Una visita inesperada: Gajes del oficio

El abogado Luis Romero Santos.
Luis Romero relata una noche para no olvidar, en la que intentaron coaccionar a un abogado, cuando se estaba celebrando un juicio por homicidio.

4 / 03 / 2021 06:48

Actualizado el 04 / 03 / 2021 08:19

En esta noticia se habla de:

Licinio Bermejo acababa de cepillarse los dientes y al salir del baño encaminándose hacia la cama oyó unos susurros muy cerca, como si alguien hablara en voz muy baja a su lado.

Era un sonido ininteligible entremezclado con unas risas y provenía sin duda del otro lado de la puerta de su habitación en el hotel.

Ese cuchicheo se hizo más intenso conforme se acercaba a la entrada y tuvo la impresión de que intentaban acceder con una tarjeta tras oír el roce de ésta contra la ranura a la vez que un fuerte escalofrío recorría todo su cuerpo.

Muy alarmado, dio dos fuertes golpes en la puerta y gritó:

– ¡¿Qué está pasando aquí?!

Oyó entonces unas carreras en el pasillo.

Se dirigió al teléfono que había en la mesita de noche para llamar a recepción pero el auricular no emitía sonido alguno, estaba desconectado.

Entonces recordó que uno de sus clientes tenía pistola y era policía, pero no podía contactar con él.

Escuchó unos golpes en la pared que provenían de la habitación contigua donde se alojaban sus dos compañeras del bufete que comparecerían con él al día siguiente a una más de las sesiones del juicio por homicidio que se estaba celebrando esos días en la cercana Audiencia Provincial.

A continuación abrió la puerta, no vio a nadie en el pasillo y cuando iba a llamar a la habitación de al lado con sus nudillos le abrieron de pronto asomando la cabeza la abogada Carmen con ojos muy abiertos y cara de susto.

– Licinio, ¿qué han sido esos ruidos?  –preguntó Carmen

Un poco más atrás, Patricia tenía una expresión aún más compungida.

Eran las 12.30 de la noche y momentos antes estaban tomando un licor en la cafetería del hotel tras la cena con sus dos clientes, uno que había sido testigo del homicidio el día de autos y comparecía como acusación pero también como acusado por un presunto delito de lesiones y era amigo de la víctima.

El otro cliente asistía al juicio como acusación particular pues el fallecido era su hermano.

Habían estado hablando, algo inevitable en estos casos, de la celebración del juicio ese día y sobre las declaraciones que tendrían lugar la jornada siguiente.

Era la segunda semana de la vista oral en esa ciudad marítima y se alojaban en su mejor hotel.

Sus patrocinados expresaron su desprecio por el acusado y recordaron a su amigo y hermano, respectivamente, vilmente tiroteado por la espalda dos años atrás en plena avenida principal de la capital y ante numerosos testigos.

La víctima se bajó de su asiento en el todoterreno tras ser injuriado gravemente por Fulgencio, quien desde la acera le espetaba:

– ¡Baja, si eres hombre, que te voy a dar para el pelo!

– ¡Mamona! ¡Aquí me tienes! –le contestó.

Unos minutos después, el expolicía yacía sobre un charco de sangre en plena calzada pudiéndose oír las sirenas de la policía y las ambulancias a lo lejos.

La semana anterior, Licinio salió a la terraza de su habitación y bromeó con sus colegas diciéndoles:

– ¿Imagináis que alguien os amenazara con lanzaros abajo desde esta altura?

Divisándose abajo una diminuta piscina desde la octava planta.

Ahora, esa imagen y esas palabras le venían a la memoria.

Carmen cerró la puerta rápidamente tras entrar Lic en su habitación y Patricia le preguntó:

– ¿Qué ha pasado Lic?

– ¡Hemos oído voces y carreras en el pasillo! ¡Nos hemos asustado!

– ¿Estás bien?

– Sí, pero un poco asustado –contestó él.

Les contó que al intentar alguien abrir su puerta, afortunadamente él salía en ese momento del baño y pudo oír unos ruidos.

Podría haber estado ya en la cama viendo la tele o leyendo antes de dormirse y como esa zona de la habitación estaba separada de la entrada por un gran pasillo, hubiera sido imposible escuchar esos murmullos y el sonido de la tarjeta que intentaba liberar el pestillo de la puerta.

En ese caso, los intrusos hubieran entrado y hubieran cumplido con su cometido que no era otro que darle un susto de muerte el día antes de una sesión muy importante del juicio, y quién sabe si hubiese sido algo más que un susto.

