La leyenda de los cuervos de la Torre de Londres no es precisamente un chascarrillo turístico, sino una superstición que, según dicen, se originó en el siglo XVII por orden del rey Carlos II.
Desde entonces hay siempre una pequeña guarnición de cuervos, con nombres propios y alas recortadas, porque si los pájaros abandonan la Torre “caerá la Corona y con ella el Reino”.
Por eso, ahí sigue la bandada con su cuidador, el ‘Ravenmaster’, y su dieta de carne cruda, como recordatorio de que en Inglaterra se custodian no sólo tradiciones, sino también los relatos que dan sentido.
Ese respeto por la historia, muy de museo, con sus vitrinas y sus cartelitos, forma parte de la educación sentimental británica, que aprecia y valora su pasado, del que siente orgullo, para bien o para mal.
No muy lejos de la Torre, en el Strand, la ‘High Court’ practica otra liturgia, menos pintoresca pero igual de seria: el culto a los papeles.
Mientras en España el expediente es una maldición bíblica mandada por Moisés, en Inglaterra y Gales es el hilo de Ariadna que te saca del laberinto.
Y si lo cortas, pues no hay héroe que te salve del Minotauro.
Esto explica que, en disputas de millones, no gane el más simpático ni el más alto de miras, sino quien trae los papeles en regla y juega según las ‘Civil Procedure Rules’, las reglas del ajedrez procesal inglés.
Con esa música de fondo, ya entramos en la segunda entrega del pleito entre QIPCO y Phoenix Ancient Art.
Pero no se me impacienten porque hay que pisar mucha moqueta.
BREVE RECORDATORIO DE LOS ANTECEDENTES
Quien llegue nuevo a esta película, que coja sitio.
El jeque Hamad Bin Abdullah Al Thani y su sociedad QUIPCO compran a la suiza ‘Phoenix Ancient Art’ tres piezas con etiqueta de arte clásico por unos cinco millones de dólares.
Estas piezas incluyen una ‘Niké’ de calcedonia, una cabeza de ‘Alexander the Great as Herakles’ en mármol y una ‘phalera’ con águila imperial.
Todo se formaliza mediante contratos y documentos de procedencia, en los que asoma Roland Ansermet, un coleccionista suizo cuya supuesta titularidad pretérita da lustre al relato.
Detrás de Phoenix están los hermanos Ali y Hicham Aboutaam, “los Aboutaam” de toda la vida, y que, en Nueva York, operan a través de ‘Petrarch LLC’, controlada por Hicham.
Durante años, pues vitrina y copa de champán; todo en orden y a lucir, que son dos días.
Pero poco después se estropea la armonía.
Hoy empezamos a degustar los primeros platos de este menú, con una audiencia el pasado febrero de 2025 y la decisión de la ‘High Court’ en abril de 2025.
Pero, sobre todo, contiene una moraleja de manual: en Inglaterra y Gales, el ‘disclosure’ no es para tomárselo a broma; es el sistema nervioso del pleito y, si lo seccionas, te quedas sin reflejos.
Y es que el uso del piolet es lo que separa a un alpinista de Ramón Mercader.
PRIMER PLATO: ‘DISCLOSURE’ CON EMULSIÓN DE CÍTRICOS
Sucede que, tras las compras, asoman dudas serias sobre la ‘Niké’ y su autenticidad.
Dudas que, en enero de 2020, llevaron a los compradores a formular el primer frente judicial ante los tribunales de Inglaterra y Gales, la jurisdicción escogida por las partes en los contratos de compraventa.
Y con él llega el corazón del pleito: el ‘disclosure’, que no hay que confundir con su primo americano, el ‘discovery’, con mucho más tupé, a lo Donald Trump.
El ‘disclosure’ implica que la parte que niega algo debe abrir sus archivos y entregar los documentos relevantes, incluidos los que le perjudican.
En este caso, implicaba entregar todos los contratos, correos, facturas, informes, notas internas, el rastro completo de la transacción y la famosa “procedencia” que se vendió junto con la obra, trazando la obra y milagros hasta la actualidad.
Y aquí importaba doblemente, porque la disputa se centró en comprobar si la historia documental era verídica, que justificó el precio pagado por las piezas.
