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Opinión | El abogado gratis

Opinión | El abogado gratis
Luis Romero, socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho Penal, explica alguna casuística de casos de personas que pretenden que les represente gratis. Foto: L.R.S.
22/5/2024 06:34
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Actualizado: 22/5/2024 08:29
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Uno de los casos que más recuerdo para ilustrar el título de este artículo es el protagonizado por un señor involucrado en varios procesos penales conocidos que un pariente suyo recomendó a mi bufete, tomando la decisión de desplazarse a Sevilla.

Tras una reunión no muy extensa, recogí las abultadas actuaciones que me entregó y fijamos otra entrevista a la semana siguiente en Madrid. Tras esta nueva cita, conociendo ya este ciudadano el importe de mi minuta, no volví a saber más de él.

Días después, al llamar yo a su familiar para preguntarle si finalmente su allegado contrataría mis servicios, me confesó que éste pensaba que al ser los suyos unos asuntos tan mediáticos, obtendría mis servicios de balde.

En los últimos tiempos, hemos establecido en el bufete el cobro de la consulta sea ésta presencial, por teléfono o videoconferencia.

Algunos interesados rehúsan abonar los honorarios por la reunión, si bien hay muchos que gustosamente pagan.

Es curioso observar cómo algunos de los que pretenden adquirir nuestro dictamen gratis esgrimen argumentos de toda clase, como por ejemplo el que no desea hacer una consulta sino solicitar “información”.

2.000 EUROS POR LLEVAR UN CASO

Debo resaltar el caso de una familia que no hace mucho me visitó desde una ciudad a 300 kilómetros y me propuso ir al día siguiente a hablar con el fiscal y la jueza para ver si le daban la libertad a su pariente, y al salir me darían 2000 euros y me invitarían a un buen jamón “pero no mucho” no fuera a ser que cogiéramos un cólico (sic).

Al decirle yo que mis honorarios eran mucho más altos, pues yo no podía llegar al tribunal “por las buenas” sino después de pedir la venia a mi compañero, personarme, estudiar el expediente y pedir audiencia, subieron su oferta en 1000 euros.

Se marcharon un tanto disgustados pues no entendían que yo pretendiese cobrar más de la suma ofrecida sin asegurarles un resultado. Es decir, no querían contratarme porque confiasen en mi o creyesen que iba a hacer un buen trabajo: querían pagar por un éxito asegurado.

Recientemente, quisieron encargarme una defensa penal en un Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional que muy bien podría ocupar la cuarta parte de mi tiempo y la de mi equipo.

Se trataba de un macro proceso penal y tenía implicación internacional, habiendo aparecido el investigado y algunos pormenores del caso en TV. Y mucho más saldría en los medios desde el día de la comparecencia en el juzgado del investigado, con los periodistas esperando a la entrada y salida del tribunal.

Yo me sentía muy halagado por haber sido designado para defender a ese personaje tan conocido, sobre todo después de haberme hecho saber una larga lista de abogados penalistas nacionales que se le habían ofrecido “gratis”.

Nunca se me ha ocurrido a mi ponerme en contacto con un potencial cliente para ofrecer mis servicios “sin coste”, por muy relevante que fuese la causa o famoso el cliente.

UN CASO MEDIÁTICO

De manera, que esos días en los que había llegado otro caso muy mediático al bufete, me sentí eufórico por haber conseguido añadir un nuevo caso famoso a los anteriores, dando ya por hecho que el encargo profesional llegaría a buen fin.

Ese mismo día por la tarde, recibí en mi móvil la llamada del imputado, al que ya conocía desde hace años.

– Luis, muchas gracias por aceptar llevar mi defensa –me expuso en un tono firme.

– Es para mi un honor, Gumersindo –respondí yo.

– Son unos malos momentos para mí y mi familia –dijo compungidamente.

– Podemos reunirnos mañana o pasado, cuando te venga mejor.

Me extrañó que mi potencial cliente no me hubiese preguntado por el coste de mis servicios, pero di por hecho que ese personaje aceptaría mis honorarios siendo una buena señal que ni siquiera me interrogase por ello.

Es más, hasta pensé que dado que no podría permitirme tomarme a corto plazo un año sabático, al menos sí podría disfrutar de un “mes sabático” aunque fuese en agosto.

Desde luego, los honorarios serían altos, pues era uno de los casos más destacados en los tribunales españoles en esos momentos.

Hasta me atreví a comentar la buena nueva a mis compañeros del bufete, a varios colaboradores y a mi familia, sintiéndome yo muy orgulloso de haber sido el “elegido”.

Sí señor, yo era ya el abogado de Gumersindo. Y pensaba en ese día cercano entrando a las diez de la mañana en la Audiencia Nacional con todos los flashes disparándose a nuestra llegada. Pensaba en Stampa Braun subiendo las escaleras del mismo tribunal cuando defendió a Lola Flores.

Pensaba también en la atención que mostrarían mis colegas de profesión y otros juristas como jueces, fiscales, profesores de derecho, etcétera.

TRABAJAR «GRATIS TOTAL» ES RESTAR TIEMPO A LOS CLIENTES QUE SÍ NOS PAGAN

Sí, entre 150.000 abogados, yo era el elegido. Cuando establecimos nuestra próxima conversación por videoconferencia, previa a nuestro encuentro presencial, constaté que todo era real y no un sueño.

Hete aquí, que al iniciarse la referida conferencia, lo primero que me aseguró mi interlocutor es que juraba por todos los suyos que él era inocente. A continuación, añadió que me agradecía mucho aceptar su defensa en esas circunstancias en las que no disponía de medios apenas para comer.

En ese instante, creí que había un malentendido. ¿Qué no disponía casi ni para comer? Y tuve una sensación como la que se siente al despertarse tras un sueño en el que hemos conseguido un gran logro, nos despertamos y poco a poco vamos siendo conscientes de que todo era una escena onírica.

Sí, la escena se repetía y este cliente, no sabemos por qué falsa intuición o información errónea, creía que yo podía defenderle sin cobrar un duro. Ni siquiera podría cubrir los gastos, dada su situación financiera.

Afortunadamente, mis casos retribuidos me permiten no tener que aceptar casos gratis de los que dicen estar “sin blanca” y pretenden desplumarnos: pues trabajar “gratis total” destinando horas de trabajo, estudio y esfuerzo, es restar tiempo a nuestros clientes que sí nos pagan.

De la misma forma, es aportar trabajo de miembros de nuestro equipo jurídico a los que sí les pagamos y no pueden destinar esas horas a los asuntos retribuidos.

Para la optimización de recursos del bufete y una sana economía, no son muy convenientes esta clase de clientes que dicen no tener para comer y que pretenden dejarnos a nosotros en la inanición, pues con varios así tendríamos que cerrar el bufete.

¿De qué sirve una fama efímera que no compensa económicamente y que despilfarra los recursos de nuestra firma viéndose ésta abocada a “morir de fama”?

¿Esos abogados que trabajan gratis, son ricos, lo hacen por vocación o están esperando a un ricachón?

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