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La espada de Damocles: El insólito juicio y el irascible e ingenioso juez (Segundo acto)

Luis Romero Santos
La espada de Damocles: El insólito juicio y el irascible e ingenioso juez (Segundo acto)
Luis Romero Santos, socio director de la firma Luis Romero Abogados, doctor en derecho penal, completa el segundo acto de este relato sobre un juicio que, por lo que cuenta, de justo y equitativo tuvo poco.
16/8/2022 06:48
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Actualizado: 17/8/2022 07:54
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Cualquiera podría decir que estar escribiendo en domingo y a mediados de agosto es contrario a lo habitual en vacaciones para un profesional. Sin embargo, deseaba finalizar hoy el segundo acto sobre este juicio en el que ocurrieron muchas cosas increíbles.

Para mí es una gran satisfacción contar mis experiencias en esta gran profesión que es la abogacía, compartirlas con compañeros, otros juristas y amigos y recibir de algunos de ellos comentarios sobre lo que escribo y en los que me animan a seguir con mis relatos.

Hace ya más de veinte años escribí en la revista “La Toga” un artículo titulado “Atravesando el campo de minas” referido a los obstáculos que encontramos los abogados penalistas en la fase de instrucción.

Desde entonces he escrito más de cien artículos sobre la abogacía, juicios, la Administración de Justicia, las relaciones entre jueces y abogados, la policía, los clientes, etc.

Más de medio centenar los he publicado aquí en Confilegal, medio al que agradezco su disposición para acoger mis artículos y subirlos a su cabecera de inmediato; doy las gracias especialmente a su director, Don Carlos Berbell.

1.- El armisticio

Sin guardar rencor, el segundo día de juicio subí a la tarima para hablar con el magistrado presidente para tratar de que el juicio se pudiese celebrar con un mínimo de garantías para la defensa, aunque ya el daño estaba hecho por todo lo acontecido en la primera sesión.

Sin embargo, por respeto al jurado, a mi defendido y al numeroso público que se encontraba en la sala, le dije a Su Señoría que le pedía disculpas si alguna intervención mía podría haberle molestado.

A pesar de mi humildad, no encontré acogida en quien presidía el juicio sino todo lo contrario, ya que éste no se movía de su equivocada posición e incluso llegó a decirme que si deseaba dirigir el juicio preparara unas oposiciones (sic).

A lo que yo le contesté que estaba orgulloso de ser abogado y que nunca en mi vida me había planteado preparar unas oposiciones y menos ahora.

Aunque yo mantuve mi tono de voz para que lo que yo expresaba no se oyese más allá de donde se encontraba mi interlocutor, éste hablaba en un tono tan alto como para que pudiesen oírlo los jueces populares que se ubicaban muy cerca de allí.

Nunca tuvo cuidado el juez en preservar la posición de la defensa respecto al tribunal popular respetando su imparcialidad objetiva, antes al contrario mantuvo su animadversión frenética hacia ésta.

2.- No veo a los interrogados

He asistido a muchos juicios con jurado pero en esa Audiencia Provincial sólo a uno en el que se llegó a una conformidad. Por lo que desconocía que la silla donde se sentaban el acusado, los testigos y los peritos al ser interrogados, quedaba fuera del ángulo de visión del abogado defensor.

Es decir, mi defendido se sentó al fondo de la sala, en un hueco ubicado entre la amplia mesa donde estaban sentados la funcionaria taquígrafa, el letrado de la Administración de Justicia y el magistrado y la bancada donde se encontraban los asientos de la señora fiscal, dos aspirantes a fiscal, la silla de la defensa y la de una abogada que me acompañaba, así como la silla bajita del acusado.

La silla de los que iban a ser interrogados por las partes y, cómo no, por el locuaz juez, que interrumpía cuando le placía nuestros interrogatorios sin límite alguno, se encontraba en el vértice del ángulo recto formado por esas dos largas mesas.

