Los presidentes, los primeros ministros y los jefes de partido en las democracias modernas comparten la capacidad de facilitar metas colectivas, identificación de grupo e incentivos a los seguidores. Además de todo esto un buen líder debe ser también un gran comunicador.
Así se definía a los jueces y magistrados españoles que administraban justicia antes de 1812 porque esa era su función: oír, escuchar, y emitir sentencia.