«Si quieren ver un muro de drones, vayan a Ucrania. Tiene capacidades que nosotros no tenemos» — Andrius Kubilius, comisario europeo de Defensa, diciembre de 2025.
El 1 de junio de 2025, varios camiones de carga atravesaban Rusia transportando lo que parecían inofensivas casetas de madera prefabricadas. Habían recorrido miles de kilómetros, conducidos por choferes que ignoraban su contenido, como desenlace de una operación encubierta preparada durante año y medio.
A una hora convenida, los techos de aquellas casetas se abrieron por control remoto y de su interior se elevaron ciento diecisiete drones que se lanzaron, en cuestión de minutos, contra varias bases de la aviación estratégica rusa, desde la península de Kola hasta Siberia oriental, algunas situadas a más de 4.000 kilómetros del frente.
Kiev cifró el resultado de la Operación Telaraña en 41 alcanzados —cerca de un tercio de los bombarderos portadores de misiles de crucero desplegados en esas bases— y en torno a 7.000 millones de dólares en pérdidas; las estimaciones occidentales posteriores fueron más prudentes en el recuento, pero confirmaron un golpe severo a la aviación de largo alcance de Vladímir Putin, los Tu-95 y Tu-22M3 con los que el Kremlin castiga las ciudades ucranianas.
El propio Kremlin nunca facilitó sus cuentas.
Cada uno de aquellos drones había costado unos 430 euros, según las primeras estimaciones publicadas; en todo caso, menos de 500.
Menos que un billete de avión en clase preferente. Esa es, condensada en una sola operación, la fotografía de la mayor transformación militar de nuestro tiempo.
No es que toda la guerra se haya vuelto barata —siguen haciendo falta artillería, defensa aérea, satélites, logística e inteligencia—, sino que se ha abaratado de forma radical su parte decisiva: la capacidad de destruir. Y al abaratarse, esa capacidad ha cambiado de manos.
«La tecnología ha hecho ya el trabajo difícil: ha democratizado el acceso a la capacidad de destruir y lo ha puesto al alcance de quien disponga de talleres, software y determinación. Lo que falta por saber es si Europa será capaz de democratizar también su manera de comprarla; de renunciar a la joya por la munición, al campeón nacional por el enjambre anónimo».
La aritmética que lo cambia todo
Conviene resistir la tentación de leer aquello como una hazaña aislada, un golpe de ingenio irrepetible. Lo decisivo no es la audacia de la operación, sino la aritmética que la hizo posible y que se repite, a menor escala pero sin descanso, decenas de veces al día en los campos del este de Ucrania.
Un dron de visión en primera persona —un FPV, en la jerga— cuesta hoy entre 400 y 500 dólares: el precio de un ordenador portátil de gama media.
Su blanco habitual, un carro de combate, vale entre dos y cuatro millones y medio.
Aun contando con que muchos fallan —la tasa de acierto oscila, según la pericia del operador y la guerra electrónica del adversario, entre el 30 y el 60 por ciento—, el intercambio sigue siendo demoledor para el atacante: no hablamos de porcentajes, sino de órdenes de magnitud.
El objetivo vale cientos o miles de veces más que el arma que lo destruye.
Esa desproporción ha dejado de ser anecdótica para volverse estructural. Según el Consejo de Seguridad y Defensa Nacional de Ucrania, en 2.025 estos aparatos de plástico y electrónica de consumo explicaron ya más del 60 por ciento de las pérdidas materiales infligidas al Ejército ruso.
El FPV nació en 2023 como respuesta improvisada a la escasez de munición de artillería; tres años después se ha convertido en la principal categoría de destrucción de blindados de toda la guerra.
Lo que ha cambiado no es un arma más: es la relación misma entre el coste de atacar y el coste de existir sobre el campo de batalla.
Tampoco la guerra electrónica restituye el viejo equilibrio. Cuando los ejércitos aprendieron a interferir las señales de radio que guían a los FPV, aparecieron los drones de fibra óptica, unidos a su operador por un hilo de varios kilómetros e inmunes a la interferencia radioeléctrica convencional.
Cada contramedida engendra una respuesta más barata que ella misma. La carrera, por una vez, corre a favor de quien gasta poco.
Ya escribí en estas páginas, a propósito de la retirada de un portaaviones norteamericano del golfo Pérsico, que un misil antibuque de unos cientos de miles de dólares basta para forzar la retirada de una plataforma de trece mil millones, y que ahí se agrieta una parte sustancial de la disuasión tradicional.
Aquella columna miraba el problema desde la fragilidad del poder estadounidense. Conviene ahora darle la vuelta al telescopio, porque la misma ley que vuelve vulnerable al fuerte abre una puerta al rezagado. La descapitalización de la guerra no es solo una amenaza para quien tiene mucho que perder: es una oportunidad para quien tiene poco que mostrar.
