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Alfonso Guevara: “Las sentencias que se hacen hoy día tienen mucha literatura y mucho relleno»

| | Actualizado: 16/08/2020 23:52

Pasa por tener un fuerte carácter, pero es un tímido al que le apasiona su trabajo. Fue presidente del tribunal que juzgó a Lola Flores y a Pilar Miró. Encerró a Pedro J. Ramírez, siendo director de Diario 16, por rechazar las citaciones judiciales, ordenó que se investigase el accidente del Yak 42 y formó parte del tribunal del 11-M. En esta entrevista hablamos de eso y de su persona.

Alfonso Guevara (Salamanca, 1956) es “un máquina” –en palabras textuales de varias personas que han trabajado con él a lo largo de los años-, un magistrado trabajador y responsable, poseedor de una memoria fotográfica, una mente brillante y con un sentido de la justicia repetidas veces probado.

Si hubiera que definirlo de alguna forma sería como un “estajanovista de la toga”.

Su entrega, su gran sentido de la responsabilidad como presidente de la Sección Tercera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, le llevaron a descuidar su salud.

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“Me fui deteriorando sin darme mucha cuenta. Llegué a pesar 28 kilos. Un día me caí, me rompí el codo y ni me enteré de que me había perforado el pulmón. Por la noche, mi mujer y yo nos fuimos a cenar con unos amigos y no recuerdo nada más. Desperté 55 días después en la UVI del Hospital Madrid”, relata Alfonso Guevara.

Salió con bien de aquello, aunque sigue recuperando fuerzas.

Una amplia sonrisa aflora en su cara cuando cuenta la cantidad de personas que se interesaron por él, repetidas veces, de continuo, cuando estuvo ingresado en el Hospital. Su mirada es de agradecimiento.

Guevara es consciente de que tiene un carácter fuerte. “Sí, sin duda. Yo no voy a ser nombrado nunca para nada”, admite, porque sabe que es así.

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Fernando Grande-Marlaska [presidente de la Sala de lo Penal de la AN], por ejemplo, es un hombre muy preparado, que me recuerda mucho a mí en lo profesional, pero él tiene lo que yo no tengo: don de gentes”, confiesa el magistrado.

En 1979 usted aprobó la oposición. Tenía 22 años. El año anterior había terminado la carrera. Fue el juez más joven de su promoción. ¿Nunca deseó ser otra cosa?

Nunca he querido ser otra cosa que juez. Mi padre no quería, quería que fuera notario, porque se ganaba más dinero. Yo le dije que no, que eso no me gustaba, que iba a ser juez. Cuando se enteró de que ya estaba preparando oposiciones, casi me llevé una bronca.

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Choca que su padre, el conocido magistrado Bienvenido Guevara, no quisiera que su único hijo siguiera sus pasos…

La cosa se suavizó mucho cuando le conté quien era mi preparador.

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Algún amigo suyo, seguro.

Cándido Conde-Pumpido Ferreiro, el padre del magistrado del Tribunal  Supremo, Cándido Conde-Pumpido Tourón.

Porque usted comenzó a preparar las oposiciones antes de acabar la carrera.

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Sí, yo hice Derecho en el CEU y Cándido Conde-Pumpido Ferreiro, que llegó a ser teniente fiscal del Tribunal Supremo, era mi profesor de penal. Un día me dijo: ‘Alfonso, te voy a dictar los apuntes de clase, luego me los pasas, los corrijo y con ello hacemos el temario para las oposiciones”. Y así lo hice [se ríe]. Y fue de entonces que conozco a Cándido Conde-Pumpido Tourón, magistrado del Tribunal Supremo y anterior fiscal general del Estado, a quien su padre también preparaba.

Alfonso Guevara formó parte de otro juicio histórico, el del 11-M; en la foto con Javier Gómez Bermúdez, en el centro, y Fernando García Nicolás, en primer término.

Una de las cosas que muchos opositores padecen es el miedo escénico a la hora de examinarse oralmente en el Tribunal Supremo. ¿Lo sufrió usted? Porque usted se examinaría en una de sus salas…

Sí, en la Sala de lo Contencioso-Administrativo, que es inmensa, grandiosa. Pero no, no tuve miedo escénico. Miré los temas que me habían tocado y comencé a cantar. De forma automática. Me habían dicho que hablara en alto y así lo hice. Recité tal alto que me escuchaban fuera, en los pasillos. Al llegar al cuarto tema casi me había quedado sin voz.

