviera razón, sino porque la respuesta de Moscú era predecible y Washington no tenía un plan para gestionarla.

El resultado está a la vista. Europa, que antes de 2022 gastaba un raquítico 1,5 por ciento de su PIB en defensa, ha tenido que elevar ese porcentaje hasta el 2 por ciento de media —y la OTAN ya exige un 3,5 por ciento para 2035—.

Según un análisis de McKinsey, la inflación erosionará los presupuestos europeos de defensa en 326.000 millones de dólares entre 2022 y 2026.

Europa se ha visto obligada a armarse a marchas forzadas, desviando recursos que deberían haber ido a la transición energética, la competitividad industrial y la cohesión social.

El pilar que Washington construyó para contener a Rusia ha terminado siendo contenido él mismo: atrapado entre la amenaza militar rusa y la presión económica norteamericana, sin autonomía estratégica real y con una factura de defensa que no puede pagar sin sacrificar su modelo social.

Oriente Próximo: el teatro donde todo se descontrola

Si Europa fue el instrumento para contener a Rusia por el oeste, Oriente Próximo cumplía una función doble y más compleja: era el depósito de energía que alimenta a China —el petróleo del Golfo representaba en 2024 aproximadamente la mitad de las importaciones energéticas chinas, y cerca del cuarenta y cuatro por ciento de su crudo pasaba por el Estrecho de Ormuz— y, simultáneamente, el teatro en el que Rusia intentó proyectar su condición de potencia global.

Las bases rusas en Siria, sus ventas de armamento a la región, su presencia naval en el Mediterráneo oriental: todo ello formaba parte de un proyecto que Moscú construyó pacientemente desde 2015 para demostrar que no podía ser excluida de ningún escenario relevante.

Un proyecto que, sin embargo, acaba de revelar su fragilidad constitutiva: la caída de Assad en diciembre de 2024 privó a Moscú de las bases de Tartús y Hmeimim, los únicos apoyos logísticos que sustentaban esa presencia.

Rusia entró en Siria para demostrar que era una potencia indispensable en Oriente Próximo. Una década después, salió sin el activo que justificaba la inversión.

No es la imagen de una potencia consolidada; es la imagen de un jugador oportunista que apostó sobre un cliente —Assad— que se derrumbó en semanas.

Pero la pérdida rusa no es la ganancia americana. Porque Washington, en paralelo, ha ejecutado su propia versión del desastre: la Operación «Epic Fury» contra Irán, lanzada en febrero de 2026 junto con Israel, ha desestabilizado precisamente el teatro que se suponía debía controlar.

Un artículo reciente de la LSE lo formula con precisión quirúrgica: las alianzas estratégicas que Rusia y China habían construido con Irán no han servido para proteger a Teherán, pero la operación estadounidense tampoco ha consolidado el control americano.

Ha generado, en cambio, un vacío que nadie controla y que todos intentan explotar.

El mundo árabe: la herramienta que dejó de obedecer

Washington utilizó las monarquías del Golfo como una extensión de su política exterior durante medio siglo. Arabia Saudí lo reconoció explícitamente: Mohammed bin Salman admitió en 2018 que la propagación internacional del wahabismo fue «un proyecto enraizado en la Guerra Fría, cuando los aliados pidieron a Arabia Saudí que usara sus recursos para impedir el avance soviético en los países musulmanes».

La instrumentalización no fue un secreto: fue una política declarada.

Pero las herramientas tienen la desagradable costumbre de desarrollar voluntad propia. Hoy, los estados del Golfo compran armamento ruso y chino, firman acuerdos estratégicos con Pekín, permiten que China medie entre Riad y Teherán —las negociaciones que condujeron al acuerdo de normalización de 2023 se celebraron en Pekín, no en Washington—, y mantienen sus propias agendas regionales que ya no coinciden necesariamente con las de Estados Unidos.

La Carnegie Endowment lo ha formulado sin ambigüedad: los gobiernos de Oriente Próximo «ahora pueden ir de compras» — buscar armas, inversión y socios diplomáticos en un mercado multipolar donde Washington ya no es el único proveedor.

La invasión de Irak en 2003, que debía transformar la región en un escaparate de democracia liberal, produjo el efecto contrario: desestabilizó el equilibrio de poder, empoderó a Irán como actor regional, generó el Estado Islámico y demostró a todas las capitales árabes que la alianza con Washington podía ser tan peligrosa como su ausencia.

La Primavera Árabe de 2011 completó la lección: los aliados más fieles de Estados Unidos —Mubarak en Egipto, Ben Ali en Túnez— fueron abandonados sin contemplaciones.

Si eso le pasa a quien obedece, razonaron en Riad y Abu Dabi, más vale tener opciones.

La profecía autocumplida: cómo crear el enemigo que se temía

Brzezinsk, consejero de Seguridad Nacional en la Administración del presidente Jimmy Carter, advirtió del peligro de una coalición antihegemónica entre China, Rusia e Irán.

