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Bajando a los calabozos

Luis Romero Santos
Bajando a los calabozos
Luis Romero, autor de esta columna, es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho Penal.
19/1/2022 06:46
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Actualizado: 19/1/2022 09:00
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Bajé con mi cliente y el funcionario unas escaleras que conducían a los calabozos del juzgado de guardia.

El funcionario saludó a los policías nacionales, una abogada de oficio salía en ese momento de las angostas dependencias ahuecándose como podía mientras nosotros nos retirábamos para abrirle paso, se oía a varios agentes en el interior dando órdenes aunque nosotros no podíamos verlos, y de fondo sonaba una trompeta con el ‘Toque de diana’.

«¡Buenos días, señores! ¡Y ante todo, Feliz Año! Aquí tenéis al ‘fulanito'», dijo el funcionario.

«¡Voy a buscar a cinco para la rueda!», dijo un policía.

«¡No, con cuatro es suficiente!», le replicó el policía al mando.

«Es que este secretario quiere a cinco. Bueno, voy a preguntarles si quieren estar».

«¡Aquí no se pregunta, los sacas y ya está!», impuso el policía jefe.

En ese momento, el funcionario judicial advirtió a los policías en un tono más bajo, de modo que supieran que su conversación no era del todo íntima:

«Que el letrado está ahí…».

Desde el metro cuadrado donde yo me encontraba, al final de las escaleras que conducían al sótano y justo antes del marco de la puerta de acceso a la antesala de los calabozos, veía a través de ese hueco el pasillo que conducía a la sala para las ruedas de reconocimiento y a la izquierda divisaba un pasillo donde había dos calabozos.

La tenue iluminación dejaba ver las rejas de las celdas, de color negro, y las paredes ennegrecidas del interior, como si estuviesen cubiertas del hollín de una chimenea que lleva largo tiempo sin limpiarse. Uno de ellos tenía la puerta entreabierta, el otro estaba ocupado.

ASPECTO DE UN «CUARTO DE RATAS»

Aunque no es la primera vez que veo unas celdas de un juzgado de guardia, no deja de llamarme la atención que tengan el aspecto de un ‘cuarto de las ratas’, con suciedad, malos olores, sin ventilación, sin luz, etc.

No hace mucho, estuve en los calabozos de un juzgado de la Costa del Sol y ya cuando iba bajando las escaleras, del sótano llegaba un fuerte hedor que se intensificaba conforme uno se iba aproximando a la entrada de los mismos.

Cuando estaba en el distribuidor, esperando a ver a mi cliente en un cuarto de baño abierto y a la vista de todos, “es el único sitio, letrado”, pues no había otro lugar habilitado para la conversación confidencial entre abogado y cliente, me preguntaba cómo esos policías podían soportar ese olor nauseabundo y no protestaban solicitando un lugar de trabajo más saludable.

Al menos así, mejorarían las condiciones en las que están custodiados los presos y, de camino, las de los abogados que vamos a visitarlos.

Volviendo a la escena más reciente, cuando bajó el secretario judicial las escaleras con un papel en la mano (el acta) y con cara de tener mucha prisa, me saludó amablemente y confirmó conmigo que yo era el abogado defensor del investigado con el que se iba a practicar la rueda de reconocimiento.

Permanecí allí en mi rincón, pues aún no se me había invitado a pasar a la salita-recibidor que tenía delante, donde corrían de un lado a otro varios policías nacionales; aunque mejor me encontraba ahí, más cercano al poco aire que podía llegar de la calle.

En esas catacumbas se seguía oyendo de fondo el acelerado ritmo de la marcha castrense (“quinto levanta, tira de la manta”), que yo pensé que los agentes tenían de fondo para animarse a trabajar en ese ambiente lúgubre y moverse a ritmo marcial, pero a los pocos segundos oí a uno de los policías, que parecía el jefe, decir:

«¡A ver, Fernández, apaga esa música que lleva sonando ahí toda la mañana!».

«¡Ah, sí! No paran de llamar a un móvil que está en una de las bolsitas».

«¡No! Será una alarma, porque no termina nunca».

Y ese funcionario abrió una de las bolsas que contenían las pertenencias de los detenidos para por fin silenciar la madrugadora marcha militar.

El secretario, que ya había comprobado cómo estaba conformada la rueda, me invitó a pasar a la antesala por si yo tenía que dejar constancia de alguna circunstancia o anomalía respecto a la formación de la misma y sus componentes.

Me dejó solo en la habitación oscura, desde donde la ventana permitía ver a mi defendido y a los otro cuatro detenidos “invitados” a formar parte del grupo, numerados del uno al cinco; en el número seis no había nadie, aunque debería haber una persona más.

Ellos, al otro lado, firmes, se veían reflejados en un espejo sin que pudiesen vernos a los que estábamos detrás. Allí, sobre una mesa de despacho, vi el DNI de la denunciante y presunta víctima con una foto en blanco y negro en la que era mucho más joven que en la actualidad. Y pensé en ella y en lo que podría decir cuando pasara a la posible identificación del denunciado, mi cliente.

Yo le dije al letrado judicial que los dos señores más a la izquierda eran mucho más altos que mi defendido. El letrado judicial me respondió:

«Vamos a arreglarlo, venga usted conmigo».

«¡Agente, hay que cambiar a los dos primeros! Para poner a otros que sean de una altura similar al investigado».

«¡A gusto del consumidor!», respondió el policía, dando las órdenes pertinentes.

Cuando vi que iban a situar en la rueda a un preso muy joven con el pelo de color naranja y corte “mohicano” expresé mis reservas al cambio, y entonces eligieron a otro señor con unas características más parecidas a las de mi patrocinado, aunque bastante más joven.

CARENCIAS DE LAS INSTALACIONES

Después, iban a sustituir a otro de los integrantes de los que yo había dudado por un joven con los pelos revueltos y de estatura baja, haciéndole saber al policía mi disconformidad; entonces, me miró el secretario queriéndome decir algo y antes de que pronunciara palabra, yo me disculpé por haber sugerido al agente lo que debía de hacer en vez de habérselo comunicado directamente al letrado judicial.

El funcionario era muy buena persona y lo entendió.

Una vez dio su parecer la denunciante, que me reservo por confidencialidad, salimos de allí tras ella, el secretario y yo. Éste me comentaba las carencias de esas instalaciones tanto para realizar el reconocimiento como para todo lo demás.

Y yo le dije que los calabozos bien podrían recibir una mano de pintura blanca porque tenían un aspecto deplorable. Me respondió que además de presupuesto, hacían falta ganas de hacer las cosas.

Esperé afuera del juzgado de guardia a que saliese mi cliente de las profundidades para que se practicase la declaración de la denunciante presunta víctima y la del investigado.

Estando ahí fuera, bajo un sol de invierno, pasaban abogados, funcionarios y ciudadanos que salían o entraban a los juzgados.

Recordé mis primeros años como abogado, yendo al juzgado casi todas las mañanas, saludando a compañeros que me preguntaban qué tenía ese día para a continuación entablar una conversación sobre cualquier otro tema, dejando pasar el tiempo hasta que el funcionario avisase que la diligencia iba a practicarse.

Miré el reloj y ya eran las once y media, con lo cual, esa mañana me quedaría sin desayunar. Y seguí pensando en otros casos cuyos expedientes me esperaban sobre la mesa de mi despacho cuando llegase al bufete.

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