Ese normativismo que nos rodea

Luis Murillo, jurista de Zaragoza.
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En Derecho se parte de dos premisas, o bien “todo lo que no está prohibido, está permitido” o “todo lo que no está permitido, está prohibido”. Yo era más partidario de la primera tesis, si bien, la tengo que moderar gracias a la aportación, impagable, de los separatistas catalanes al intentar la investidura telemática del fugado Carles Puigdemont “no prohibida expresamente por el Reglamento. Ahí quebraba mi teoría, entonces Felipe González dijo: “tampoco se prohíbe investir a un elefante”.

De ahí que las reglas, mencionadas anteriormente, juegan dentro de la lógica y que lo absurdo no llegue a estar ni expresamente prohibido, dado que es absurdo sin más.

En mi experiencia administrativa, sobre todo, es mejor partir de que se puede hacer todo lo no prohibido, claro está que sin caer en lo absurdo. De esta forma, se pueden hacer cosas no expresamente dichas por la legislación y, así, acabamos con el hipernormativismo vigente en nuestro país.

Es claro que para esto hemos de tener juristas solventes y con principios, pero en este país los hay, otra cosa es que haya demasiado licenciado en Derecho, o, incluso, demasiado máster caro y que no añade nada. Me refiero, además, a la Administración Púbica, de la que soy Letrado excedente.

Si se siguiera la norma de que está permitido lo no prohibido, los licenciados en Derecho, que copan la Administración, se dedicarían al razonamiento jurídico y a buscar soluciones, no sólo a ser buenos lectores de normas y a buscar en ellas la solución. De esta manera también, colectivos técnicos, como los Ingenieros, se dedicarían sólo a lo suyo, y dejarían de meterse en terreno jurídico demostrado que ellos también leen muy bien, lo cual es cierto.

La cuestión es que no es así, en este país se suele partir de que sólo se puede hacer lo normado, un hipernormativismo atroz que ha llevado a una sobreabundancia del Derecho Administrativo, y a que, como casi todo el mundo sabe leer, el Derecho quede a disposición de cualquiera.

Nuestro carácter es muy normativo, ya al desembarcar en Indias se dieron las Leyes de Indias (S. XVI), en el siglo XVII se documenta notarialmente un milagro ( el milagro de Calanda), e incluso en este siglo que nos ocupa los separatistas catalanes han aprobado (mal aprobado) unos remedos de normas para separase de España. Somos así y así nos ven. Hace poco volvía ver la película “Piratas del Caribe. En mareas misteriosas”

En ella se busca la fuente de la juventud y salen los españoles, curiosamente se trata peor a los ingleses. Por un lado se ve lo de siempre: la destrucción de un templo pagano (la fuente de la Juventud) por los católicos españoles, y por otro se retrata su carácter cuando el capitán español ordena dejar constancia de la valentía de un oficial inglés, al que previamente ha matado de un disparo, dado que reclama para su Rey la propiedad de las tierras de la fuente de la Juventud. Somos formales, nos van los protocolos, por ello tuvo mucho éxito en España el Derecho Administrativo Francés.

Somos más formales que la propia Francia.

El problema no es sólo las ansias por normar, a este se une otro cual es el gran número de instituciones con capacidad normativa desde que se crearon las Comunidades Autónomas. No se me entienda mal, yo soy favorable a la existencia de las Comunidades Autónomas pero comprendo que tanta dispersión normativa, y la vigencia territorial de muchas normas, pueden liar al ciudadano.

Ahora bien, enlazo con mi tesis de siempre, es claro que hacen falta muchas menos normas, además, los temas jurídicos son para los juristas, gente que no se limita a leer sino que está acostumbrada a aplicar la norma en toda su extensión.

Hoy en día asistimos a espectáculos en que se pretende que los votos prescindan del Estado de Derecho, manifestaciones que cuestionan la calificación de los hechos hecha por instructores y fiscales, en fin… Todo esto tiene que ver con esa corriente de que en Derecho opina todo el mundo, y, si no sabe, mejor, así, si le pillan a uno en un renuncio, puede decir que se había equivocado o que no sabía de eso.

El Derecho no es una ciencia oculta sólo apta para profesionales, pero no seamos tan cretinos que pensemos que la puede interpretar cualquiera.