Así, al encontrarme yo sentado casi al final del pupitre en el que tenía delante de mi a mi colega y a las tres fiscales, estas cuatro juristas impedían que yo pudiese ver a todo aquel que estuviese ya preparado para contestar a mis preguntas.

Al estar sentados todos en línea recta, mi defendido debía asomarse hacia delante cuando oía mis preguntas mirando hacia mi y yo igualmente debía inclinarme hacia delante en una incómoda posición tratando de ver la cara de mi interlocutor.

Alguna vez se movían hacia delante las fiscales y mi compañera, teniendo yo que mover mi cabeza para atrás y con suerte mi cliente también hacía lo mismo encontrándonos los dos mirándonos cara a cara.

Las interrupciones del juez sin ton ni son fueron innumerables y cualquier excusa era buena para parar a la defensa, sin que sirviesen las protestas de este defensor ni la mayoría de éstas fuesen recogidas en el acta

Pero otras veces, unas se alzaban hacia delante y otras hacia atrás, de manera que este letrado giraba hacia delante y otra vez hacia atrás.

Como se puede cualquiera imaginar, esta incómoda posición en estrados no ayudaba al que interrogaba a concentrarse en su cometido en ese momento que no era otro que formular las preguntas que creyese oportunas al acusado, después a los testigos y finalmente a los peritos.

Si a esto se sumaba el deplorable estado de los micrófonos suministrados al abogado defensor que dejaban de funcionar a los pocos segundos o minutos a pesar del empeño del secretario judicial y de la funcionaria que los entregaba, teníamos un cuadro que no era el más apropiado para ejercer la defensa ante unos jueces populares que por primera vez tenían la encomienda de impartir justicia por imperativo legal.

Por fin, antes de comenzar el interrogatorio del primer testigo en la segunda sesión, el magistrado accedió a la petición de esta defensa y solicitó a las señoras fiscales que se moviesen para atrás cuando este letrado estuviese en el uso de la palabra, circunstancia de la que pocas veces pude disfrutar durante unos minutos seguidos, ya que las interrupciones del juez sin ton ni son fueron innumerables y cualquier excusa era buena para parar a la defensa, sin que sirviesen las protestas de este defensor ni la mayoría de éstas fuesen recogidas en el acta.

Tengo grabado en mi memoria el rápido movimiento que se producía cuando me concedía la palabra –por poco tiempo– el juez y las señoras fiscales tomaban impulso hacia atrás apoyando sus manos en la mesa para a continuación desplazarse ayudadas por las ruedas de sus sillones, lo cual es de agradecer ya que contemplaban el interrogatorio movidas de su sitio y lugar sin queja alguna.

3.- Las muecas de la fiscal al jurado

Los gestos, muecas, morisquetas y sonrisas burlonas por parte de la fiscal hacia el jurado y de la agente judicial al público, como si aprobasen o desaprobasen lo que decía o preguntaba el letrado de la defensa o respecto a sus alegaciones, protestas y otras intervenciones, así como en relación con las respuestas de los testigos y peritos, solo fueron conocidas por este letrado al término de las sesiones o en los recesos.

Por una sencilla razón, pues cuando yo intervenía o miraba a los miembros del jurado o a aquellos a los que interrogaba, no me percataba de dichos comportamientos que de forma reiterada se producían sin el más mínimo recato y con total impunidad.

Fue un desprecio más hacia la defensa en presencia del jurado. Tanto la Ley de Enjuiciamiento Criminal como la Ley Orgánica del Poder Judicial prohíben estas muestras de aprobación o desaprobación así como las faltas de respeto y consideración a las partes.

El encargado de que esto no ocurriese era el magistrado presidente, quien no hizo nada para impedirlo, demostrando a quién favorecía y a quién perjudicaba.

Yo me enteraba de estas incidencias cuando algunos de los asistentes a la vista me lo contaban, pues les había llamado mucho la atención a la vez que estupor.

