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[Opinión] Disquisiciones de un abogado en el Four Seasons

El autor de esta columna es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho.
| | Actualizado: 26/06/2021 9:04

Creía haber llegado a la londinense Regent Street cuando el taxi se aproximó a la fachada del Four Seasons y ante mi apareció un regio edificio que no visitaba desde hacía mucho tiempo, cuando su frente estaba oscurecido y con aspecto de estar abandonado.

Nada más poner los pies en el suelo, un botones se ofreció a llevar mi «trolley» y dos jóvenes empleadas me saludaron efusivamente en la entrada.

A la izquierda, ya en el interior, me indicaron que podría desayunar en alguno de los confortables sofás situados frente a los amplios ventanales, acomodándome en el más cercano a la tienda de Hermès desde donde divisaba la puerta giratoria de acceso, una de las  recepciones y el bar, aunque en realidad tenía una perspectiva de todo el colosal hall.

Las columnas de mármol verde rematadas con capiteles dorados contrastan con el mármol color marfil, las barandas doradas, la escalera de caracol y el techo con  una gran vidriera que han convertido el antiguo patio de operaciones del Banco Español de Crédito en una recepción de lujo de ambiente cosmopolita.

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En ese momento, imaginé escenas de Gran Hotel en el Berlín de 1932, mientras observaba el trasiego de huéspedes entre los solícitos empleados perfectamente uniformados, como si Greta Garbo y John Barrymore estuviesen allí a mi lado fijando sus miradas mientras el apuesto barón cogía la mano de la gran Grusinskaya.

Un hombre de negocios alemán esperaba a un americano que llegó minutos después, mientras dos españoles con menos aspecto de dedicarse a negocios convencionales charlaban sobre política al fondo junto a un ventanal.

Teodora, alta y delgada, me preguntó con acento ruso qué deseaba tomar y yo, que apenas había cenado la noche anterior debido a la hora de salida del bufete, enumeré una larga lista de lo que debía conformar un desayuno continental.

El murmullo propio de un gran hotel no me molestaba pues las personas más próximas apenas se oían. Como uno de los encargados de la seguridad estaba cerca, no me importó abandonar mis posesiones unos minutos para saludar a alguien que conocía.

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Por el camino, atravesando la grandiosa estancia, vi entrar a elegantes damas y sentadas en cómodos sillones a algunas familias que parecían estar alojadas en el hotel procedentes de países americanos, del norte de Europa, China y algún otro lugar, atendidas por camareros jóvenes y joviales, mientras una música de swing amenizaba esos instantes en los que un abogado se olvida de su trabajo aunque haya ido allí precisamente a trabajar.

Degustando el té inglés, observé de nuevo el escenario que se ofrecía ante mi pensando en el Waldorf Astoria de Park Avenue, en el club londinense que he visitado muchos veranos en Pall Mall Street o en el Four Seasons de Praga.

Una conversación apenas audible de latinoamericanos, quizás de Perú, me hizo recordar al escritor Jaime Bayly, quien ahora me informa casi a diario de lo que ocurre en el mundo, sobre todo en América.

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Yo estaba allí porque iba a recibir a primera hora en mi cercana oficina a un cliente que defiendo en la Audiencia Nacional pero poco antes de llegar a la capital fui informado de que la cita se pospondría y como ya no tenía más reuniones hasta la tarde, me alegré de poder contar con varias horas libres para trabajar.

Claro, que no es lo mismo atarearse en la mesa del despacho que en un ambiente tan relajado como el que he descrito. Estaba contento porque en las últimas veinticuatro horas me habían encargado varios casos nuevos, recomendados por antiguos clientes y un abogado.

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El ambiente de negocios del hotel me alentaba a realizar los trámites y gestiones que debía llevar a cabo en mi improvisada oficina, el trasiego de extranjeros y nacionales que alegremente deambulaban por la majestuosa sala denotaba una nueva época post covid que ya ha comenzado, la simpatía y el optimismo de las bellas recepcionistas hacían olvidar meses de sombría soledad, calles vacías y establecimientos cerrados.

