«Los dogmas del pasado tranquilo son inadecuados para el presente tormentoso. La ocasión está cargada de dificultades, y debemos estar a su altura. Como nuestro caso es nuevo, también nuevos han de ser nuestros pensamientos y nuestros actos» — Abraham Lincoln, Mensaje Anual al Congreso, 1 de diciembre de 1862.
El calendario electoral norteamericano se ha contraído de manera anormal. Faltan más de dos años y medio para las presidenciales de 2028, los comicios de medio mandato no se celebran hasta noviembre de este año, y sin embargo la batalla por la sucesión de Donald Trump ya se libra a cara descubierta.
Mar-a-Lago se ha convertido en un colegio electoral informal donde el presidente, según ha publicado Axios, sondea a sus donantes con una pregunta de tres palabras: «¿Marco o JD?»
La aritmética interna del trumpismo se discute en cócteles de Florida mientras el gobernador de California ensaya, desde el otro extremo del país, una respuesta opuesta y especular.
Esta precocidad no es un capricho mediático. Es el síntoma de un presidente cuya autoridad se desangra.
La aprobación de Trump oscila, según las distintas medias demoscópicas, entre el 36 % y el 44 %, lejos del 53 % que sostuvo a Reagan en 1988 y permitió la victoria de George H. W. Bush.
La guerra de Irán —Operación Epic Fury, lanzada el 28 de febrero— no ha producido el cambio de régimen prometido, las negociaciones de Islamabad encabezadas por el propio vicepresidente terminaron sin acuerdo el 12 de abril tras 21 horas de conversaciones, y la economía no ofrece ya el viento de cola que el republicano necesitaba para blindar su legado.
En estas condiciones, la sucesión deja de ser un horizonte para convertirse en una urgencia.
Hay tres hombres que la encarnan. No son tres candidatos: son tres tesis sobre qué debe ser Estados Unidos cuando termine la era Trump.
Conviene mirarlos despacio, porque de ellos depende algo más que el reparto interno del poder en Washington. De ellos depende, también, la naturaleza misma de la relación transatlántica durante la próxima década.
JD Vance: el heredero doctrinal
Cuarenta y un años, marine, exalumno de Yale Law School, autor de Hillbilly Elegy, católico converso confirmado bajo la advocación de san Agustín, padre de tres hijos y un cuarto en camino.
James David Vance es el vicepresidente más joven desde Richard Nixon en 1952 y, según el consenso de los analistas, el más poderoso desde Dick Cheney en la primera administración Bush.
En menos de un año ha acumulado un perímetro funcional sin precedentes: presidente del Senado con voto de calidad para sacar adelante la gran ley fiscal y de gasto del verano de 2025, presidente del Comité Nacional Republicano —cargo nunca ocupado antes por un vicepresidente—, jefe de la delegación negociadora con Irán, y desde abril de este año «zar antifraude» con mandato explícito sobre los Estados gobernados por demócratas.
Su perfil ideológico es el de un postliberal de derecha asumido. Ha avalado con prólogo el manifiesto de Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation y arquitecto del Project 2025, y ha respaldado con una nota de portada el libro del conspiracionista Jack Posobiec.
Se inscribe en una tradición intelectual que reivindica a Pat Buchanan, que recela del libre comercio, que entiende la inmigración como amenaza demográfica y que considera —como dejó escrito y dicho en la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2025— que la principal amenaza para la seguridad de Europa no es Rusia ni China, sino lo que él denominó «la amenaza desde dentro»: las democracias liberales europeas, sus tribunales, sus reguladores y su prensa.
Aquel discurso fue calificado por buena parte de la prensa europea como una declaración de guerra cultural a las instituciones del Viejo Continente.
No fue retórica. Era doctrina.

En las primarias hipotéticas, Vance domina con holgura. La encuesta de Emerson College de agosto le dio el 52 % entre votantes republicanos; la de Newsweek de febrero, el 53 %; el sondeo informal de la Conservative Political Action Conference de marzo, el 53 %.
En los mercados de predicción se mueve cerca del 50 %. Trump le ha llamado públicamente «brillante» y ha sugerido en varias ocasiones que será su sucesor más probable.
