Opinión | El Arzobispo de Canterbury y la función notarial en Inglaterra y Gales (II)

Josep Gálvez, «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español, aborda en esta segunda entrega el oficio del ‘notary’ inglés: sello, lenguas y la aristocracia políglota de los ‘scrivener notaries’. Foto: JG.

7 / 04 / 2026 05:45

Cuentan que, durante el Gran Incendio de Londres de 1666, un tal Samuel Pepys tuvo la genial ocurrencia de enterrar en su jardín lo que consideraba esencial preservar del Apocalipsis.

Así que no sólo enterró documentos y oro, sino también su vino y un carísimo queso parmesano.

Y es que Pepys, que era inglés hasta la médula, entendía perfectamente que en momentos de catástrofe conviene poner a salvo los papeles, las provisiones y la dignidad.

El detalle del parmesano es bien conocido y retrata bastante bien a este país, donde la historia se conserva no sólo en las piedras, sino también en los archivos, en los sellos y en los papeles.

La semana pasada dejamos el asunto justamente ahí, en la sombra alargada de Canterbury.

Viendo cómo la función notarial en Inglaterra y Gales es el fruto de una continuidad histórica que pasa por Roma, la Reforma y la autoridad del Arzobispo a través de la ‘Faculty Office’.

Y ya advertimos que el notario inglés no es una variante local del modelo español, sino un profesional encargado de dar credibilidad a documentos destinados a cruzar fronteras.

Pero se preguntarán: ¿qué hace exactamente un notario inglés? ¿En qué consiste su trabajo diario?

Pues bien, de eso va esta segunda entrega.

Porque después de Canterbury, toca la mesa donde se firman poderes, declaraciones, certificados y escrituras que habrán de sobrevivir a la peor de las pruebas.

Y ya les adelanto que aquí el notario no está para adornar documentos, como tantas veces creen quienes han confundido la fe pública con la papelería de barrio.

Está para exportar confianza.

QUÉ HACE EXACTAMENTE UN ‘NOTARY’ EN INGLATERRA Y GALES

La definición oficial, que rara vez permite florituras, dice que el ‘notary’ en Inglaterra y Gales es un especialista en el particularísimo sector legal inglés.

Y es que la función principal del notario inglés consiste en “attest the authenticity” de escrituras y otros documentos legales destinados a producir efectos en el extranjero.

 Y el registro oficial de profesiones reguladas del Reino Unido repite exactamente la misma idea.

Dicho en cristiano, el notario inglés está para decir, con autoridad reconocida, que ese documento merece crédito fuera de Inglaterra y Gales.

Pero atención, porque aquí viene la primera confusión que conviene despejar.

“Atestiguar la autenticidad” no significa, ni de lejos, comparar una fotocopia con un original y estampar una firma distraída mientras suena el teléfono.

Esa tarea va mucho más allá de una simple certificación.

Si el documento ha sido atestado por un ‘notary’, es para que tribunales, registros, bancos y autoridades extranjeras puedan aceptarlo sin necesidad de investigar por su cuenta quién firmó, con qué capacidad, ante quién compareció y si la cosa huele a chamusquina.

En eso consiste el pequeño milagro jurídico del oficio del notario inglés.

En ahorrar dudas a terceros lejanos.

Y como los ingleses, cuando hablan de confianza, suelen pensar en su utilidad; cada notario lleva su propio sello, que se incorpora al documento como emblema visible de esa autoridad personal.

Por eso, aunque ese trabajo se concreta en asuntos muy variados, todos comparten la misma vocación viajera.

De ahí que el ‘notary’ se dedique a preparar poderes para actuar en otro país, intervenir en certificados de sociedades mercantiles, autenticar declaraciones para matrimonios o herencias fuera del Reino Unido, entre otras cuestiones.

Por eso el cliente típico del notario inglés es con frecuencia un ciudadano corriente metido en el lío moderno de la vida internacional.

Por ejemplo, quien compra una vivienda en la Costa del Sol y necesita otorgar un poder.

O alguien que va a casarse en las Bahamas, aceptar una herencia en Portugal o acreditar ante un banco de Hong Kong quién es, qué firma y con qué facultades actúa.

Y es que muchos papeles sólo pueden circular internacionalmente si previamente han sido certificados por un ‘notary’.

Es una bisagra entre dos sistemas jurídicos que no se fían el uno del otro y, sin embargo, necesitan entenderse para que el mundo siga comprando, heredando y casándose con cierta normalidad.

Por eso, a diferencia del modelo español, en Inglaterra y Gales la intervención del notario es más restringida e internacional.

Ni interviene en la compraventa de un piso en Londres ni en la herencia del primo en Kent, sino en esa franja fronteriza donde el documento deja de ser asunto local y empieza a exigir pasaporte.