«Nunca he querido ser otra cosa que juez. Mi padre no quería. Quería que fuera notario porque se ganaba más dinero»

Suponemos que su padre estaría al tanto ese día…

Sí. De hecho guardo una anécdota de lo que ocurrió después. Termino el examen, cruzo el Salón de Pasos Perdidos y bajo por las escaleras principales del Palacio de Justicia. En ese momento veo entrar a mi padre en el edificio, con su guardaespaldas, Lillo. Mi padre se acerca a mí con clara intención de darme una bofetada. Pero antes me pregunta: ‘¿Por qué te has retirado?’ Y le contesto que ya había actuado.

La sorpresa le dejó sin palabras.

Le expliqué que lo que había pasado es que el que iba en la lista antes de mí renunció y no se presentó, por lo que yo actué antes. Por eso mi padre pensó que había abandonado.

Alfonso Guevara presidió el juicio a Lola Flores, que fue el primero que se cubrió de principio a fin por la televisión. Foto: Carlos Berbell. 

Su primer destino fue Talavera de la Reina. ¿Quién gobernaba entonces el Poder Judicial, cuando no existía el CGPJ?

Don Acisclo Fernández Carriero, director general de Justicia. Él solo hacía lo mismo que todo el Consejo General del Poder Judicial ahora. Yo siempre lo he dicho. Si entonces lo llevaba uno, ¿para qué son necesarios 20 vocales, 20 secretarias, chóferes, letrados y demás personal? Ese trabajo lo hacía don Acisclo, con la ayuda de dos o tres letrados.

Uno de esos letrados fue Clemente Auger.

En 1980 se produjeron las primeras –y únicas- elecciones en la carrera judicial para elegir a los 12 vocales de procedencia judicial para el CGPJ. ¿A quién votó usted?

Yo era juez de instrucción y voté al que me tocaba: a Martínez Arrieta. Fue la única vez que elegimos a los nuestros. Martínez Arrieta, recién salido como yo, se convirtió en vocal. Los jueces de instrucción entonces éramos muy pocos.

Pasado el tiempo, en 1985, ya convertido en magistrado, se convirtió en titular del Juzgado de Instrucción 22 de Madrid. Desde ese puesto ordenó la detención de, nada menos, que Pedro J. Ramírez, entonces director de Diario 16. ¿No se lo pensó dos veces? ¿No dudó?  

¿Por qué tenía que haber dudado? Yo tenía encima de la mesa una querella por injurias y calumnias contra Jimmy Jiménez Arnau, que había publicado un artículo en Diario 16, periódico del que era director Pedro J. Ramírez.

Habíamos tratado de citarlo varias veces pero ni en el periódico ni en su casa querían coger las citaciones. Ese día, era un viernes, lo vi entrar en los Juzgados de Plaza de Castilla en el mismo momento en el que yo entraba con varias personas.

Cuando llegué a la oficina, llamé al comisario de  Policía de los Juzgados y le dije que tenía constancia de que el señor Ramírez se encontraba en el edificio. Así que ordené que lo trajeran a mi presencia.

La ley dice que si el citado no cumple será conducido por la fuerza pública.

Y [Pedro J.] Ramírez vino por la fuerza pública.

Corríjanos. Pero en 1985 hacía ya tres años que había entrado en vigor la Ley de Protección al honor, la intimidad y la propia imagen; la vía civil. ¿Primaba todavía entonces la vía penal, en vez de la civil, como ahora?

Sí, claro. Era una querella por injurias y calumnias y la responsabilidad era en cascada.

Y no tuvo a Pedro J. Ramírez esperando en el pasillo sino que lo envió a los calabozos…

Es que había que avisar al querellante, que no recuerdo quién era, para que viniera, y al abogado del director de Diario 16. No sé cuánto tiempo fue, si una hora o dos horas lo que estuvo en calabozos. Pero es que era lo lógico.

Una curiosidad: mientras estuvo en calabozos, se formó cola, por parte de los otros juzgados, para hacerle entrega de las citaciones pendientes que él no había querido aceptar. Le entregaron, como en América, una detrás de otra.

Cuando terminó la declaración –a Jiménez Arnau ya le habíamos tomado la suya-, el señor Ramírez me preguntó: ‘Y ahora, ¿qué va a pasar conmigo?’. Yo le contesté: ‘Como comprenderá, no es un capricho mío tenerle aquí’. Él debió entender que fue como un capricho el detenerlo.

Y la liamos.