Quién gana cuando la guerra se abarata
Lo verdaderamente revolucionario de la guerra de bajo coste no es lo que destruye, sino quién puede fabricarla. Hasta hace nada, la potencia militar era un club cerrado: exigía siderurgia, astilleros, décadas de ingeniería aeronáutica y un Estado capaz de financiar todo ello durante una generación.
El dron barato ha derribado esa barrera de entrada.
Ucrania empezó la guerra con apenas una decena de fabricantes de sistemas no tripulados; hoy cuenta con más de 170 empresas, desde grandes factorías hasta talleres montados por voluntarios que aprendieron a soldar hace año y medio.
Su producción pasó de unos 2.200.000 drones en 2024 a más de 4 millones y medio en 2025, y el Consejo de Seguridad y Defensa ucraniano cifra ya la capacidad instalada para 2026 en más de 8 millones de aparatos solo en la categoría FPV.
Es una escala que, según estimaciones recogidas por Bloomberg, supera la producción militar de drones de toda la OTAN junta.
Y lo logró sin seguir el molde de Silicon Valley. Lejos del relato del capital riesgo como motor único de la innovación, las grandes fábricas de drones ucranianas se levantaron a base de contratos del Estado, compras urgentes y reinversión de los propios fabricantes; una de las mayores estuvo al borde de la quiebra en 2023 y hoy acaba de inaugurar una planta en Alemania.
La lección incomoda a quien busca en la tecnología el secreto del asunto, porque el secreto no está ahí. Los componentes de un FPV son electrónica de consumo, en buena parte de origen chino.
Lo que distingue a Ucrania no es disponer de una tecnología que los demás no tengan, sino haber construido una organización industrial capaz de iterar a velocidad de guerra: diseñar, fabricar, probar en combate, corregir y volver a fabricar en ciclos de semanas, tratando el arma no como una joya que se preserva, sino como munición que se gasta.
El contraste con Estados Unidos resulta aleccionador, porque demuestra que el problema no es de dinero. La superpotencia que fabrica las armas más avanzadas del planeta apenas sabe fabricar las baratas: su munición merodeadora de referencia, la Switchblade-300, cuesta más de cien veces lo que un FPV ucraniano o ruso de 500 dólares.

El Pentágono lo ha advertido y en 2025 lanzó programas para integrar drones desechables desde la brigada hasta el pelotón, reclasificándolos como munición y no como aeronaves para poder adquirirlos con la agilidad de quien compra balas.
Si la primera potencia militar del mundo ha tardado en virar hacia lo barato, no ha sido por falta de presupuesto, sino por la inercia de una industria acostumbrada a lo exquisito. Y esa inercia, en Europa, es todavía más espesa.
Ese es el corazón del cambio. La superioridad ya no la otorga la plataforma exquisita y escasa, sino la masa barata y renovable.
No se trata de tener el mejor dron, sino de tener 5 millones de drones suficientemente buenos y la cadena capaz de reponerlos cuando se agoten en una tarde, y se agotan: a comienzos de 2025 Ucrania consumía más de 5000 al día.
Es una lógica que invierte un siglo de doctrina occidental, edificada sobre el caza irrepetible, el carro insustituible y el portaaviones único. Donde antes mandaba casi siempre la calidad, hoy el número vuelve a pesar de un modo brutal.
El atraso como ventaja
Aquí es donde la historia, que parecía una mala noticia para Europa, puede leerse al revés. Europa lleva décadas perdiendo la carrera de las grandes plataformas.
Lo conté hace unas semanas a propósito del FCAS, el caza europeo de sexta generación: tres países, tres campeones nacionales, un pulso por el asiento del piloto y, al final, del avión europeo solo sobrevivió la nube de combate.
Si la potencia militar siguiera dependiendo de construir el caza perfecto, el veredicto sobre Europa estaría escrito de antemano: no sabe, no puede, no se pone de acuerdo.
Pero la guerra de bajo coste no premia 30 años de herencia en el diseño de cazas. Premia software, premia masa, premia manufactura civil reconvertible, y eso Europa lo tiene en estado latente.
El continente que no logra ensamblar un avión de combate a tres bandas alberga, sin embargo, la industria automovilística más sofisticada del mundo, una electrónica de consumo de primer orden y un tejido de pequeñas y medianas empresas capaz, sobre el papel, de fabricar fuselajes de plástico y placas de control por millones.
El paradigma barato no le exige a Europa lo que Europa no sabe hacer; le pide precisamente lo que ya hace en el ámbito civil. La oportunidad consiste en saltarse la generación de armas que es incapaz de construir, igual que media humanidad se saltó el teléfono fijo para ir directa al móvil.
El atraso, en este caso, no es una condena: es una posición de salida.