Hay, además, un dato significativo en clave de financiación ideológica: su mentor político es Peter Thiel, el multimillonario cofundador de Palantir que financió con 15 millones de dólares su campaña al Senado en 2022 y cuya empresa mantiene una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí para suministrar tecnología de inteligencia en Gaza.
Vance ha recibido además más de 167.000 dólares del lobby pro-israelí. No es un alumno tan aplicado como Rubio, pero tampoco un extraño en la casa.
Con todo, Vance arrastra dos cargas. La primera es estructural: en 2028 deberá presentarse asociado a un presidente cuya popularidad lleva un año descendiendo y cuya guerra contra Irán amenaza con convertirse en un nuevo Vietnam diplomático.
La segunda es personal: aunque el discurso público lo presente como leal absoluto, fuentes internas filtraron en marzo a la prensa norteamericana que en las deliberaciones previas al ataque sobre Irán Vance había expresado escepticismo.
La operación se hizo igual. Y la pregunta queda en el aire: ¿hasta qué punto el postliberalismo doctrinal de Vance es compatible con el imperialismo bonapartista de su jefe?
Marco Rubio: el candidato del eje Jerusalén-Washington
Cincuenta y cuatro años, hijo de exiliados cubanos, senador por Florida durante 14 años, derrotado por Trump en las primarias republicanas de 2016, confirmado por unanimidad como secretario de Estado en enero de 2025.
Rubio ha acumulado a lo largo del primer año de la administración Trump un currículum funcional que recuerda al de Henry Kissinger entre 1973 y 1975: secretario de Estado, asesor de Seguridad Nacional en funciones, archivero de los Estados Unidos en funciones hasta febrero, administrador de USAID en funciones hasta agosto.
Cuatro carteras simultáneas. El cargo más alto jamás ocupado por un hispano en la historia política norteamericana.
Pero el dato que de verdad explica su trayectoria no está en su currículum. Está en su libro de donantes. Rubio es, según la base de datos OpenSecrets y el rastreo sistemático de la organización Track AIPAC, uno de los políticos norteamericanos que más dinero ha recibido del lobby pro-israelí: más de un millón de dólares acumulados desde su llegada al Senado en 2010.
Fue discípulo del difunto Sheldon Adelson, el magnate de los casinos que en 2015 consideraba a Rubio «su perfecto pequeño títere» —la expresión no es nuestra: es de Trump, en un tuit de octubre de aquel año—.
Y su nombramiento como secretario de Estado se produjo, según la prensa norteamericana, a instancias directas de Miriam Adelson, viuda de Sheldon, que había aportado más de 100 millones de dólares a la campaña de Trump en 2024 a través de su Preserve America PAC.
En el Congressional Summit de AIPAC de 2025, el propio director ejecutivo de la organización, Elliott Brandt, presumió en una sesión «off the record» —después filtrada por The Grayzone— de que Rubio era uno de los tres altos cargos de seguridad nacional de la Administración que garantizaban a AIPAC «acceso» a las deliberaciones internas del gobierno.
Esa arquitectura de fondos explica la trayectoria de Rubio en los dos grandes teatros estratégicos de la administración.
Diseñó la operación contra el régimen de Maduro que culminó el 3 de enero con los ataques aéreos sobre Venezuela y la captura del propio dictador.
CNN lo describió como «la fuerza motriz» de aquella operación. Y cuando Trump dio la luz verde a la guerra contra Irán, Rubio no estaba en la Sala de Crisis de la Casa Blanca: estaba al lado del presidente, en un improvisado puesto de mando en Mar-a-Lago.
La simbología fue inequívoca. Dos días después, el 2 de marzo, Rubio compareció ante la prensa en el Capitolio y dejó una frase que no admite dobles interpretaciones: «Sabíamos que iba a haber una acción israelí; sabíamos que eso precipitaría un ataque contra nosotros».
Aquel día, el secretario de Estado confirmó en público lo que los analistas llevaban años denunciando: la sincronización operativa plena entre Jerusalén y Washington, y la subordinación de la iniciativa norteamericana al calendario de Netanyahu.