Durante veintitantos años fui el juez que detuvo a Pedro J. Ramírez. Fui el malo de la película cuando lo que hice fue cumplir con la ley y con mi deber.

En aquel tiempo, el gobierno socialista tenía 202 diputados en el Parlamento. ¿Le hicieron alguna llamada desde Moncloa o desde los Ministerios de Interior o de Justicia para poner en libertad al director de Diario 16?

Nadie me llamó. Nadie. Sabían que era joven, pero muy independiente.

«La ley dice que si el citado no cumple será conducido por la fuerza pública. Y [Pedro J.] Ramírez vino por la fuerza pública»

Usted ha sido testigo de la transformación que ha sufrido la Justicia desde 1980 hasta ahora. ¿En qué hemos perdido y en qué hemos ganado?

Hemos ganado en garantías, aunque no demasiadas. Ahora las sentencias y los autos se visten más. Antes las sentencias eran más cortas y estaban tan razonadas como las de ahora. Las sentencias que se hacen hoy día tienen mucha literatura y mucho relleno. Yo cada vez escribo menos. Para mí sería muy sencillo darle un botón y decir lo que es la presunción de inocencia durante 81 folios, pero el justiciable quiere que lo suyo esté claro. Hoy se pierden en la motivación. Se van mucho por las ramas. Ya saben, el  mal del “corta y pega”.

Siendo presidente de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Madrid, presidió, valga la redundancia, cuatro tribunales de casos de alto perfil mediático en un corto espacio de tiempo. ¿No se sintió impresionado?

Nada. No me impresionó nada. Tuve el juicio a Lola Flores, por sus deudas con Hacienda, a Pilar Miró, por la compra de ropa a cargo de RTVE, a [el periodista Jesús María] Amilibia, por un homicidio, y el segundo juicio del caso de los Urquijo, a Mauricio López Roberts.

El juicio contra Lola Flores fue el primero que se retransmitió por televisión.

Alfonso Guevara en una foto tomada en 2008, en el programa «Poder Judicial», de la cadena Tribunal Televisión. Foto: Carlos Berbell/Yolanda Rodríguez. 

¿Por qué no ha visto usted nunca a las cámaras de televisión como enemigas suyas, como le ocurre a algunos compañeros suyos?

Porque no lo son. Yo entiendo que da lo mismo que haya en la sala 20 personas o que haya 100.000, como en un estadio de fútbol. O tres millones de ciudadanos.

¿En qué cambia? Los juicios se celebran en audiencia pública.

Les recuerdo que yo formé parte, también, del tribunal que celebró el juicio del 11-M. Fue, según me han dicho, el primer juicio de la historia de la justicia en el mundo que se retransmitió en directo y en tiempo real a todo el planeta a través de Internet.

¿Por qué se marchó a la Audiencia Nacional y abandonó la Audiencia Provincial de Madrid?

Habían pasado 18 años y estaba harto de tantos casos de alcoholemias, de tantos robos, drogas… Estaba muy cansado.

¿Quién le llamó? Porque le llamaron…

Me llamó el entonces presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Dívar. Habían suspendido a los tres magistrados que formaban la Sección Cuarta. Por el caso de la huida del “negro”, un narcotraficante al que se le había dado un permiso.

Llegué en comisión de servicio junto con Raimunda de Peñafort Lorente Martínez y Agustín Lobejón.

Según tenemos entendido, fue en aquella sección sustituta en la que emergió lo que después tomó la denominación de la “doctrina Parot”. Al menos, así nos lo relató la desaparecida doña Raimunda de Peñafort. ¿Es así?

En aquel momento no sé llamó de esa manera, es cierto. Pero es que lo de los beneficios penitenciarios estaba reconocido en el Código Penal desde 1995. Un tribunal puede decidir sobre cualquier beneficio fuera sobre la totalidad de la condena, aunque no cumplieran más de 30 años. Y sí, fuimos los primeros.

¿Recuerda cuál fue el primer juicio que celebró en la Audiencia?

Fue un resto de un juicio de ETA, que según me dijeron no era importante. ¡Tenían que dictaminar sobre 144 asesinatos!

¿Qué sintió cuando el etarra Iñaki Bilbao le amenazó de aquella manera y…

Me dijo que me iba a dar 47 tiros. No tuve ningún miedo. Nada.