Con esa brújula, la ‘High Court’ acordó ‘disclosure’ en la acción de la ‘Niké’ y, a medida que el caso se amplió para incluir la cuestión de la procedencia, ordenó más ‘disclosure’ suplementario.
Por si no fuera suficiente, entra además en escena el famoso informe suizo sobre la falsificación de procedencias, en el que figuran los nombres de los vendedores, por lo que las cejas se arquean hasta límites insospechados.
Así que, llegados al 2023, los demandados empiezan a incumplir lo ordenado en el ‘disclosure’.
Primero llegan los retrasos, luego las promesas de entrega y después las prórrogas de las prórrogas.
El juez, siguiendo el manual inglés, marca entonces la línea roja: dicta una ‘unless order’.
Es el clásico “o presenta usted la documentación antes de tal fecha o dase por…”.
Un aviso que puede marcar la diferencia entre ganar o palmar muchísima pasta.
Pero expirados los plazos, el ‘disclosure’ sigue sin cumplirse.
En paralelo, y precisamente porque el ‘disclosure’ de la acción de la ‘Niké’ había destapado material sobre procedencias, se abre el segundo frente por el ‘Alexander’ y la ‘phalera’.
También ahí el tribunal ordena revelar papeles.
Y se repite la misma música con dilaciones, negativa final y el reloj procesal corriendo en contra de quien debía abrir sus archivos.
Con el ‘unless order’ ya mordiendo y los incumplimientos en fila, ocurre algo más.
SEGUNDO PLATO: ‘ANTI-SUIT INJUNCTION’ CON SALSA AMERICANA
Pasa que, en lugar de centrarse en cumplir con el ‘disclosure’ que les habían ordenado en Inglaterra, los vendedores son unos pillos.
Así que impulsan en Nueva York un pleito sobre materias que ya estaban sujetas a las cláusulas de jurisdicción exclusiva inglesas de los contratos de compraventa.
Lógicamente, ese movimiento activó todas las alarmas en Londres, ya que el pacto de sumisión a los tribunales de Inglaterra y Gales era claro.
La respuesta de los demandantes fue pedir una ‘anti-suit’ a toda leche para detener la aventura neoyorquina y proteger el asunto ante el foro acordado.
Primero llegó el toque de corneta como medida interina en junio de 2024, aunque más adelante esa cuerda se tensaría por completo, ahogando el proceso yanqui.
Así, con la ‘unless order’ mordiendo el trasero, la ‘anti-suit’ colgando sobre la cabeza y los documentos sin aparecer, llegamos a febrero de 2025, cuando todos se reúnen ante el juez inglés.
Aunque me imagino que ‘Mr Justice’ Garnham, que no debía estar muy contento con semejante cromo, convoca una vista conjunta para oír a las partes.
Por un lado, los compradores piden que las alegaciones de contrario sean eliminadas por no cumplir con el ‘disclosure’ y se dicte ‘summary judgment’, sentencia directa estimatoria.
Por el otro, afinan la puntería sobre el fraude de procedencia de las piezas, precisamente el que dependía del rastro de papeles que todavía no ha aparecido.
Y, por si no fuera suficiente, que la ‘anti-suit’ se confirme como medida definitiva, porque si se pactó Londres, se litiga en Londres.
Llegados a ese mes ventoso, los demandados desembarcaron en la sala con un relato que buscaba más aire.
Primero, dijeron que aquello del ‘disclosure’ era una losa imposible, ya que revisar semejante montaña de documentos costaría más que quitar a un presidente del gobierno.
Sostuvieron, además, que este era un pleito con acusaciones de fraude y que, en un caso así, lo propio era un juicio completo.
Es decir, con sus madrugones, sus testigos con amnesia parcial y los sudores fríos en el cogote, porque los asuntos de honradez no se despachan con meros atajos.
Y sobre el frente neoyorquino vinieron a decir que aquello no era, para nada, una traición al pacto, sino una vía natural para cuestiones colaterales que, según ellos, no encajaban del todo en el foro inglés y pelillos a la mar.
¿Qué decidirá al respecto ‘Mr Justice’ Garnham?
Pues la semana que viene lo veremos.
Hasta entonces, mis queridos anglófilos.