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[Opinión] Cuando otro abogado habla con nuestro cliente

Luis Romero, abogado penalista, doctor en Derecho y socio director de Luis Romero Abogados, cuenta en su columna su experiencia cuando otros compañeros hablan con sus clientes.
| | Actualizado: 03/05/2021 9:55

Un día de primavera de hace muchos años, el juez de instrucción nos concedió un receso y cuando nos incorporábamos tras las extensas declaraciones de varios testigos, una voz cavernosa se oyó en el despacho del juez:

– Señoría ¿No hay un surtidor de agua por aquí? Es que he buscado por toda la planta y no lo encuentro.

– Pues no, Señor Letrado, no hay surtidores de agua.

– Pues en Madrid hay agua en todos los juzgados.

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– ¡Aquí en Sanlúcar lo que hay es muy buena manzanilla!

Estábamos en Sanlúcar de Barrameda, hacía mucho calor y el compañero de Madrid finalmente tuvo que adquirir una botella de agua en la máquina situada en el hall de la planta baja del edificio judicial, lugar en el que coincidimos.

Cuando yo iba a proceder a tomar un sorbo del líquido elemento hube de interrumpir tan necesaria acción pues el vozarrón del veterano abogado de la capital hizo que priorizara oírle antes de refrescarme un poco.

– Luis ¿Vas a ver a tu cliente en el Puerto cuando terminemos aquí?

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– Sí, voy a visitarlo.

– Pues me voy contigo y entramos los dos juntos en el locutorio, que yo también quiero decirle unas cosas al tuyo.

– Disculpa, compañero, pero yo prefiero reunirme a solas con mi cliente. Lo que desees decirle, me lo cuentas a mi y ya veré yo si se lo traslado o no.

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– ¡Venga ya, hombre! No irás a desconfiar de mi. Si yo lo conozco hace tiempo y he hablado varias veces con él.

– Lo siento, Carlos (nombre supuesto), pero voy a ir sólo al Puerto.

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– No le gustó mucho mi respuesta y un tanto airado se dispuso a subir las escaleras que nos separaban de la planta donde se ubicaba el despacho del juez. Cuando visité a mi cliente y le conté lo más interesante de las declaraciones a las que había asistido, también le referí la propuesta de mi colega de Madrid.

– ¡Ah, Carlos, sí! Ya ha estado aquí dos veces hablando conmigo.

– Pues te pido, por favor, que no recibas a otros abogados. En caso contrario, dejaré tu defensa.

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– No te preocupes, Luis, que yo soy más listo que él. Carlos quiere que yo favorezca en el juicio a su cliente, amigo mío de toda la vida, pero yo sé qué puedo decir y qué no, yo ya tengo muchos tiros dados.

Aunque había vivido situaciones parecidas en otras ocasiones, tardé en olvidar esa afrenta, pues no sólo me había propuesto el compañero unirse a mi entrevista en prisión, sino que ya lo había hecho anteriormente a mis espaldas.

Yo me preguntaba cómo se podía ser tan desleal y vulnerar lo dispuesto en nuestro Código Deontológico y en nuestro Estatuto respecto a la prohibición de cualquier tipo de comunicación con la parte contraria sin la expresa autorización de su abogado, a no ser que el cliente desee cambiar de abogado.

En varias ocasiones he visto cómo el abogado contrario hablaba con mi cliente ávidamente y dándole indicaciones sobre su interrogatorio que tendría lugar minutos después en un juicio o en una declaración.

Al interpelar yo a esos compañeros, unas veces más conocidos, otras menos, siempre me han dicho que ellos no pretendían inmiscuirse en mi línea de defensa, solo estaban charlando con él o con ella por unas dudas.

Sin embargo, cuando preguntaba a mis clientes por el contenido de la conversación, me reconocían que les sugerían ciertas respuestas para los interrogatorios.

Vivir para ver.

No recuerdo yo haber tenido el valor de haber hecho algo así nunca, pues para todo hay que valer.

Hace un par de meses, en un juzgado de un pueblo, me encontraba con mi cliente y sus hijos, pues éstos debían declarar como testigos en un procedimiento penal contra un familiar.

Cuando hablaba junto a ellos con una becaria de mi bufete sobre el caso, permanecía mi cliente sentada en el banco cercano conversando con sus descendientes, observando yo que en un determinado momento me hizo una indicación sobre alguien.

Efectivamente, apareció por allí el abogado de la parte contraria, un tanto agitado y nervioso, hablando muy alto y a la vez que me miraba, dirigía su vista hacia mi patrocinada como si quisiera hacer saber a la misma que sus manifestaciones le incumbían.

Como un orador que se dirige alternativamente al flanco izquierdo y al derecho del auditorio, declamaba este compañero y no precisamente refiriéndose al asunto que allí nos traía sino a otras cuestiones de otros pleitos de la familia.

Era la primera vez que me encontraba con este abogado y aún así ni siquiera se presentó o inició pausadamente el diálogo: ¡No! ¡Vino a hablar con mi cliente!

Ya que ni siquiera asistió a las declaraciones posteriores en el despacho de la jueza. Hablaba y hablaba, sin parar de mirar y hasta gesticular con sus manos hacia la señora que me había contratado para defender sus intereses, y aunque yo en estos casos suelo ser comedido no me pude contener cuando constataba que todas sus prédicas eran mensajes directamente dirigidos hacia quien no tendría que tratar.