Más tarde, ya en la planta séptima, “at the top”, fui recibido por una joven que sabía que había pedido una mesa apartada para comer y trabajar hasta que llegara mi colega para tomar café y repasar varios asuntos en los que colaborábamos.

Ya no hay miedo por ir a los restaurantes, la terraza estaba casi llena y tras las plantas se vislumbraba un cielo gris que no impedía a los comensales departir entusiastamente rodeados de unas preciosas vistas de Madrid.

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Yo había pedido un ligero almuerzo y tecleaba mi ordenador intentando contestar los últimos correos y whatsapp sin desviarme demasiado de los escritos que debía continuar.

Cuando estoy en un sitio así, mi imaginación me lleva a la terraza del restaurante de Harrods en un día lluvioso o al Península de París, lo que me hace revivir esos felices momentos en unos días que no parecen tan lejanos y que, sin embargo, sí lo son.

Cuando fui al cuarto de baño, nada más entrar y deslizar el picaporte dorado fijándome en la lujosa madera de las puertas, me trasladé a una mañana de verano en Praga cuando después de desayunar con mi familia en la terraza del hotel Four Seasons con vistas al rio Moldava, bajé con mi hijo atravesando una galería de tiendas de lujo, pensando en que esa madera quedaría muy bien en mi nuevo bufete.

Los viajes consiguen que desconectemos de nuestro día a día y hacen que tengamos nuevas perspectivas, además de marcar nuevas etapas en nuestras vidas.

Invadido por ese optimismo reinante en el ambientado restaurante mientras degustaba una lubina salvaje acompañada de un vino de Rueda muy frio, recibí un mensaje en el que una alumna en prácticas de mi bufete decía “lo importante es encontrarse bien con uno mismo”, una frase que me hizo pensar en muchas cosas pero principalmente me obligó a preguntarme

¿Me encuentro bien conmigo mismo? ¿Debería estar aquí ahora? ¿Tengo mi conciencia tranquila? ¿Organizo bien mi trabajo? ¿Descanso lo suficiente?

¿Pero qué es encontrase bien con uno mismo?

Fui indulgente y concluí que, en general, sí me encontraba bien conmigo mismo

¿Pero cuántas cosas que pensaba hacer cuando terminé mi carrera no he hecho? Sí, no puedo ser tan exigente, porque efectivamente he cumplido muchos de mis objetivos, pero al mismo tiempo.

¿Cuántas otras cosas que para mi eran importantes he dejado de hacer? Cuando me he acercado a un cruce de caminos, he elegido una dirección, pues no tenía más remedio que seguir caminando

¿Pero debería haberme tomado más tiempo para pensar en la mejor decisión? ¿Debería haber reflexionado más o dar la vuelta en ese camino?

Mirando hacia el cielo tras el amplio ventanal, me dije a mi mismo que debemos pensar en todo lo que tenemos y en nuestros logros, en vez de quejarnos por lo que nos falta.

Nunca llegaremos a la perfección y siempre querremos conseguir algo más.

Pero estoy seguro que un nuevo tiempo está llegando y viviremos años felices y prósperos que nos harán olvidar días difíciles y distintos cuando deambulábamos por calles vacías oyendo nuestros propios pasos, con las luces apagadas y el silencio interrumpido solo por murmullos a lo lejos.

En esos instantes también nos preguntábamos hacia dónde íbamos y qué estábamos haciendo.

El doctor Otternschlag, residente en el Gran Hotel, afirmaba al principio y al final de la película “Siempre es lo mismo. La gente viene, la gente se va. Nunca sucede nada”.

Obviamente, no había participado en las escenas de amor, muerte, ruina y otros esenciales acontecimientos que habían ocurrido allí mismo, a su alrededor, mientras él creía que no había pasado nada y la vida era anodina.