EL OFICIO, LAS LENGUAS Y LA GRACIA DEL SELLO

Naturalmente, como sucede por aquí, la profesión está regulada con bastante más rigor del que algunos imaginan.

Para empezar, el acceso a la función notarial se parece menos a una gran carrera de memoria y más a un sistema de formación, exámenes, práctica y responsabilidad profesional continuos.

Y es que los candidatos no llegan al oficio por haber aprobado una oposición y luego quedar ya investidos para siempre con una especie de autoridad vitalicia.

Al contrario, tienen que superar exámenes muy específicos y, después de ser admitidos, no quedan sueltos en sus particulares cotos privados, sino que deben trabajar bajo la supervisión de un notario veterano durante sus primeros años de ejercicio.

A eso se añade una idea muy inglesa, muy práctica y bastante poco romántica.

Y es que la cualificación no se presume inmutable con el paso del tiempo.

De ahí que el ‘notary’ deba seguir formándose cada año.

La ‘Faculty Officeles exige formación continua y deja claro que el cumplimiento de dicha obligación es condición para obtener su certificado de práctica anual.

Es decir, no basta con haber sabido mucho una vez, sino que hay que demostrar que se sigue al día.

Por eso, todos los notarios deben obtener créditos de formación continua.

Esto revela una diferencia cultural importante, ya que, aunque exige conocimientos iniciales, se combina con el aprendizaje supervisado, la actualización obligatoria y el control del ejercicio.

También cambia mucho el enfoque en la responsabilidad profesional.

En Inglaterra y Gales, el notario debe contar con un sistema de quejas fácilmente accesible para el público, reforzado tras las reformas impulsadas por la ‘Competition and Markets Authority’.

Y, en el fondo, eso encaja con el temperamento jurídico de cada país.

En España nos tranquiliza la oposición épica, el temario oceánico y la investidura casi sacerdotal del oficio.

En Inglaterra y Gales, tranquiliza más la combinación de competencia acreditada, supervisión real, formación continua, seguro y sistema de reclamaciones.

LOS  ‘SCRIVENER NOTARIES’, UNA ESPECIALIZACIÓN DENTRO DE LOS ‘NOTARIES’

Para que nos hagamos una idea, mientras en España el Consejo General del Notariado habla de casi 3.000 notarios repartidos por el país, en Inglaterra y Gales hay ahora mismo unos 760 notarios en ejercicio.

Es decir, España tiene cuatro veces más notarios.

Y eso encaja con lo que ya veníamos diciendo.

Que en Inglaterra y Gales es una profesión mucho más pequeña, más especializada y mucho más orientada al documento con proyección internacional.

Por eso el rigor se extiende a la cuestión de las lenguas y del derecho extranjero.

En la imaginación del profano, notarizar un documento en un idioma extranjero consiste poco menos que en comprobar que el papel trae suficientes párrafos, suficientes firmas y cierto aspecto más o menos solemne.

Pero la realidad inglesa es bastante menos frívola.

Y es que el notario inglés debe asegurarse de que tanto él como su cliente comprenden el documento y se comprenden entre sí, así como del efecto que dicho documento producirá en el extranjero.

No puede aceptar, sin más, lo que le diga el interesado.

Si el texto está en una lengua que el cliente no domina o en un idioma que el ‘notary’ no controla, podrá exigir una traducción adecuada o la presencia de un intérprete cualificado y, a veces, ambas cosas.

Es en este punto donde entran en escena los famosos ‘scrivener notaries’, esa aristocracia políglota del notariado londinense que a tantos españoles les suena a hermandad secreta con ritos masónicos y sacrificios humanos.

Pero lejos de leyendas urbanas, los “notarios escribanos” pertenecen a la profesión notarial general, pero constituyen dentro de ella una rama separada y altamente cualificada.

Primero, uno se forma como ‘notary’ y después puede adquirir una cualificación adicional, con entrenamiento más avanzado en práctica notarial y en al menos dos lenguas extranjeras.

Y su razón de ser no es decorar tarjetas de visita con un toque cosmopolita, sino atender mejor las complejas transacciones internacionales que florecen en una ciudad como Londres.

Es decir, todo ‘scrivener notary’ es notario, pero no todo notario es ‘scrivener’, de la misma manera que todo torero ha pasado por la plaza, pero no todo el que pisa el albero acaba siendo Curro Romero.

Porque, como Samuel Pepys y su parmesano enterrado, conviene ir salvando cada pieza en su momento.

Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.

Josep Gálvez es «barrister» en las Chambers de 4-5 Gray’s Inn Square en Londres y abogado español. Está especializado en litigios comerciales complejos y arbitrajes internacionales. Interviene ante los tribunales de Inglaterra y Gales, así como en España, y actúa también como ‘counsel’ y árbitro en disputas internacionales en las principales instituciones de arbitraje.

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