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Abogacía, literatura y cine: El trio necesario

León Fernando del Canto es abogado español y barrister en Londres; dirige el bufete Delcanto Chambers. Twitter: @leonfdelcanto
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El cine, la literatura y por extensión cualquier expresión artística, combinan muy bien con casi todo.

Y aunque esto es cierto también en cualquier profesión, el cine y la literatura combinan especialmente bien con el mundo del Derecho, y su profesión por excelencia: la Abogacía.

Existe una gran riqueza jurídica, más allá del Derecho y sus normas, que podemos comprender a través de la literatura y el cine, tanto en sus versiones históricas como ficcionadas.

El arte tiene ese elemento canalla que le permite burlarse con facilidad de la realidad y la historia oficial; de lo establecido.

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Sus guiños nos muestran otros muchos aspectos del mundo en que vivimos, y donde ejercemos.

El cine y la literatura, si estamos atentos, nos pueden explicar el Derecho y la Justicia, incluso hasta en sus versiones de ficción o distopía.

La narrativa de sus personajes y el entorno en el que viven, nos dan entrada a realidades jurídicas que desconocemos como juristas.

La variedad de aproximaciones a lo justo o lo injusto, a los Derechos Humanos, a los negocios y contratos o a cómo se defienden o representan ideas o personas, provoca reflexiones sobre asuntos de naturaleza jurídica con los que tratamos a diario.

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La imagen creada por unas lentes o una pluma influencia a activistas, asesinos y abogadas por igual en la vida real. Por tanto, no deberíamos excluirlas de nuestra profesión.

EL ARTE Y EL DERECHO COMO DISCIPLINAS UNIVERSITARIAS  

La literatura, el cine, en particular, ya hace tiempo que se han convertido en hermanas del Derecho.

Y aunque en España el estudio de este trio apenas esté comenzando, lleva ya varias décadas estudiándose en las principales facultades de Derecho de todo el mundo.

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Y esta lectura de lo jurídico tiene también una aplicación en nuestra práctica letrada, como señalo en “Abogacía Crítica. Manifiesto en tiempo de crisis”.

Por ejemplo, el trabajo pionero en esta materia en nuestro país: “El Abogado Humanista” de la doctora Teresa Arsuaga (Cuadernos Civitas, Thomson Reuters 2018) merece ser destacado.

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Hablando, me atrevo a decir, más desde una perspectiva iusnaturalista, la autora defiende la importancia de la literatura en la abogacía frente al mercantilismo y el excesivo dogmatismo imperante en su estudio.

Estoy de acuerdo con ella, en que la literatura es una compañera esencial en la profesión letrada como herramienta. De hecho, reivindicar el humanismo en nuestra profesión liberal pasa necesariamente por un profundo hermanamiento con la misma.

Desde una perspectiva pragmática, leer y escribir son habilidades fundamentales en nuestra profesión; por lo tanto la relación con la literatura ayuda sin duda a mejorar nuestras habilidades.

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Pero más allá de hacer lo que ya muchas y muchos compañeros hacemos, se trataría ahora de sacarlas del armario de los hobbies y traducirla a nuestra práctica jurídica y utilizarla como herramientas de análisis y reflexión. Lo mismo es aplicable al cine.

Los estudios de Derecho, Literatura y Cine deberían promoverse juntos y por separado como una forma de entender, interpretar y descifrar no sólo el sistema de justicia, sino la creación de las normas, su ejecutividad y por supuesto su defensa.

Esto tardará tiempo en entrar en nuestras duras molleras.

La Ley, el Derecho, la Jurisprudencia y sus normas han sido nuestro objeto de estudio fundamental durante tantos siglos que se han solidificado en nuestros letrados cerebros hasta confundir el Derecho con la realidad.

LA ABOGACÍA SE APRENDE EN LOS BARES Y EN LOS PATIOS DE VECINO

Recuerdo la arenga que recibimos mi compañero y yo cuando presentamos como pasantes nuestra primera demanda; que pensamos estaba exquisitamente construida con una amplia argumentación doctrinal.

Mi padre, que trataba de formarnos, nos dijo: “Vosotros, jóvenes juristas, salís de la facultad imbuidos de doctrina. Esta demanda ni explica la realidad del problema ni ayudará a resolverlo. Muchachos, el Derecho se aprende en los bares y en los patios de vecinos”.

Más de 20 años después, sigo recordando esa frase cada vez que trabajo con mis juniors.

Las facultades de derecho insisten tanto en la argumentación dogmático jurídica que nos hacen olvidar que la mayoría de problemas “ahí fuera” tienen otro tipo de soluciones.

La dominación del iuspositivismo y de la dogmática jurídica en los estudios del derecho en España sigue formando las cabezas de la abogacía, la fiscalía y la judicatura.

Es una pena que tengamos que trabajar varias décadas hasta que llegamos a darnos cuenta de esto.