El efecto de Venezuela e Irán sobre las primarias ha sido fulgurante. En el sondeo de la CPAC de hace un año Rubio cosechaba un 3 %. En el de marzo de 2026, un 35 %.

En los mercados de predicción ha llegado a superar a Vance en los días posteriores a Operación Epic Fury.
Donantes de peso —entre ellos el dueño de los New England Patriots, Robert Kraft, el inversor Paul Singer, director de la Republican Jewish Coalition, y el aspirante a gobernador de Georgia Rick Jackson— han comenzado a articular discretamente lo que la prensa ha bautizado como «draft Rubio»: una estructura informal de respaldo financiero por si el secretario de Estado decide presentarse tras los midterms.
En una cena reciente en Florida, Trump preguntó a un grupo de veinticinco donantes a quién preferirían como sucesor. Según dos asistentes citados por NBC, la sala respaldó casi unánimemente a Rubio.
Su tesis política es radicalmente distinta de la de Vance. Donde el vicepresidente representa la depuración doctrinal del trumpismo —postliberalismo, nacionalismo cristiano, ruptura con el orden liberal internacional—, Rubio representa la normalización institucional: la maquinaria sin la estética.
Es un halcón clásico, atlantista por conveniencia, con experiencia parlamentaria de 14 años, capaz de hablar el lenguaje de los aliados europeos y asiáticos sin necesidad de insultarlos.
Es, en clave histórica, lo más parecido que el actual Partido Republicano puede ofrecer a un Bush sin Bush. Pero conviene no confundirse. Si Rubio es el favorito de los grandes donantes republicanos, lo es precisamente porque su política exterior está más alineada con los intereses estratégicos del Estado de Israel que la de ningún otro aspirante.
Una presidencia Rubio significaría, con toda probabilidad, la consolidación del eje Jerusalén-Washington como vector principal de la política exterior norteamericana, por encima incluso de la rivalidad con China. Y eso, para Europa, no es una buena noticia.
Tiene, sin embargo, una limitación autoimpuesta. En una entrevista publicada por Vanity Fair en marzo, Rubio dijo textualmente: «Si JD Vance se presenta a la presidencia, será nuestro candidato, y yo seré uno de los primeros en apoyarle.»
Es un compromiso público que limita sus márgenes de maniobra, pero también puede leerse en clave inversa: Rubio se reserva la opción de presentarse si Vance, por la razón que sea, no llega a hacerlo.
Y un año en política es una eternidad.
Gavin Newsom: el espejo invertido
Cincuenta y ocho años, exalcalde de San Francisco, gobernador de California desde 2019, antiguo objeto de un fallido intento de revocación durante la pandemia, casado en segundas nupcias y heredero político del clan Getty, que ha financiado su carrera desde el principio.
Gavin Newsom no necesita explicar quién es: lleva años siendo el rostro más visible del antitrumpismo institucional norteamericano. Lo que sí ha tenido que aprender es cómo combatir a Trump con sus propias armas.
El giro se produjo en el verano de 2025, cuando la Administración federal desplegó la Guardia Nacional y a unidades de marines en activo sobre Los Ángeles tras los disturbios.
Newsom, que hasta entonces había encarnado al demócrata convencional —tecnocrático, davosiano, prudente—, decidió cambiar de gramática.
Adoptó las mayúsculas, el sarcasmo grueso, las comparecencias agresivas y los memes virales que habían hecho de Trump un fenómeno político.
Su estrategia en redes —irónica, hiperbólica, desafiante— le ha multiplicado los seguidores y, según la prensa norteamericana, le ha conquistado al sector demócrata que llevaba un año reclamando un «fighter», un luchador.
Su victoria política decisiva llegó en noviembre con la Proposición 50: un referéndum en California para redibujar los distritos electorales del Estado y compensar el gerrymandering republicano impulsado por Texas.
Newsom lideró la campaña, ganó con holgura, y luego viajó a Texas a celebrarlo en el patio trasero del adversario. Para el aparato demócrata fue una declaración de método: este hombre sí sabe pelear, y sabe ganar.
