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Cartas desde Escocia: Salvar al Credit Suisse era salvar Suiza. Funcionó el Sistema de Poder, como en España…

Cartas desde Escocia: Salvar al Credit Suisse era salvar Suiza. Funcionó el Sistema de Poder, como en España…
Mario Conde aborda en su columna el caso del Credit Suisse y sus consecuencias.
03/4/2023 06:48
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Actualizado: 04/4/2023 10:37
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Examinar la crisis del Credit Suisse desde el punto de vista estrictamente financiero-bancario tiene indudable interés porque seguramente la maduración del negocio bancario tradicional  — y algo de avaricia— ha impulsado a los gestores del conocido banco helvético a introducirse de cabeza en ”nuevos productos financieros” que conllevan tasas de riesgos muy superiores a los tradicionales crediticios, y en esos senderos de vez en cuando aparece el abismo.

Llevaban los gestores helvéticos un tiempo sujetos a una rama contemplando el vacío a sus pies hasta que finalmente, antes de despeñarse por completo, recibieron una mano que les devuelve a tierra firme, pero, a condición de desaparecer.

Morir, sin duda, pero de otro modo menos sangriento.

Pero el asunto tiene, a mi modo de ver, mucha mas enjundia. Lo que estaba en juego no era únicamente el Credit Suisse en cuanto banco, sino el crédito de Suiza en cuanto país.

Y esto es lo más serio que despacharse pueda.

No es verdad que Suiza, el gran país helvético, sea una mera sucursal financiera que viva única y exclusivamente de sus bancos e instituciones de custodia de dineros ajenos. La industria suiza, farmacéutica y relojera, por citar solo unos ejemplos, ha producido empresas de dimensión mundial.

Pero es igualmente cierto que el peso de la industria financiera en el total del PIB helvético es sencillamente abrumador.

Ponerlo en riesgo era tanto como arriesgar el propio país, su vida, sus habitantes, su cultura y su modo de existir.

Demasiado, sin duda.

¿Qué ofrecía Suiza en el mundo bancario? Sobre todo, el secreto y sus famosas cuentas numeradas en las que podía esconder de la voracidad de otros sistemas fiscales un dinero que se transportaba utilizando canales diversos, en ocasiones propiciados, soto voce, por las propias entidades financieras que se convertirían en custodios, un comportamiento en ocasiones arriesgado.…

Adicionalmente a esta dimensión financiera, Suiza fue capaz de reunir otra de alcance social, al menos para los países mediterráneos.

En España, Francia e Italia si alguien quería ser considerado un rico elegante necesariamente debía disponer de una de esas cuentas numeradas en La Unión de Bancos Suizos o en el Credit Suisse, aunque los más sofisticados utilizaban entidades financieras de menor tamaño —generalmente en zona más bien alemana— gerenciadas por familias singularmente adineradas y muy atentas, financiera y socialmente, con sus clientes extranjeros.

Pero, en todo caso, era indispensable disponer de una de esas cuentas y, de vez en cuando, una, dos o tres veces al año, viajar al país helvético, a ser posible con un cuidado y medido disimulo, y, una vez recibida la información del gestor de cuentas, cenar en alguno de sus famosos restaurantes, fundamentalmente de Ginebra, porque es francófona y desde siempre el idioma francés ha sido mucho más elegante que el inglés, más propio ejecutivos dinámicos que de familias con tradición nobiliaria acreditada.

Y si en uno de esos restaurantes te encontrabas con algún español que ejercitaba el mismo rito, unas miradas de complicidad permitirán identificarse como miembros del mismo club.

Un espectáculo apasionante: tener dinero en Suiza era patente de elegancia mediterránea. Depositarlo en Cayman, Panamá, Barbados, Bahamas o Nauríu no pasaba de una horterada propia de recientes ricos, pero sin clase.

Pero todo tiene un limite, incluso la elegancia, así que, como los helvéticos, cediendo a presiones del ”mundo occidental” empezaron a restringir enormemente sus cuentas numeradas, establecieron controles acerca del origen de los dineros depositados en sus bancos y cedieron a implantar un impuesto especial, los dineros privados comenzaron a moverse hacia otros territorios menos exquisitos —y más rentables— que los viejos bancos helvéticos.