«Las cámaras de televisión no son enemigas. Yo entiendo que da lo mismo que haya en la Sala 20 personas o que haya 100.000, como en un estadio de fútbol. O tres millones de ciudadanos»

Usted se ha presentado tres veces como candidato a la presidencia de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. En la primera ocasión fallida, el presidente que ocupaba el puesto, Siro García, continuó, en la segunda ocasión, el elegido por el CGPJ fue Javier Gómez Bermúdez, que tenía peor currículum que usted, y en la tercera, el que salió fue Fernando Grande-Marlaska. ¿Cuándo lo intentó con más ahínco de las tres?

En la tercera, cuando el elegido fue Fernando Grande-Marlaska.

Sin embargo, debo decir que ahora la Sala ha cambiado. Cuando estaba de presidente de la Sala Siro García era un destino jurisdiccional. Después se cambió y adquirió otras connotaciones. Ahora tiene un perfil distinto, más institucional y mediático.

Todo cambió con Javier Gómez Bermúdez.

Guevara es uno de los hombres más respetados de la Audiencia Nacional. Foto: Carlos Berbell.

Usted tiene un carácter fuerte ¿cree que eso ha sido un hándicap para su carrera?

Sí, sin duda. Tengo que admitirlo. Yo no voy a ser nombrado nunca para nada. No sé cómo me lo propusieron una vez.

¿Cuándo fue?

La vez que salió Gómez Bermúdez. Entonces hice muchos despachos. Fue en 2003 y 2004. Lo hice porque, desde el Consejo, me dijeron que yo era el candidato del grupo mayoritario. En ese momento también había una plaza en el Supremo y estuve dudando entre cuál elegir. Me decidí por la Sala de lo Penal porque me dijeron que contaría con su apoyo.

Pero luego no cumplieron conmigo.

Nunca lo han hecho.

Un vocal que se identifico como “el cocinero” me dijo que tenía que visitar a todos los vocales del Consejo. Era lo que mi padre llamaba “la operación bidé”. Es decir que te dieran por….

Eso sí, tenía que aceptar la premisa de que si el día antes del Pleno había otro candidato, todos tenían que aceptar la decisión del grupo para no dividirlo. Por la noche yo era el candidato. Sin embargo, por la mañana ya no lo era.

Me lo contó después Agustín Azparren [vocal del CGPJ; no formaba parte del grupo conservador mayoritario aunque votaba en ocasiones con él], que era mi amigo. Me dijo que había habido un cambio de opinión y el favorito era Javier Gómez Bermúdez.

Se dijo que fue por un auto mío, sobre el Yak-42, que no gustó mucho en el PP. Federico Trillo llegó a decir: “¡El cabrón ese,—por mí—, fuera de ternas y de leches!”.

¿Quiere decir que pidieron su cabeza?

Sí, fueron dos personas: Trillo [ministro de Defensa en aquel entonces] y [Ignacio] Astarloa [secretario de Estado de Justicia, ambos del Partido Popular].

¿Cree que hace falta hacer mucho despacho para conseguir un cargo?

Yo no lo he hecho demasiado. Quizá ese hay sido el problema.

Pero en tiempo de su padre, esto también existía….

Sí. Como les he dicho, él lo llamaba la “operación bidé”. Consistía en ir a ver al director general. Por ejemplo, para venir a Madrid había que obtener el “plácet”. Se reunía el Consejo Judicial, no el de ahora, sino que estaba formado por los presidentes de Sala del Tribunal Supremo. Y seleccionaban por categorías. Te clasificaban como válido o no válido.

¿El gran problema de su vida ha sido su independencia?

Sí, sin duda. Yo no entiendo mucho de eso de la disciplina de partido. Pero a mí me dicen, siendo consejero, que tengo que votar de una forma determinada y digo que ¡una leche!, y me vuelvo a mi destino.

Yo he conocido casos de gente que le han ofrecido el puesto de Consejero [vocal del CGPJ] y la noche anterior le han dicho que no.

Luis Puerta Luis, que llegó a presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo iba en la terna por la mañana y a mediodía no estaba.

Un año después lo consiguió, pero ese día se llevó un disgusto tremendo.

¿Y por qué se presentó contra Fernando Grande-Marlaska?

Porque yo era el más antiguo de la Sala.

¿Le prometieron algo?

No. Esa vez no. Yo volví a hacer pasillos, para anunciar que me presentaba. En esa terna fuimos cinco, aunque al principio solo fuimos tres. Yo me había quedado fuera. Por la tarde recibí una llamada de la última persona que esperaba, Margarita Robles, que me comunicó que iba en la terna porque se había ampliado.