– Compañero, si no te importa, vamos a separarnos un poco hacia el otro lado, porque si te estás dirigiendo a mi, mi cliente no tiene por qué enterarse.

Como no me hacía caso y se acercaba de nuevo al banco ocupado por mi poderdante y su familia, ante la mirada atónita de la becaria, tuve que advertirle de nuevo:

– ¡Felipe (nombre supuesto), ya está bien, relájate! Si quieres, hablamos del caso por el que estamos aquí o de otras cuestiones, pero deja ya de decir ¡O tu clienta firma el aval o lo pierde todo!

No me gusta dar órdenes a un compañero, pero había repetido la misma frase más de una decena de veces a viva voz, siendo mi cliente la destinataria de esa conminación y con los ojos puestos en ella.

Solo le faltó sacar la póliza de préstamo de su maletín y ofrecérsela con un bolígrafo preparado para firmar, y encima conmigo delante.

Si usted cree que aquí terminó el incidente, nada más lejos de la realidad. Cuando salí de las tres declaraciones que tuvieron lugar en el despacho de Su Señoría, me esperaba a la salida Felipe, quien muy efusivamente me abordó, me dijo que nos veríamos en el próximo juicio y que ya hablaríamos por teléfono de la firma del aval.

Me despedí de él amablemente desconociendo lo acontecido momentos antes a mis espaldas.

Al fondo del hall de entrada a los juzgados, observé cómo mi cliente se encaminaba hacia mi, intuyendo que ella tenía algo importante que decirme.

– Don Luis, no se lo va usted a creer. Desde que usted se dio la vuelta, no ha parado de ir y venir el abogado de mi ex, diciéndome que tenía que firmar como avalista el nuevo préstamo para el negocio o que lo iba a perder todo.

– Increíble, no me lo puedo creer, después de haberle advertido que no hablase contigo ¿Ha osado hablar sin mi presencia?

– Sí, además me he reído mucho, porque no hacía más que mirar a la esquina por si usted aparecía mientras estaba hablando conmigo, yo sentada y él de pie, nervioso, arrollando unas palabras con otras.

Estaba claro que no había servido de nada mi advertencia.

Pero más sorprendente es que un compañero que ha tenido en el pasado responsabilidades colegiales vulnere lo dispuesto en nuestras normas deontológicas, sobre todo si es una infracción de libro.

Y eso ocurrió en una localidad de la costa meses atrás, mientras yo cenaba tranquilamente en mi hotel.

Había tenido una reunión esa mañana con mis clientes, un matrimonio encantador, para comentar la declaración del día siguiente de la parte contraria y después me habían invitado a comer. Tomando el café, me confesó mi cliente que el contrario le había propuesto reunirse esa noche cenando para intentar alcanzar un acuerdo sobre la pretendida responsabilidad civil.

Uno ya está acostumbrado a estas cosas y yo siempre intento ver el lado bueno. Me explicó que no me lo había dicho antes porque él no tenía muy claro si asistiría o no a ese encuentro. Me puse a su disposición para acompañarle pero le advertí que sin el abogado de la otra parte, yo no podría estar allí.

Me dijo que no me preocupara porque sólo estarían ellos dos y otro amigo común. No obstante, le dije que podría llamarme si me necesitaba, advirtiéndole además que no se comprometiese a nada antes de hablar conmigo y mucho menos firmase ningún documento.

A la mañana siguiente, en una terraza frente a los juzgados, tal como había quedado con los dos abogados de la otra parte antes de asistir a la declaración, me dijo una compañera que asesoraba también a mi cliente en su empresa, que no debía interrogar al declarante puesto que ya habían llegado a un acuerdo.

Cuando me confió la cifra acordada, resultó que ésta era más del doble del máximo que yo le había recomendado. Eso me sorprendió mucho y cuando  iba a pulsar el nombre de mi defendido en la pantalla de mi móvil para que me diese más detalles, su también abogada me dijo:

– Sí, es que Pedro (nombre supuesto) se presentó en la reunión y yo creo que es el que le ha convencido, le advirtió de las responsabilidades penales, del riesgo de ir a la cárcel…».

Eso me pareció muy grave y me dirigí a Pedro para que me confirmase que era cierto lo que acababa de oír.

Me indicó que no me preocupase lo más mínimo porque él le preguntó a mi cliente al llegar al restaurante donde se estaba celebrando la reunión, casualmente por supuesto, si se sentía incómodo porque él estuviese allí presente.

Entonces, le referí que precisamente yo no había asistido porque mi cliente había declinado que le acompañase, además de que yo no podría haberlo hecho sin la presencia de él, abogado de la parte contraria.

El resto de la conversación fue muy larga y mi conclusión fue que había dos opciones: o denunciaba esta grave infracción en el Colegio de Abogados o no lo hacía.

Hablé con mi cliente y me dijo que él hubiera tomado la misma decisión de todas formas (la noche anterior estuvo de acuerdo conmigo en no sobrepasar la mitad de la cifra que ahora había aceptado) y que no le había influido la presencia de mi compañero.

Se firmó el acuerdo, se solicitó por las dos partes el sobreseimiento y archivo de las actuaciones, pero no sin antes advertir a mi defendido que debía haberse levantado de la mesa al constatar que le habían tendido una trampa.