El presidente debía haber ejercido la policía de estrados para que no hubiese esas muecas al jurado pero entiendo que difícilmente podría hacerlo por la cercanía y amistad con la señora fiscal, simpatía que no ocultaba como hemos referido en diversas ocasiones.

4.- ¿Qué mosca le ha picado a este juez? ¿A ese hombre le pasa algo?

Cuando me encontraba con mis alumnos al salir de la sala en los recesos o al final de la vista cada día, éstos me trasladaban su estupefacción por las formas del magistrado hacia la defensa, máxime cuando a mi defendido le solicitaba la acusación una pena muy alta y eran los miembros del jurado los que tendrían que emitir el veredicto.

Se vieron muy sorprendidos los estudiantes desde el primer momento puesto que lo visto y oído en estrados no coincidía con su percepción de lo que debía ser un juicio justo en un estado de derecho.

Lo que habían estudiado en el grado de Derecho distaba de la realidad contemplada en esa sala que acababan de abandonar.

Y no podía ser de otro modo, pues en un tiempo que pertenece a las partes, en el de las alegaciones previas, el magistrado osó interrumpirme en el minuto veintitrés no una vez sino en innumerables ocasiones, sin ocasión apenas de invocar mis derechos y los del encausado, para parapetándose en sus puñetas, imponer su erróneo criterio más propio de otras épocas pretéritas.

Igualmente, se mostraban esos asistentes al juicio pasmados por la ira del juez, su acoso y derribo, su tono hosco, intratable, la lucha sin cuartel por acallar al abogado de la defensa, dejándome sin micrófono cuando intervenía la fiscal interrogando a pesar de reclamar yo uno que me permitiese tomar la palabra si consideraba que debía intervenir alguna vez cuando la fiscal hiciera preguntas que yo creyese que eran sugestivas, capciosas o impertinentes.

Pero no, según el magistrado el único que podría declarar la impertinencia o pertinencia de las preguntas de la Señora Fiscal era él y yo no tendría la palabra ni siquiera para sugerirlo.

5.- “¡Si desea usted dirigir este juicio haga una oposición!”

Como he dicho anteriormente, nunca pensé en una oposición para asegurar mi futuro laboral. Mucho antes de cursar la carrera de Derecho, yo quería ser abogado.

Durante mis estudios en la facultad afiancé esa vocación y el derecho penal y el derecho civil fueron mis ramas preferidas. Ya antes de terminar la carrera, hice prácticas en un bufete y me matriculé en un curso de práctica jurídica.

Realmente nunca pensé dedicarme a otro trabajo más que a la profesión liberal que ejerzo desde hace ya más de treinta y un años.

Mi sensación es que la soberbia y la arrogancia de algunos jueces elevan la prepotencia de éstos hasta límites insospechados que le hacen perder la más mínima educación

Dicho esto, el brindis de Su Señoría referido a que si yo deseaba dirigir el juicio cursara unas oposiciones para ser juez, demuestra la continua falta de respeto del magistrado hacia este letrado, sin que yo me lo tomase como algo personal, pues cuando se pisotea a la defensa se está humillando al ciudadano que defiende ese abogado vituperado.

Por si queda alguna duda, yo no pretendía dirigir el juicio cuya segunda sesión iba a dar comienzo unos minutos después de pronunciar esta frase desafortunada el juez, sino que trasladaba al magistrado presidente mi opinión sobre lo ocurrido el día anterior y clamaba por el respeto al derecho de defensa y a un proceso con todas las garantías.

6.- “¡Pero qué manía tiene usted, letrado!”

Como si comiésemos juntos en el mismo plato, a veces Su Señoría se dirigía a mi como si fuese un soldado a las órdenes del sargento o un alumno que recibía la reprimenda de un malhumorado profesor.

Yo no hice la mili, me respetan en mi comunidad, en mi casa y en general en casi todos los lugares que visito a título personal o profesional. Pero es en algunos juzgados y tribunales donde en ocasiones me siento humillado por gritos y voces malhumoradas.