Con franqueza, yo no vuelvo pasar más por el ridículo del examen. Además, ahora ese puesto ya no me gusta. Antes era un puesto de poner sentencias. Me refiero a la época de Siro García.

En esa ocasión, finalmente el elegido fue Fernando Grande-Marlaska, al que felicité. Es un hombre muy preparado y tiene lo que yo no tengo, don de gentes. Posee muchas habilidades sociales. Yo no.

Usted sigue siendo el más antiguo en la Audiencia Nacional. El escalafón…

Sí, pero a mí no me gustan esas técnicas de elección. Sin embargo, les confieso una cosa: me proponen ahora para presidente de la Audiencia Nacional y acepto.

¿Nunca ha recibido ninguna sugerencia política de condenar a éste o al otro?

Jamás. Lo saben. Si eso sucediera, al día siguiente sale publicado que me han llamado.

A veces pienso que fui tonto cuando me dijeron lo del Yak-42. Si en su momento hubiese llamado al señor Trillo…

Pero no, hubiera ido contra mi naturaleza y mis principios.

¿Su aspiración ahora es llegar al Supremo?

Hombre siempre tiene su morbo eso de ser general. Aunque, para ser sincero, ahora mismo, creo que me faltan fuerzas.

En la carrera es considerado “un máquina” una persona muy trabajadora

Sí. Yo estando en silla de ruedas me he hecho mi nuevo Código Penal. He aprovechado ese tiempo. Siempre he sido una persona trabajadora, a la que le gusta lo que hace.

«A mí  no me gustan esas técnicas de selección. Sin embargo, les confieso una cosa: Me proponen ahora mismo para presidente de la Audiencia Nacional y acepto» 

Usted se llevó un gran susto el año pasado.

Sí. Ha sido una desgracia, diez años antes de tiempo. Pero estoy aquí. En estas fechas, el año pasado, pasé 55 días en la UVI.

Nadie daba un duro por mí.

Y eso ocurrió por dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo, ¿verdad?

Pues sí. Me fui deteriorando sin darme mucha cuenta. Llegué a pesar 28 kilos. Entonces me caí y me destrocé. Fui a urgencias porque me había roto el codo. Ese día fui al Pleno, escayolado. Tenía muy mal aspecto y todos me decían que me fuera a casa. Y por la noche entré en coma.

No sabía que me había perforado el pulmón al caerme. No lo noté porque yo respiraba antes mal. He fumado mucho, aunque lo había dejado hacía poco.

Después salí a cenar con unos amigos y no recuerdo volver a casa. Me desperté un mes y pico después en la UVI del hospital. Y me di cuenta de que no levantaba la mano, la caída me había afectada a un nervio de la mano.

Y luego…

Mucha recuperación y tesón. Cuando me levantaron de la cama tampoco podía andar. Era puro hueso. Me veía sin poder mover la mano, en silla de ruedas, estaba aterrado.

Pero me dijeron que me recuperaría poco a poco. A los 15 días ya movía la mano.

Tenía que pedir ayuda a mi mujer para todo. En esos momentos piensas mucho.

Yo no tiré la toalla. Me dieron el alta el 18 de diciembre y el 24 de diciembre me llamó Enrique Cerezo para ir a cenar. Y por supuesto que fui, con andador, pero fui.

Ese día prometí, en el restaurante, que el día 6 de enero, que siempre hacemos una comida con la familia allí, regresaría ya con muletas. Y cumplí.

La fuerza de la voluntad, señor Guevara.

Y fui al primer partido de fútbol de la temporada. Es muy cómodo quedarse en el sillón de ruedas y decirle a tu mujer, Pilar, ayúdame a ducharme, etc..

¿En qué hospital estuvo ingresado?

En uno maravilloso. En el Hospital del Valle de Suchil. No sabía yo que iba a vivir tres meses allí. Llegué a ser el más antiguo de la UVI. Y hablaba mucho con el médico cuando estaba en la habitación, antes yo no lo veía. Me sometieron a dos operaciones pero no me enteré porque estaba en coma.

¿Fue mucha gente al hospital?

Sí, el médico me dijo que recibió un montón de llamadas preguntando por mis avances. José Ramón Navarro, el presidente de la Audiencia Nacional, iba todos los días. Se lo agradeceré siempre. Iba todos los días a ver a mi mujer, a Pilar.

También fueron y llamaron mis amigos, Enrique Cerezo, Ignacio González, Arturo Fernández, Fernando Grande-Marlaska… En esos momentos te das cuentas de dónde están tus amigos de verdad.