Licinio Bermejo no paraba de pensar en el ventanal que había a la derecha de su cama por el que se accedía a la estrecha terraza desde la que se podía divisar enfrente el mar y abajo una minúscula piscina.

Cualquiera podría pensar que el penalista había sido muy aprensivo pero teniendo en cuenta los antecedentes de la persona contra la que dirigían la acusación, sus modos en el juicio desafiando a todos, incluido el tribunal, fue una reacción lógica por su parte.

Se trataba sin duda de una persona muy peligrosa y capaz de cualquier cosa. Uno piensa que está haciendo su trabajo y no en que una noche en la habitación del hotel donde descansa le van a visitar unos extraños encapuchados.

– ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí esta noche o nos vamos?

– ¡Puedes quedarte aquí en nuestra habitación!

Él les dijo que era mejor cambiar de hotel para dormir tranquilos.

Nunca antes había visto hacer una maleta tan rápido como a sus compañeras en aquellos momentos. Antes de que su jefe saliese de su habitación, ya lo tenían todo listo para partir.

Bermejo les transmitió su inquietud porque por unos segundos podrían haber entrado y él estaba seguro que esa intromisión estaba relacionada con el ejercicio de la acusación particular en el juicio.

Seguro que el acusado había enviado a alguien para atemorizarlos.

Bajaron a la recepción y le dijeron a la chica que se iban del hotel.

– ¿Qué ocurre, señor? ¿Ha habido algún problema en el que yo pueda ayudarles?

Licinio le contó lo ocurrido y ella respondió:

– ¡Ah! Pues el guardia de seguridad me ha dicho hace un momento que advirtió a dos jóvenes que iban disfrazados que no se podía correr así por los pasillos y que estaban molestando a los clientes que descansaban. Acaban de pasar delante de mí y han salido a la calle.

Lic no podía dar crédito a lo que oía.

– ¿Que iban disfrazados? ¿Cómo los han dejado entrar? ¿Les han pedido su identificación?

– Pues no, pensaba que como hoy se celebraba “El entierro de la Sardina” en el Carnaval… –dijo la recepcionista.

A lo que Lic añadió:

– Mire, es que nosotros somos abogados y estamos celebrando aquí al lado, en la Audiencia Provincial, un juicio por homicidio y el acusado es Fulgencio, el hijo del que también fue asesinado aquí en esta ciudad ¿No lo ha leído usted en la prensa?

En ese momento la joven cogió una tranca y la puso en la puerta de cristal de entrada con la cara algo descompuesta.

– ¡Lo siento, lo siento mucho! Pues les preparo la factura enseguida y siento mucho que se vayan así.

Esa noche el letrado no pegó ojo pues cualquier ruido parecía advertirle de una nueva visita de los intrusos, hasta el punto que llamó un par de veces a la recepción del nuevo hotel para comunicar que intentaban entrar en su habitación y hasta le enviaron a un guardia de seguridad para asegurarse que no había nadie en los alrededores.

Esos acontecimientos consiguieron que apenas durmiese y solo su carrera matutina le dio fuerzas para afrontar el nuevo día.

Cuando corría por el paseo marítimo recordaba aquella vez que Fulgencio le amenazó veladamente con voz ronca y estridente apretando sus dientes delante del juez de instrucción:

– ¡Señor letrado, dígale a su cliente que cuidadito con las mentiras y que piense bien lo que hace!

El juez parecía no haber oído nada y se distraía en sus papeles con la cabeza agachada.

Tuvo que decirle al magistrado que advirtiese al imputado que no podía amenazar así a sus clientes.

Tras desayunar en el NH, subieron los tres al Mercedes y cuando estaban delante de la puerta de entrada del hotel, observó Licinio por el espejo retrovisor que justo detrás de ellos había un coche con dos ocupantes muy sonrientes que eran ni más ni menos los hijos del acusado, inconfundibles con su cabeza rapada y traje oscuro.

Siguieron adelante camino de la Audiencia Provincial pero él no quiso comentárselo a sus acompañantes por no preocuparlas más, pero esa coincidencia le confirmó que lo ocurrido horas antes no era una casualidad fruto del azar.

Que entre cientos de habitaciones unos desconocidos con disfraz intentaran entrar en una habitación y esa fuera la suya sólo se explicaba porque ellos habían logrado averiguar dónde se alojaba y habían seguido sus movimientos.

Licinio tardó años en acostumbrarse a dormir fuera de casa sin despertarse a media noche y comprobar que no había entrado nadie en su habitación.

Al fin y al cabo, eran gajes del oficio.

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