Mi sensación es que la soberbia y la arrogancia de algunos jueces elevan la prepotencia de éstos hasta límites insospechados que le hacen perder la más mínima educación.

Debo recalcar que aunque son más de los que deberían ser, esos jueces y juezas son una minoría frente a los que nos tratan a los abogados con cortesía y consideración, de acuerdo con lo dispuesto en la ley.

7.- La medalla, la cena y la recena

En uno de los recesos y aclarando que el que abajo suscribe no tiene por costumbre pegar el oído en lo que hablan los funcionarios en estos intermedios, al acudir el juez al lugar de la bancada donde se encontraba la fiscal, pude oír parte de una conversación entre éstos en los que la acusadora pública relataba la celebración que ese día tendría lugar, al parecer tras finalizar la vista, y se referían a una medalla que se iba a imponer a un alto funcionario de la administración de justicia.

Habría cena y re-cena a un módico precio y el lugar era muy del gusto de los invitados que en esos momentos lo comentaban involucrando también a otro funcionario y a su indumentaria, del que llegó a decir Su Señoría a la fiscal: “¡Así he visto yo a éste hoy tan arreglado!”.

No es que sintiese envidia pero sí pena porque esas celebraciones tan habituales solo sirviesen para afianzar más la desigualdad entre las partes en un juicio, ya que ni siquiera se disimulaba la cercanía entre el magistrado y la fiscal no guardando las más mínimas formas, ni aún en presencia del jurado.

Esto mismo ocurría cada vez que este letrado entraba en la sala a principios del día y se encontraba al juez conversando animadamente de forma muy coloquial con la fiscal y las nuevas fiscales que le acompañaban en la vista, muchas veces con la participación del LAJ.

Lo que hacía que yo me retirase y diese un paso atrás abandonando una sala donde era un extraño y los allí presentes eran “primus inter pares”.

Incluso una vez pedí perdón por interrumpir esas conversaciones alternadas con algunas risotadas y pedir mi turno para posteriormente preguntar alguna cuestión importante al juez.

Debo decir en este preciso momento que unos meses antes de iniciarse este juicio con jurado en esa Audiencia Provincial y del que me reservo su lugar de celebración por respeto a todas las partes, mantengo un grato recuerdo del juicio también con jurado celebrado en otra capital en el que el trato dispensado por la magistrada presidenta a este abogado y a mi defendido fueron ejemplares, contrastando con lo acontecido en este último e insólito proceso donde cada día se profanaba el derecho de defensa.

En esa otra vista, cada día llegaba con la confianza puesta en nuestro sistema de justicia, en nuestro proceso penal y en nuestra Constitución, permitiéndome esa tranquilidad una seguridad en los momentos de preparación del juicio y cuando entraba cada jornada en la sala, sabía que solo tendría que concentrarme en mi importante labor de defensa y no en luchar contra los molinos de viento en una pugna que era imposible ganar con un juez irritado y airado, él sabrá por qué.

8.- ¡Este juicio no se está grabando, letrado!

Esta vista oral fue una caja de sorpresas continua y cada día se superaba el listón dejado el día anterior.

Hablando con el magistrado en un descanso del segundo día, le dije que “Como este juicio se estaba grabando…” a lo que éste me respondió:

“¡No, letrado, este juicio no se está grabando!”

A lo que este abogado, estupefacto, respondió:

“¿Qué no se está grabando?” “¿Por qué no se está grabando?”

Informándome Su Señoría:

“Pues creo que porque no funciona el sistema de grabación”

Así que como era poco lo acontecido el día anterior y en los inicios de la segunda sesión, nos enterábamos en esos momentos por casualidad que no había grabación del juicio y solo habría un acta, que después descubrimos que era incompleta y errónea, entre otros motivos porque no recogía la mayoría de las protestas de esta defensa, no acogía las preguntas sino solo las respuestas, éstas no eran completas y muchas veces inexactas, etc.

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