Conviene, sin embargo, introducir una cautela. Newsom no es todavía el candidato demócrata indiscutible. La sombra de Kamala Harris sigue siendo larga.
El sondeo de Morning Consult de principios de noviembre dio a la exvicepresidenta una ventaja de nueve puntos sobre Newsom en las primarias hipotéticas, 29 % contra 20 %.
El Big Data Poll la situó once puntos por delante. Harris conserva un reconocimiento de marca superior al de cualquier rival y un capital afectivo intacto entre el electorado demócrata más joven y la comunidad afroamericana.
La encuesta de Yahoo/YouGov de septiembre lo dejó claro: entre menores de 45 años, Harris y Alexandria Ocasio-Cortez superan a Newsom con holgura.
Su fortaleza está en los mayores de 45, donde aventaja a Harris por 13 puntos. La primaria demócrata, en consecuencia, no está cerrada: es una lucha generacional y estilística en toda regla, y el gobernador de California tiene que convencer aún a un electorado para el que su biografía californiana es un pasivo más que un activo.

Los duelos directos con Vance ofrecen un panorama estrechísimo. La encuesta de Emerson College en agosto los dio empatados al 44 %. UMass Lowell-YouGov en abril otorgó a Vance una ventaja de tres puntos y medio dentro del margen de error.
Un sondeo de Overton Insights de noviembre situó a Newsom tres puntos por delante. Frente a Rubio, el gobernador californiano arroja también ventajas marginales. El mensaje demoscópico es claro: Estados Unidos está partido en dos mitades casi exactas, y la elección de 2028 se jugará en los márgenes.
Newsom carga con tres lastres. El primero es geográfico, y conviene entenderlo en toda su ambigüedad. California es percibida fuera de sus fronteras como el laboratorio del progresismo más extremo, con una crisis de vivienda no resuelta, una indigencia crónica en San Francisco y unos costes que han expulsado a parte de su clase media hacia Texas y Nevada.
Es también, en el imaginario político de Washington, el Estado díscolo con el que hay que andarse con cuidado.
Un buen amigo mío de Washington DC, con décadas de experiencia en la administración federal, solía repetirme una frase que resumía aquella percepción: «En California, Jorge, siempre pasan cosas raras».
Y sin embargo, esa misma California excéntrica ha aportado a la Unión presidentes decisivos: Richard Nixon nació allí y edificó su carrera política en el sur del Estado; Ronald Reagan, nacido en Illinois pero californiano por adopción durante cuatro décadas, fue gobernador del Estado dorado antes de llegar a la Casa Blanca y definir toda una era.
El sesgo contra California convive, así, con una tradición histórica que demuestra que el Estado díscolo es capaz, llegado el momento, de producir presidentes de envergadura. El segundo lastre es biográfico: el episodio del restaurante French Laundry durante el confinamiento de 2020, cuando el propio Newsom había impuesto las restricciones más severas del país, sigue siendo una munición lista para el primer anuncio republicano.
El tercero es sociológico: la imagen de «demócrata de Davos», la asociación con la familia Getty, los trajes impecables y el peinado de portada de Vogue, lo expone a la acusación —letal en el actual ciclo populista— de ser el rostro mismo de la élite que el trumpismo dice combatir.
Tres tesis para una sola pregunta
Vista desde Europa, la disputa entre estos tres hombres no es un asunto interno norteamericano. Es la pregunta sobre qué relación tendremos con Washington durante la próxima década. Y conviene no confundir las opciones reales sobre la mesa.
Vance ofrece la radicalización doctrinal del trumpismo. Si llega a la Casa Blanca, Estados Unidos consolidará el viraje postliberal: hostilidad explícita hacia las instituciones europeas, aproximación selectiva a Rusia, retirada estratégica del orden multilateral, abrazo del nacionalismo cristiano como vector de política exterior.
Su discurso de Múnich no fue una «boutade». Era el preludio. Lo que con Trump ha sido improvisación, con Vance puede convertirse en programa de gobierno articulado.