Liechtenstein y sus famosas fundaciones, gestionadas por despachos que se convirtieron en enormes fortunas a base del dinero que cobraban como fiduciarios o testaferros de sus clientes, asumió durante un tiempo el papel de alternativa a Suiza, con el factor añadido de que como el país mantiene todavía la co-soberanía entre el parlamento y el Príncipe, algunos pensaron que un buen contacto familiar con la casa real del Principado podría ser un activo innegable, aunque en la práctica se evidenció que en los problemas de envergadura no aportaba absolutamente nada….

LOS PAPELES DE PANAMÁ SE QUEDARON EN NADA

En fin, el dinero se dispuso a cruzar el charco y Panamá, considerado con bastante razón como un protectorado de EE.UU., vio crecer su sector financiero de modo exponencial gracias a sus sociedades con acciones al portador, el secreto bancario, la escasa exquisitez en cuanto el origen de los fondos y la nula tributación real.

Pero…, la excesiva confianza irredenta provocó la aparición de los famosos ”papeles de Panamá”, que, al final se quedaron en ruidos y pocas nueces, como era de esperar.

Pero con todo y eso sí, Suiza dejaba caer a los clientes de Credit Suisse no perdía un banco, sino perdía un país. La industria financiera suiza desaparecería de un plumazo y con ella el país en su conjunto, o, cuando menos, una parte excesivamente sustancial del mismo.

No podía ser. Lo entendieron las autoridades suizas y tomaron una determinación: razón de Estado, así que ningún obstáculo tiene consistencia para evitar el hundimiento nacional.

Primero rechazaron las ofertas de compra del mundo árabe —que perdió miles de millones en la operación— y también las efectuadas por el gigantesco fondo financiero americano. La solución al problema helvético tenía que ser una solución helvética y ninguna otra había aparte de la Unión de Bancos Suizos, la famosa UBS, así que sí o sí los dirigentes de ese banco tenían que comprar el Credit Suisse. Punto y final.

Ofrecieron un precio ridículo y se aceptó.

Pidieron un aval del Gobierno suizo por miles de millones para cubrir posibles pérdidas ocultas, y se aceptó.

Demandaron una línea de tesorería de cientos de miles de millones y el banco central se la garantizó.

Como la deuda de los bonistas eran decenas de miles de millones, había que pagarla y el Estado se mostró dispuesto

Y por fin los accionistas, porque parecía que no aceparían semejante pacto en asamblea general.

Ningún problema: se cambió la Ley suiza y la compra podría hacerse ”legalmente” sin contar con los accionistas. ¿Eso es Suiza o Uganda? Es Suiza bajo el poder de la llamada Razón de Estado.

Pues punto y final. No hay nada que hacer cuando el Sistema decide operar bajo el mandato de esa cacareada y manoseada Razón de Estado. Ni siquiera la propiedad de los accionistas

Pero no nos extrañemos. Cuando intervinieron Banesto estaba vigente el Fondo de Garantía de Depósitos de modo que, por Ley, no podía utilizarse su dinero más que si los accionistas del banco no poníamos el capital necesario demandado por ”el banco de España».

¿Que sucedió? Que los dos políticos que decidieron intervenir sabían que el ”agujero” tenía la consistencia del celofán, y tuvieron miedo de que nosotros encontráramos solución, es decir, el dinero necesario para cubrir la farsa y, claro, en ese caso saldría a la luz la ingente mentira con la que decidieron intervenir-.

¿Como solucionarlo? Muy fácil. Cambiaron la Ley del Fondo con efecto retroactivo de modo que le dieron la vueltas: prohibieron a nosotros, los accionistas, los dueños, salir a ”salvar” nuestro banco de modo que el único que podía poner dinero era el Fondo de Garantía….

¿Una aberración? Por supuesto. Financiera y legal, pero…. ¿Es España o Uganda? Es el Sistema, estúpido.

Nos copiaron los suizos, aunque lo nuestro, lo de Banesto era una falsedad y lo suyo, lo del Credit, parece ser cierto.

Y todo eso sucedió con la colaboración —y aplauso— de una parte sustancial de la llamada clase conservadora española, de las finanzas y de otros lugares, encantados de lo que ocurría con Banesto.

Cuando los valores se sustituyen por intereses a corto plazo ya sabemos lo que sucede al final de la película.

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