In Memoriam del Magistrado Rafael Manzana Laguardia

22 / 04 / 2015 00:00

Actualizado el 09 / 03 / 2021 12:38

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Nos ha dejado Rafael Manzana Laguarda, en plena madurez intelectual y cuando más necesaria era su contribución a la justicia. La muerte, esa cruel administradora del tiempo, ha sido inclemente con un jurista excepcional.

José Mª Baño León, catedrático de Derecho Administrativo

Rafael Manzana, Premio Extraordinario de Licenciatura en Derecho por la Universidad de Valencia, participó activamente en el departamento de Derecho Mercantil que dirigía otra gran jurista, Manuel Broseta. Su discreción natural y su carácter reservado le hicieron inclinarse por la carrera judicial en lugar de dedicarse a la docencia universitaria.

En el Tribunal Superior de Justicia de Valencia desarrolló una brillantísima carrera como magistrado de la Sala de lo Contencioso-Administrativo. Ha sido, en criterio que estoy seguro que comparten muchos abogados y magistrados, uno de los mejores jueces en el ámbito contencioso-administrativo de nuestro país.

Su vocación por el estudio y la investigación que se reflejan en sus sentencias no lo abandonarían nunca. Era un gran especialista en el Derecho de la Función Pública, de la que dan muestra sus abundantes publicaciones. Decenas de artículos y numerosas monografías ilustran su tendencia al análisis reflexivo y su apego al estudio.

Pero, sobre todo, Rafael Manzana era un gran juez. Circunspecto, respetuoso con la Ley, prudente en su aplicación, valeroso en la defensa de los derechos individuales frente a decisiones arbitrarias del poder. Era uno de esos magistrados que, sin duda, debió acceder al Tribunal Supremo. No lo impidieron ni sus capacidades intelectuales ni su trabajo esforzado y callado a lo largo de tres décadas sino, acaso, el no haber empleado un minuto de su tiempo en recabar apoyos hacia su persona o airear sus méritos. Desgraciadamente, el acceso a nuestro alto Tribunal no siempre se mide con el rasero del mérito y la capacidad.

Quiero en este día tan triste dejar público testimonio de respeto y consideración a su vida como persona bondadosa y a su obra como magistrado y jurista.

Fue un juez laborioso y prudente, alejado de cualquier reconocimiento público, del que huía sistemáticamente. Hace muchos años me confesó que no podía aceptar mi invitación a impartir una conferencia en la Universidad sobre función pública, asunto del que ya he dicho que era uno de nuestros máximos especialistas, porque no se sentía cómodo en ese papel de conferenciante. Mi insistencia no pudo con su modestia.

En un mundo tan apegado a la imagen y al exhibicionismo, Rafael Manzana encarnaba la figura del buen juez, discreto y prudente que hace progresar la justicia mediante sentencias, no con proclamas públicas. Su vida ha sido un ejemplo para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y tratarlo.

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