Rubio ofrece una aparente normalización institucional. Halcón en política exterior, atlantista por conveniencia, capaz de hablar con Bruselas, Berlín y Tokio sin necesidad de despreciarlos.
Una presidencia Rubio recuperaría las formas, los canales y las gramáticas del internacionalismo norteamericano clásico. Pero conviene no dejarse seducir por las apariencias. Rubio es, antes que ninguna otra cosa, el candidato natural del eje Jerusalén-Washington: el político norteamericano más consistentemente alineado con los intereses estratégicos del gabinete Netanyahu durante los últimos quince años.
Su ascenso político está financiado por el lobby pro-israelí de forma desproporcionada, su nombramiento lo impulsó personalmente Miriam Adelson, y su gestión como secretario de Estado ha consistido en sincronizar la agenda norteamericana con el calendario militar israelí en Venezuela, Yemen e Irán.
Para Europa, esto tiene consecuencias muy concretas: un presidente Rubio trataría el dossier de Oriente Medio no como un problema que resolver sino como una alianza que profundizar, con la consiguiente tensión sobre la política europea de reconocimiento del Estado palestino, sobre las sanciones a los colonos, y sobre la futura arquitectura de seguridad del Mediterráneo. La maquinaria funcionaría con mejores modales que con Trump o Vance.
Pero funcionaría, en gran medida, al servicio de los mismos intereses.
Newsom ofrece el espejo invertido. Una presidencia demócrata que ha aprendido del trumpismo a luchar con sus propias armas, que cree en el Estado regulador, en la transición energética, en la inmigración como activo, y que recuperaría la retórica del aliado fiable —pero también la práctica, ya inaugurada por Biden, del proteccionismo industrial encubierto bajo argumentos climáticos—.
Para Europa sería un retorno parcial al statu quo previo, con todas sus virtudes y todas sus ambigüedades. Pero hay que añadir una nota de prudencia: Newsom no es aún el nominado, y mientras Kamala Harris siga liderando las primarias demócratas, la hipótesis de una presidencia Harris-bis —con todo lo que implica de continuidad bideniana— no puede descartarse.
Lo verdaderamente novedoso de este ciclo es que ninguna de las tres opciones representa una continuidad del internacionalismo bipartidista que articuló Estados Unidos durante setenta años.
Vance lo niega frontalmente. Rubio lo administra con realismo conservador al servicio de una agenda regional concreta.
Newsom lo restaura con un proteccionismo de izquierdas que tampoco es el viejo liberalismo wilsoniano. La era del consenso atlantista ha terminado. Lo que se discute es qué la sustituye.
Nuestro vaticinio es que la batalla de 2028 no se decidirá por los temas habituales —economía, inmigración, inflación— sino por la valoración retrospectiva del trumpismo.
Si los midterms de noviembre castigan al Partido Republicano —y la guerra de Irán, las fracturas de la coalición MAGA y el desgaste presidencial apuntan en esa dirección—, Vance entrará en la primaria con la mochila más pesada de la historia reciente, y el «draft Rubio» dejará de ser un rumor de Mar-a-Lago para convertirse en una candidatura formal.
Si los midterms son, en cambio, manejables para los republicanos, Vance se proyectará sobre 2028 como heredero indiscutible y la batalla real se trasladará al duelo Vance contra Newsom, suponiendo que el gobernador californiano logre antes desalojar a Harris de la primaria demócrata.
Tres hombres, entonces. Un postliberal de Yale Law que cree que Europa es la amenaza. Un hijo de exiliados cubanos que ha construido su carrera sobre la fidelidad al gabinete israelí y que ahora se convierte en el candidato natural de sus donantes. Un gobernador de California que ha aprendido a hablar el idioma del enemigo pero aún no ha superado la primaria de su propio partido.
Cada uno encarna una respuesta distinta a la pregunta que Lincoln formuló en 1862 y que vuelve a formularse hoy: qué hacer cuando los dogmas del pasado tranquilo ya no sirven y el presente se ha vuelto, sin avisar, tormentoso.
La buena noticia para Europa es que ya no podemos permitirnos el lujo de esperar a saberlo. La mala es que ya no podemos permitirnos el lujo de seguir esperando.