Y no es una ensoñación, porque los instrumentos empiezan a existir. La Comisión Europea ha colocado los drones y la inteligencia artificial en el centro de su Hoja de Ruta para la Preparación de la Defensa 2030, con cuatro proyectos bandera —entre ellos la Iniciativa Europea de Defensa con Drones y el Eastern Flank Watch para blindar el flanco oriental— y ha comprometido, a través del Fondo Europeo de Defensa, 1.070 millones de euros en 57 proyectos que abarcan, entre otros campos, la inteligencia artificial, los drones, los sistemas antidrón y la ciberdefensa.
Hay además síntomas de que el modelo ucraniano empieza a cundir: la empresa Helsing, nacida en Alemania en 2021 y guiada por una cultura más de startup tecnológica que de contratista clásico, ha abierto su primera fábrica en el sur del país con capacidad para más de 1.000 drones de ataque al mes y planes de escalar a decenas de miles.
Su cofundador, Gundbert Scherf, sostiene que un muro de drones podría levantarse en un año. La frase suena a optimismo de vendedor; pero hace cinco años habría sonado, sencillamente, a ciencia ficción.
La aristocracia del armamento
Sería deshonesto cerrar aquí, en el tono de la buena nueva. La oportunidad es real, pero el camino está sembrado de obstáculos que conviene mirar de frente.
El primero es de soberanía: la masa barata no es todavía masa propia. Los componentes esenciales del dron —chips, baterías, imanes, sensores— proceden en buena medida de China, y una capacidad industrial que depende de la benevolencia de un rival no es autonomía estratégica, sino su simulacro.
Ucrania ha conseguido ensamblar en su territorio el 99 por ciento de sus aparatos, pero ensamblar no es fabricar de raíz: la dependencia se ha desplazado, no disuelto.
El segundo obstáculo es que defenderse sale más caro que atacar. Si lanzar un dron de 400 euros es barato, derribarlo no lo es.
En septiembre de 2025, cuando una veintena de drones —atribuidos a Rusia por Varsovia— penetró en el espacio aéreo polaco, fueron cazas F-16 polacos y F-35 neerlandeses los que abatieron a varios, disparando misiles de centenares de miles o de millones de euros contra drones y señuelos de coste ínfimo en comparación.
Esa curva de coste, sostenida en el tiempo, arruina al defensor antes que al atacante. El muro de drones europeo no será creíble mientras Europa no resuelva cómo neutralizar enjambres baratos con medios igualmente baratos; y ahí, de nuevo, quien tiene la respuesta no es Bruselas, sino Kiev.
El propio comisario europeo de Defensa lo ha admitido sin el menor rodeo: las capacidades que el continente necesita están hoy en los talleres de Ucrania, no en los despachos comunitarios.
Pero el obstáculo mayor no es técnico ni industrial: es cultural. Y es, punto por punto, el mismo que mató al FCAS. La compra de armamento europea se rige por una liturgia —el juste retour, el retorno industrial garantizado a cada Estado en proporción a lo que aporta— que reparte la fabricación según la geografía política y no según la eficiencia.
Cada país quiere su campeón nacional, su porción de la cadena, su fotografía de inauguración. Esa lógica produce plataformas de prestigio: caras, lentas y simbólicas, justo lo contrario de lo que exige la masa barata, que es fea, anónima, deslocalizada y prescindible.
Europa sabe comprar como una aristocracia que adquiere joyas para lucirlas; la nueva guerra premia a quien compra como un arsenal que acumula munición para gastarla.
Y luego está la fractura política, que el propio proyecto del muro de drones ha dejado al descubierto: los Estados del flanco oriental —Polonia, los bálticos, Finlandia— lo viven como una urgencia existencial, mientras Francia, Alemania, Italia o Grecia recelan de su coste, de su viabilidad técnica y de que Bruselas se inmiscuya en una competencia tan celosamente nacional como la defensa.
Son, en parte, los mismos países mediterráneos que ya describí pagando por una guerra que no es la suya. La oportunidad existe; la voluntad de aprovecharla está por ver.
La conclusión es a la vez esperanzadora e incómoda. Por primera vez en mucho tiempo, la barrera que separaba a las potencias militares de los demás se ha desplomado, y Europa —que no sabe construir el caza del futuro— tiene a su alcance una forma de defensa que no le exige construirlo.
La tecnología ha hecho ya el trabajo difícil: ha democratizado el acceso a la capacidad de destruir y lo ha puesto al alcance de quien disponga de talleres, software y determinación. Lo que falta por saber es si Europa será capaz de democratizar también su manera de comprarla; de renunciar a la joya por la munición, al campeón nacional por el enjambre anónimo.
El dron que incendió los bombarderos de Putin costó menos que el billete de avión a la cumbre donde los ministros europeos seguirán discutiendo quién fabrica el ala. La guerra ya es barata. Lo único que en Europa sigue resultando caro es la burocracia que decide cómo hacerla.