Opinión | Netanyahu dinamita la diplomacia de Trump y arrastra a EE.UU. al abismo iraní

Según Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, el ataque israelí no fue improvisado y buscaba frustrar las negociaciones de Estados Unidos e Irán sobre las armas nucleares.

14 / 06 / 2025 05:35

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La madrugada del 13 de junio de 2025 marcará un punto de inflexión en el tablero de Oriente Próximo.

El nuevo ataque de Israel contra instalaciones iraníes no debe entenderse como una mera represalia estratégica. Es mucho más que eso: es una jugada política de alto voltaje.

Con esta operación, Benjamin Netanyahu no solo ha cruzado una línea roja geopolítica, sino que ha puesto una bomba debajo de la mesa de negociaciones en la que Donald Trump intentaba recomponer la relación con Irán.

Netanyahu, en una posición cada vez más erosionada a nivel interno y con su imagen internacional desgastada, ha optado por recurrir a su manual clásico: elevar el nivel de amenaza existencial para Israel, forzar el apoyo estadounidense y aislar a Irán.

Pero esta vez el cálculo es más osado. El objetivo primario no era Irán. El objetivo era Trump.

La estrategia de Trump –discreta pero clara– pasaba por devolver a Teherán al redil del acuerdo nuclear, garantizar la estabilidad de los mercados energéticos y preparar una narrativa de líder pacificador en año electoral.

Las conversaciones avanzaron poco a poco en un contexto de discreción y trabajo diplomático.

Netanyahu ha saboteado ese plan, provocando una respuesta iraní que, aunque calibrada, pone a Trump en una situación imposible: o consiente una represalia fuerte de Israel, con lo que se convierte en rehén de Tel Aviv, o presiona por la moderación, arriesgándose a parecer débil ante sus votantes y ante el complejo militar-industrial que le observa con atención.

O lo que es incluso peor, arriesgándose a defraudar al fuerte «lobby» judio en Estados Unidos.

El ataque israelí no fue improvisado.

Se ejecutó tras semanas de creciente tensión, con la clara intención de destruir cualquier posibilidad de distensión. Golpear cerca de Isfahán, donde se encuentran instalaciones nucleares sensibles, fue una provocación con nombre y apellidos.

Y el mensaje fue claro: “Trump, no negocies. No hay trato con el enemigo”.

¿Está Estados Unidos al servicio de la seguridad de Israel o está siendo instrumentalizado para sostener a un gobierno israelí que trata de escalar al máximo? El eterno dilema se vuelve ahora más urgente.

La reacción de Irán, medida y anunciada con antelación a Washington, demuestra que Teherán no desea una guerra abierta.

Pero también que no tolerará humillaciones sin respuesta. Lo que está en juego ya no es solo la seguridad regional. Es la autonomía de Estados Unidos para diseñar su política exterior sin imposiciones del actual «lobby israelí». Netanyahu ha apostado a todo o nada. Trump debe decidir ahora cómo responde.

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