Hay cosas que en este país se repiten con la puntualidad de las mareas. Una orden de detención. Un fugitivo que regresa como si nada. Una multitud que aplaude. Y al final, casi siempre, el archivo. España lleva siglos perfeccionando el arte de montar el escenario sin que nadie acabe entre rejas.
María Antonia Coscollola, titular de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Barcelona —Plaza 24, para los que gustan de precisión notarial—, ha firmado el sobreseimiento provisional de la causa contra tres mossos d’Esquadra a quienes alguien, en un arranque de optimismo jurídico, decidió investigar por presuntamente haber facilitado la fuga de Carles Puigdemont.
Casi dos años de instrucción. Resultado: papel mojado.
El fugitivo, el día de la investidura y el decorado
Agosto de 2024. Puigdemont regresa a Barcelona con la fanfarria de quien sabe que el espectáculo es lo que importa.
Lo hace precisamente el día en que el Parlament inviste a Salvador Illa como nuevo president de la Generalitat —hay que reconocerle el sentido del timing dramático, ese don de aparecer cuando más duele o más luce, según se mire.
Participa en un acto en el paseo Lluís Companys, da su discurso, baja del escenario y, con la serenidad del que tiene el taxi esperando, cruza la frontera hacia Francia. Con orden de detención vigente. Sin que nadie le pusiera la mano encima.
Tres mossos estaban allí. Eso fue suficiente para que alguien los señalara.
Dos años buscando lo que no estaba
La jueza Coscollola ha empleado casi 24 meses en constatar lo que cualquier observador medianamente escéptico habría concluido en veinticuatro horas: no hay prueba de nada.
Ni mensajes. Ni llamadas. Ni un solo intercambio entre los tres agentes y el expresidente que sostenga la hipótesis del encubrimiento.
Las grabaciones no muestran concierto previo.
os testigos —que los había, y con ojos— admitieron que los mossos «parecían atentos a lo que ocurría». Parecían atentos.
Ahí termina la conspiración.
El auto es quirúrgico en su demolición: no existe «ni un solo indicio» de vínculo entre los investigados encaminado a favorecer la fuga.
Para cuando Puigdemont cruzaba la frontera, los tres agentes ya habían sido detenidos.
El encubrimiento, por tanto, habría sido de una eficacia extraordinaria: facilitaron la huida y se dejaron arrestar al mismo tiempo.
Proeza notable.
La instructora añade, con la paciencia de quien explica lo obvio a quien no quiere entenderlo, que el Código Penal exige algo más que quedarse parado mirando.
El encubrimiento requiere actos: ocultar, auxiliar, ayudar. La pasividad —estar ahí, respirar, observar— no es delito.
unca lo fue. Pero eso no impidió que dos años de investigación se destinaran a demostrarlo.
Vox y Hazte Oír aguardan en la reserva
El auto no es firme. Vox y Hazte Oír, acusaciones populares en la causa, pueden recurrir en apelación.
o harán, previsiblemente. Es su naturaleza y su derecho. El proceso continuará rodando, como rueda siempre en este país, con la inercia de una maquinaria que no necesita resultado para seguir en marcha.
Puigdemont, mientras tanto, sigue donde estaba. La frontera, como en tantas otras ocasiones de la historia española, resultó ser el único límite que importaba.