Pero añadió algo que se cita menos: que «evitar esta contingencia, por remota que fuera, requeriría una demostración de habilidad geoestratégica estadounidense».

No pedía fuerza bruta. Pedía inteligencia estratégica. Diplomacia. Capacidad de acomodar sin capitular.

Estados Unidos hizo exactamente lo contrario. Expandió la OTAN hasta las fronteras rusas sin ofrecer a Moscú ningún mecanismo de seguridad alternativo.

Lanzó una guerra comercial contra China mientras la acusaba simultáneamente de ser un socio comercial desleal y una amenaza militar existencial.

Y atacó Irán militarmente en alianza con Israel, asesinando al líder supremo iraní en una operación que ni siquiera fue consultada con los aliados europeos.

El resultado es que la coalición que Brzezinski temía no solo existe: es más sólida y más amplia que cualquier cosa que él hubiera imaginado.

Rusia y China firmaron en febrero de 2022 una asociación «sin límites». Irán ingresó en los BRICS+ y firmó un acuerdo de asociación estratégica integral con Rusia en enero de 2025.

China suministró a Irán componentes de defensa aérea y tecnología de doble uso.

Rusia entregó a Teherán cazas Su-35 y sistemas de defensa antiaérea. En enero de 2026, en un desfile militar en Pekín, Vladimir Putin, el líder norcoreano y el presidente iraní aparecieron juntos al lado de Xi Jinping.

La pesadilla geopolítica de Brzezinski, fotografiada en alta resolución.

El precio de la sobreextensión: tres frentes, ninguna victoria

Paul Kennedy demostró que el declive imperial no se produce por una derrota militar decisiva sino por la acumulación de compromisos que superan la capacidad económica del imperio para sostenerlos.

Es lo que llamó «sobreextensión imperial», y Estados Unidos la encarna hoy de manera casi textual.

En el frente europeo, cuatro años de guerra en Ucrania han costado a Occidente cientos de miles de millones en ayuda militar y económica sin que se vislumbre un final negociado.

Trump exige ahora a los aliados europeos que gasten más mientras él mismo impone aranceles que debilitan las economías que deben financiar ese gasto.

En el frente indopacífico, la competición con China es una sangría tecnológica y financiera permanente: AUKUS, las restricciones a semiconductores, la militarización del Mar del Sur de China.

Y en Oriente Próximo, la Operación «Epic Fury» ha elevado el precio del Brent por encima de los cien dólares, ha cerrado el Estrecho de Ormuz y ha desencadenado una crisis energética que castiga tanto a aliados como a adversarios.

El presupuesto de defensa de Estados Unidos supera ya los 900.000 millones de dólares anuales. El Congreso aprobó un suplemento de 156.000 millones adicionales en el verano de 2025.

Y sin embargo, en ninguno de los tres frentes hay una victoria consolidada.

Ucrania resiste pero no gana. China no ha sido contenida; ha sido acelerada. Irán, lejos de capitular, ha demostrado una resiliencia que desafía todas las previsiones de los planificadores de Washington.

La máquina más poderosa del mundo está funcionando a máximo rendimiento y no consigue producir un solo resultado estratégico definitivo.

Lo que queda cuando se apaga el ruido

La pregunta del título —¿qué nos ha pasado?— admite una respuesta que no requiere ideología sino solo contabilidad estratégica.

A Estados Unidos le ha pasado lo que le pasa a toda potencia que confunde hegemonía con omnipotencia: que el mundo deja de colaborar con el hegemón cuando el hegemón deja de ofrecer algo a cambio de la obediencia.

Europa fue leal mientras Washington garantizaba seguridad sin exigir sumisión comercial. Los estados árabes cooperaron mientras el paraguas americano no implicaba ser arrastrados a guerras que no habían elegido.

Y Rusia y China fueron adversarios gestionables mientras nadie las empujara a formar un frente común.

Todo eso se ha roto. No por un acontecimiento concreto, sino por la acumulación de errores que funcionan como un interés compuesto: cada decisión equivocada multiplica el coste de la siguiente.

La expansión de la OTAN generó la respuesta rusa. La respuesta rusa justificó más expansión. Más expansión produjo más tensión. Más tensión empujó a Rusia hacia China.

Y la alianza ruso-china facilitó la operación contra Irán que ahora amenaza con desestabilizar todo el tablero simultáneamente.

Brzezinski tenía razón, pero no en el sentido que suele citarse. No acertó solo en la predicción: acertó en el diagnóstico.

El escenario más peligroso para Estados Unidos no era que China, Rusia e Irán se aliaran. Era que Washington careciera de la inteligencia estratégica necesaria para evitarlo. Eso es lo que nos ha pasado.

No nos ha derrotado ningún enemigo exterior. Nos hemos derrotado nosotros mismos, persiguiendo dos liebres durante veinticinco años y descubriendo, cuando ya era demasiado tarde, que no habíamos atrapado ninguna.

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