En realidad ni la facultad ni las leyes nos enseñan demasiado ni sobre la realidad, ni sobre la justicia, ni cómo se construyen o incumplen las relaciones jurídicas, y por ende las contractuales; y mucho menos nos enseñan cómo representar eficiente y eficazmente los intereses de parte más alla de la defensa en sala —y a veces ni eso.

EL MAPA NO ES EL TERRITORIO

Para entender cualquier territorio tenemos que estar allí, leer o ver grabaciones audiovisuales sobre el mismo. Un mapa no es más que una esquematización figurativa de una realidad, con su propio lenguaje de símbolos.

El Derecho, como los mapas, requiere también de un contexto para ser entendido. Al igual que un mapa no es el territorio, el Derecho tampoco es la realidad jurídica.

La realidad jurídica está hecha de personas, acciones, omisiones, circunstancias, que cambian y se adaptan a lo largo de los espacios, el tiempo y otras muchas condiciones.

El Derecho que nos enseñan en las facultades, y que parece estar escrito en unas piedras tan sólidas como las de Moises, no es más que una construcción intelectual, más o menos consensuada socialmente.

No podemos utilizarla para explicar la realidad en términos absolutos, al igual que tampoco podemos interpretar la vida desde la religión, la política o la filosofía exclusivamente.

El Derecho, lo siento mis jóvenes juristas, no es más que una perspectiva de la realidad, un constructo con sus cargas morales, sociales, políticas, religiosas, históricas o culturales.

Por más que su ejecución tenga consecuencias tremendas y su incumplimiento se haya elevado a la categoría de lo absoluto, no lo es.

Esta concepción dogmática del Derecho ha de ser cuestionada por la abogacía y el resto de profesiones jurídicas.

Desde la universidad, el cine y la literatura son utilizados por la sociología jurídica en nuestro país, proponiendo un análisis sociológico de lo jurídico para entender esto.

Así, desde el Instituto Internacional de Sociología Jurídica en Oñati se aboga por este tipo de aproximaciones.

Pero también desde los estudios críticos del Derecho, una categoría mucho más amplia, con menor presencia en nuestras facultades.

Son precisamente los estudios críticos del Derecho los que con mayor intensidad han abogado por la inclusión de las expresiones literarias, cinematográficas, y artísticas en general, para poder entender el Derecho, y por supuesto la Abogacía, en la sociedad en que vivimos

EN TIEMPOS DE COVID-19 CAMBIEMOS LOS BARES POR EL CINE Y LOS LIBROS

Existe una cantidad ingente de material literario y cinematográfico cuya lectura provee innumerables oportunidades para ayudarnos a entender mejor la Abogacía.

Con la limitación de espacio que tengo  y como ferviente devoto de Charles Dickens, en cuyo vecindario vivo y trabajo, lo elijo como ejemplo hoy.

La obra de Dickens ofrece una perspectiva crítica de la abogacía en la Inglaterra del siglo XIX.

Sus relatos nos sirven en primer lugar para apreciar su cualidad de verdadero historiador del Derecho, con una perspectiva sociológica.

Pero también nos sirven como ejemplo de narrativa desde la que comprender la Abogacía y su evolución histórica.

Las observaciones sobre la abogacía, de la que Dickens como jurista fue testigo de excepción, nos ofrecen una visión de la profesión, al insertar sus historias en descripciones muy detalladas de la realidad social del Londres de su tiempo.

Dickens nos retrata una abogacía fundamentalmente litigiosa, en la que destaca la constante dialéctica entre las clases marginadas y los grupos de poder, al que pertenecen algunos de sus personajes (abogados, hombres).

El dilema moral entre Justicia y Derecho, y la defensa de los derechos de quienes más necesitan Justicia es una constante en su obra.

El poder está representado por la burguesía de la ciudad de Londres e incluye fundamentalmente a comerciantes y propietarios de inmuebles, a cuyo favor solía inclinarse indefectiblemente la judicatura.

Se trata en su mayoría de narraciones que ilustran igualmente las penosas circunstancias a las que se enfrentaban quienes carecían de los medios económicos para litigar.

Podemos observar también las características de la profesión, que compartía con los gremios de la City un marcado acento corporativista, que se mantiene casi intacto en nuestros días.

Sirva esta columna hoy como una llamada de atención, precisamente por la poca que se le ha prestado, a los estudios de literatura, cine y derecho en nuestro país.

A lo mejor, con el invierno coronavírico que se nos presenta, además de entretenido, sería muy deseable conversar más sobre esto.

Como siempre quedo a vuestra disposición en @leonfdelcanto por Twitter

por León Fernando del Canto.

"Barrister" ingles y abogado español en Londres. Es, además, miembro del International Working Group for Comparative Studies of Legal Professions. Acaba de publicar con Thomson Reuters (Aranzadi) "Abogacía Crítica. Manifiesto en tiempo de crisis". Es miembro de la Honourable Society of Lincoln’s Inn y de los Ilustres Colegios de Abogados de Madrid y Jerez de la Frontera. Además tiene la condición de Liveryman (ciudadano) de la Ciudad de Londres. Twitter: @lfdelcanto.
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