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La “Twitteroteca”

Susana Gisbert GrifoSusana Gisbert es fiscal en la Audiencia Provincial de Valencia.
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Se abrió la veda. Perdóneseme la cinegética comparación, pero ya hace días que mi estómago y mi cerebro llevan dando vueltas al tema y corrían peligro de colapso.

Así que, como soy facilona, no más me echaron el anzuelo, piqué. Y me he decidido a escribir sobre ello.

No voy a entrar, por descontado, en el contenido de determinados tuits, y su tipificación o no como delito.

Ni puedo, ni debo hacerlo.

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Ni tampoco quiero.

Lo que sí me gustaría es invitar a una reflexión más profunda sobre el tema, que creo que da para mucho y que esconde un gran peligro cuyas dimensiones no han llegado muchos a plantearse.

O tal vez sí.

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Todos sabemos lo ocurrido con el concejal de Madrid a partir del momento en que alguien, tras la designación del susodicho para un puesto de responsabilidad, decide escarbar en su vida tuitera y airear trapos sucios. Pero lo malo de la cuestión no es eso.

Lo malo es que ese día puede trazar una frontera en muchos aspectos, y un modo de proceder. Y eso es algo que no me gusta un pelo.

En efecto, a los pocos días de esto, leo en prensa que alguien llamado a ser un alto cargo, procedió a borrar, el día antes de su nombramiento, determinados tuits. Y esto empieza a convertirse en algo normal. Tanto que, cualquiera de quienes navegamos por los dominios del pajarito azul, hemos oído últimamente alguna chanza al respecto.

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“Cuidado con lo que escribes, no vaya a ser que el día de mañana aspires a algo”, “Revisa tu historial, no sea que hayas dicho algo inconveniente” o, directamente: “No seas tan sincero en twitter, que igual luego te arrepientes”, son frases que están a la orden del día en cualquier conversación.

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Y a mí, la verdad, no me hacen ni pizca de gracia. Más bien me ponen los pelos como escarpias.

No voy a negar que soy una forofa de las redes sociales en general y de Twitter en particular. Pese a que no soy –qué más quisiera- nativa digital, he tratado de adaptarme a los tiempos y milito con la pasión de los conversos.

Como ese ex fumador arrepentido que se tornó el más firme activista de la liga antitabaco. Cosas de la vida.

Me encanta la frescura de la red, y el ingenio que exige para decir algo en sus 140 caracteres de marras.

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Me gusta que la gente que tiene una relevancia se exprese con su nombre y poder tener acceso a lo que piensa, y hasta interactuar con quien sea.

Me gusta, también, que esta sociedad que se había despersonalizado tanto recupero un poco de humanidad al poder leer lo que dicen aquellas personas o personajes que me interesan por una u otra razón.

Y creo que cosas como éstas lo ponen en riesgo.

Bucear en la “Twiteroteca” de alguien, para sacar a la luz lo que dijo hace unos cuantos años, cuando sus circunstancias eran distintas me da un poco de “yuyu”, la verdad.

Y me planteo que las frases dichas en una época, aunque pudieran ser ofensivas, no ofendieron en su día a quien no las conoció, y sí lo hacen ahora, es porque un tercero se decide a sacarlo a la luz con fines que distan mucho de defender a las víctimas de nada, nos digan lo que nos digan.

Por más que, una vez leídas, puedan ofender, cosa que no pongo en duda.

Pero no se pueden sacar las cosas de quicio. Como nos ha demostrado, en una lección tremenda de dignidad y sensatez, la propia Irene Villa, ante la cual me quito el sombrero, dicho sea de paso. Y a la cual me gustaría dar un abrazo virtual, vista las indescriptibles reacciones que ha tenido que soportar por su acto de generosidad y coraje.

Pero es que parece que basculamos de uno a otro lado y perdemos el norte. Y hasta la coherencia. No hace mucho, todos nos poníamos en nuestros perfiles aquel famoso “Je suis Charlie”, que defendía a ultranza la libertad de expresión de quienes, utilizando la ironía, pudieron ofender los sentimientos de alguien, y lo pagaron bien caro. Con sus propias vidas.

Entonces todos éramos defensores acérrimos de la libertad de expresión. Pero ahora parece que, en otra circunstancias, ese bien sacrosanto no lo fuera tanto.

Y eso, como he dicho, me estremece.

Temo que este asunto, y lo que traiga consigo, pueda conllevar una merma de la libertad de expresión y opinión de todos. Y que empiece a operar la autocensura, quizás la peor de las censuras. Y que quien tiene algo que decir no lo diga por miedo a que en el futuro le revisen y reinterpreten.

Y aún temo más.

Temo que la gente pueda disfrazar su opinión y prefabricar un personaje políticamente correcto para twitter, o para la red social que sea, y nos acaben privando de la posibilidad de conocer sus opiniones. Y creo que perderíamos mucho en esa personalización en la que habíamos avanzado, y de la que el resultado de las pasadas elecciones podía ser un claro ejemplo.

Me pasma pensar, por ejemplo, que se estaba peleando por el derecho al olvido en Google, y que, al mismo tiempo, se anda escarbando en los historiales de “Twitter.”

Y que, además, se demoniza la red, porque parece mil veces peor lo dicho en los 140 caracteres del pajarito azul que cualquier declaración sacada de una hemeroteca o videoteca al uso.

Porque he visto declaraciones hechas en otros tiempos o imágenes grabadas cuyo mensaje era, cuanto menos, francamente cuestionable, y no han parecido nunca tan terribles. Y estamos creando una psicosis de pánico a la “Twitteroteca” que da mucho que pensar.

Ojala esto no sirva para repensar lo que se escribe. Porque lo malo es muchas veces lo que se piensa y no se dice, y no tanto lo que se dice y no se piensa.

No obstante, y citando al gran Quino “No es necesario decir todo lo que se piensa, lo que sí es necesario es pensar todo lo que se dice”.

Pero, hecha esa reflexión, no nos privemos de decirlo, una vez lo hayamos pensado.

O nos arriesgamos a que la libertad de expresión se tome unas largas vacaciones de las que no sepamos cuando volverá.

Si lo hace, claro.