«Los periodistas no son amigos y eres su comida».
Adivina, adivinanza. ¿Qué ministro español pronunció estas palabras? No hace falta ser pitonisa para responder a una pregunta tan sencilla. Se trata de don Óscar Puente, titular de la cartera de Transportes, acaso el miembro de lengua más incontinente de nuestro Gobierno.
Según se lee en prensa, se descolgó con semejante ocurrencia el tres de mayo de 2024, en Salamanca, durante un coloquio celebrado en una escuela del Partido Socialista Obrero Español.
De todos son conocidas sus vitriólicas declaraciones públicas, sobre todo en la red social Twitter/X, donde hace gala de un tono que a los oídos de muchos suena a chulesco, por no decir matonil.
Aun así, habrá quien opine que en la selva mediática no queda más remedio que seguir su ejemplo, so pena de pasar desapercibido y caer en la irrelevancia.
Muy al contrario, a mí me espantan las formas procaces, máxime en quienes ocupan tan alta dignidad estatal. Como muestra, un botón: sentí vergüenza ajena cuando oí que se había referido al periódico digital «The Objective» como «El Ojete». Sobran los comentarios.
«No sé por qué tengo que cortarme a la hora de expresarme».
He aquí otra de las joyas que se le atribuyen a don Óscar. No estaría de más recordarle que, por respeto, a veces no hay otra que apretar los dientes y guardar un prudente silencio.
Especialmente cuando nuestro país atraviesa momentos tan dramáticos como la ola de incendios que en este verano de 2025 tanto sufrimiento está ocasionando a tanta gente. Maldita la gracia que tienen las bromitas cuando echan sal en las heridas de los damnificados. No todo vale, o debiera valer, en la contienda política.
«Sed vosotros mismos, sin miedo».
Este consejo, que suena a libro de autoayuda, habría sido una de las enseñanzas que el señor Ministro impartió durante el mencionado coloquio salmantino. Bien está eso de no asustarse.
Lo malo es que, cuando un hombre de tanto poder se dirige en términos tan desmesurados a los informadores, a los que no considera amigos e incluso a algunos de ellos confunde con el postrer orificio digestivo, somos los ciudadanos los que hemos de temer por nuestra libertad de expresión.
Sin justicia independiente no hay democracia.
Sin prensa libre, tampoco.
No lo olvidemos.
«A estas alturas de la vida no voy a cambiar».
Erre que erre, don Óscar no muestra arrepentimiento.
Con todo, aunque él no albergue propósito de enmienda, tal vez su jefe, el mismísimo presidente del Gobierno, le imponga el cambio por las bravas y lo destituya. O tal vez no, porque precisamente convenga mantener un bufón que vocee en público lo que los demás susurran en privado.
O sea, un chivo expiatorio. En cualquier caso, la vida de las víctimas propiciatorias es corta: dura lo que dura el interés de sus amos. Tarde o temprano será sacrificado en el altar de las expectativas electorales.
Mira por dónde, sí, al final no serán los periodistas, sino sus propios colegas, los que, como caníbales hambrientos, terminen devorándolo.