Los procesados de Gürtel y black cambian los lujosos restaurantes por el sándwich de la máquina del Juzgado

Los procesados de Gürtel y black cambian los lujosos restaurantes por el sándwich de la máquina del Juzgado

8 / 10 / 2016 12:59

Actualizado el 08 / 10 / 2016 13:03

Del cielo al purgatorio. Del glamour y el gusto por mandar al paseillo y la acusación diaria de «chorizos» en un polígono gris de la periferia madrileña. Una heterogénea procesión de gente que lo fue todo en la España de los últimos años del siglo XX y primeros del XXI se despertó el pasado martes sentada en el banquillo de la sede que la Audiencia Nacional tiene en San Fernando de Henares para celebrar los macrojuicios de la Gürtel y la «black». 

Entre patrullas de abogados y periodistas y los imprescindibles preferentistas que les gritaban desde la calle, allí estaban mezclados amigablemente los Rato, los Spottorno, los Correa, los Blesa, los Bárcenas, los Díaz Ferrán, ‘El Bigotes’ y varias decenas de actores secundarios de las tramas de la Gürtel y las tarjetas ‘black’. De nada les sirve ir acompañados de escoltas como es el caso de Rodrigo Rato que lleva nada menos que cinco.

Desde primera hora de la mañana, un lugar donde el mono azul de trabajo es la prenda más habitual se llena todos los días con los ‘carros’ de alta gama de la mayoría de los enjuiciados, que aparcan en las calles vacías próximas a la sede judicial. Sin embargo, el camino hasta la entrada de la Audiencia, un edificio de hierro negro que curiosamente tiene los mismos siete años que los transcurridos desde que estalló el caso Gürtel, a la mayoría se le ha hecho largo.

Cada jornada, como una rutina, en la acera de enfrente, decenas de cámaras registran como los escasos indignados que han conseguido llegar hasta este punto tan aislado de la Comunidad de Madrid les ‘saludan’ con insultos a gritos. «Chorizos» y «ladrones» son los más moderados. La mayoría de los enjuiciados acelera el paso o pone cara de póquer mientras que otros, como Francisco Correa, que aún conserva una parte de las maneras de antaño, no pueden evitar revolverse. A él y otros procesados se les ha escapado un «tu puta madre» captado por los abundantes medios que graban todos sus gestos.

El exjefe de la Casa Real Rafael Spottorno, acaso recordando tiempos mejores, fue más allá y presentó sus quejas a los agentes de policía encargados de la seguridad del recinto, con nulo resultado.

Los acusados, acostumbrados en sus años de gloria a que se les abriera la puerta de los edificios oficiales con sonrisas y amables saludos, llegan al fin al control de entrada, al resguardo de las miradas de los que permanecen en el exterior. Pero también allí han cambiado las cosas. Deben esperar largas colas para acreditarse y dejar en bandejas de plástico sus pertenencias para pasar el arco de seguridad. A cambio reciben una tarjeta que les identifica como PL: «Procesados en Libertad».

La coincidencia en el mismo lugar de todos ellos ha provocado escenas curiosas. El ex vicepresidente del Gobierno Rato se topó con el extesorero del PP Luis Bárcenas. «¡Hombre, Don Luis!», le saludó con un apretón de manos.

BLESA OLVIDA UN EURO

Su antecesor al frente de Caja Madrid, Miguel Blesa, olvidó un euro en el control de entrada. «Señor, se deja una moneda», le advirtieron a lo que él respondió «dame, dame, que no está la cosa como para…».

Blesa, que según su correspondencia electrónica gustaba catar los mejores vinos y se encaprichó con un simulador de coches de Fórmula 1, saca ahora su almuerzo en una máquina de vending por dos euros. Tuvieron que explicarle, eso sí, el funcionamiento del aparato ya que no atinaba a abrir el portillo para coger su bocadillo.

El expresidente de la caja madrileña disfrutaba cuando ocupaba el cargo de una carta, exclusiva para su uso, con 32 tipos de vino de distintas denominaciones de origen. Vega Sicilia, Château d’Yquem, Ribera del Duero, Rioja y Sauternes, y cuatro tipos de champán, según reflejaron sus emails.

Bárcenas, por su parte, también ha hecho uso de las máquinas, en su caso para sacar refrescos light para él y su esposa, Rosalía Iglesias. El extesorero del PP se muestra muy cuidadoso de cara a las cámaras y evita aparecer junto a su mujer, con la que ni siquiera se reúne en los recesos.

Y es que los acusados de las ‘black’ son más afortunados que los de Gürtel, al menos a la hora de calmar el hambre de media mañana. Una de las abogadas de los acusados por las tarjetas opacas acostumbra a llevar un refrigerio que comparte con sus compañeros letrados y del que también disfrutan los procesados, aprovechando los descansos.

Eso sí, todos ellos, habituados a mullidos y ergonómicos sillones de despacho, se sientan juntos en las incómodas sillas de madera desde donde deben seguir las maratonianas jornadas de sus respectivos juicios. Unos aguantan mejor el tipo que otros, como ‘El Bigotes’ que no ha perdido las ganas de requebrar a las damas y cede caballerosamente el paso en las puertas, acompañando el gesto con un «las señoras, siempre primero».

EL BOLSO DE VUITTON EN LA SILLA DE ANA MATO

Dentro de la sala de vistas también abundan las momentos surrealistas. Los consejeros y altos cargos de Caja Madrid se levantan al unísono cada día para recibir a los tres magistrados que les juzgan, en un gesto de sumisión que resulta algo forzado en directivos acostumbrados a dar órdenes.

En la sala de Gürtel, las dos sillas que debían ocupar la exministra de Sanidad Ana Mato y el representante legal del PP, ambos partícipes a título lucrativo, permanecen vacías. Sin embargo, Gema Matamoros, exmujer del que fuera alcalde de Majadahonda Guillermo Ortega, utiliza una de ellas para dejar su bolso Louis Vuitton.

Naturalmente, los circunstanciales inquilinos del polígono de San Fernando no se acaban de habituar al nuevo paisaje urbano y judicial. Por eso, durante las primeras sesiones, sus abogados han alegado todo tipo de excusas –citas con el neurólogo, el urólogo o enfermedades de todo tipo– para ahorrarles asistir al juicio.

Lo cierto es que, salvo que algunas de estas peticiones prosperen, los cien nuevos moradores del polígono tendrán que irse acostumbrando a su nuevo hábitat: a ras de tierra, muy lejos del skyline de Madrid. (EP)

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