Sergio Ríos, el que fuera chófer de Bárcenas y de su esposa, declarando ante el tribunal que enjuicia la llamada operación Kitchen en la Audiencia Nacional.

El exchófer de Bárcenas y su familia admite que fue el confidente del comisario Villarejo, al que informaba de todo por dinero

24 / 06 / 2026 15:03

Actualizado el 24 / 06 / 2026 15:03

Fue captado en un descampado. Y allí, entre la tierra y la penumbra, un hombre que se hacía llamar «Tomy» le tendió la mano y le ofreció ser sus ojos dentro de la casa de Luis Bárcenas. Solo años después supo Sergio Ríos que aquel «Tomy» era el comisario de la Policía, José Manuel Villarejo.

El que fuera chófer del extesorero del PP se sentó este miércoles en el banquillo de la Audiencia Nacional —décima semana de juicio— y admitió ante el tribunal lo que la Fiscalía Anticorrupción lleva años sosteniendo: que informaba al comisario jubilado sobre los pasos de Rosalía Iglesias, la mujer de Bárcenas. Captado como confidente de la Policía Nacional. Vigilando al jefe desde el asiento del conductor.

La ‘Operación Kitchen’, recordemos, es el presunto operativo parapolicial que el Ministerio del Interior de Mariano Rajoy habría orquestado para arrebatarle a Bárcenas información sensible y, con ella, frenar las pesquisas sobre la caja B del partido.

Espiar al tesorero para tapar al partido. Esa es la tesis acusatoria.

Y Ríos, este miércoles, puso voz al encargo. Le pidieron, dijo, que «no obstaculizara los seguimientos» a Iglesias. Que «facilitara los lugares» a donde la llevaba. Las personas con las que se reunía. Los teléfonos de prepago que pudiera manejar. Las matrículas de los vehículos. Todo.

«Las mismas labores de un conductor, pero simplemente informar como parte de trabajo», lo describió con una naturalidad casi inquietante. La Fiscalía pide para él 12 años de prisión.

Un detective que resultó ser policía

El relato del enganche tiene aristas novelescas. El primero en tantear a Ríos, contó, fue el comisario Enrique García Castaño —para quien la causa se archivó por motivos médicos—. Pero el chófer no se fio: pensó que «era un detective privado» porque «en ningún momento se identificó como policía».

Desconfiado, Ríos tiró de un contacto previo y telefoneó al comisario Andrés Gómez Gordo, hoy también en el banquillo. Este le anunció que iba a presentarle a alguien.

La cita fue el célebre descampado. Allí apareció Villarejo, bajo el alias de «Tomy», que se presentó como «captador de fuentes» y le prometió ser su «controlador» si aceptaba colaborar con la Policía. No dijo que sí a la primera. Fue en la segunda reunión cuando claudicó y aceptó «colaborar con la Policía Nacional».

Villarejo, según su versión, le vendió la figura del «confidente momentáneo»: una pieza dentro del Cuerpo Nacional de Policía pensada «para una única operación».

Y le entregó las herramientas del oficio: teléfonos «ilocalizables», sin Internet, que en argot policial se conocen como «canutos».

Cenas con «personas de aspecto nórdico»

Por esos «canutos» circulaba todo. Cualquier «problema». Cualquier «sospecha» sobre los testaferros. Una reunión.

O —el detalle es suyo— «una cena con personas de aspecto nórdico». El chófer aseguró que se comunicaba con Villarejo al caer la tarde, cada dos o tres días, y que de cuando en cuando se veían en puntos previamente acordados.

¿Y por qué a Villarejo y no a García Castaño? Porque, le explicó el propio «Tomy», la información sobre Bárcenas «había que dársela» a él. El otro «era la parte técnica».

Ríos también relató que el acuerdo era de 2.000 euros al mes en doce pagas.

Tres meses con Gómez Gordo: solo dos coches

Quedaba el capítulo Gómez Gordo, sobre el que Anticorrupción también construye su acusación.

Ríos matizó —y el matiz importa— que con él trató apenas tres meses y por un cometido acotado: «vigilar dos vehículos de gran cilindrada que tenía Bárcenas». Nada más.

Preguntado por la Fiscalía si le pasaba información del extesorero, fue tajante: tenía «prohibido informar de nada de este tipo de investigación con cualquier otra persona que no fuera Villarejo».

El propio chófer cifró su relación con Gómez Gordo en interés personal: «se interesó» por su situación y le daba ánimos.

Pero esos tres meses no son inocentes. Coinciden, exactamente, con el periodo en que Gómez Gordo ejerció de «controlador de la fuente». Es decir: el tramo en que ese comisario relevó a Villarejo en los pagos al confidente.

El comisario Andrés Gómez Gordo fue quien le presentó a Sergio Ríos a Villarejo, que no reveló su verdadera identidad y se presentó como «Tommy». Foto: AN.

El testimonio de Ríos, «el cocinero» en la jerga de la trama, encaja como una pieza más en un puzle que la Audiencia Nacional lleva diez semanas armando. La última palabra, claro, la tendrá el tribunal.

Villarejo le pidió a Gómez Gordo que le presentara a Sergio Ríos

El comisario Andrés Gómez Gordo, que ha declarado hoy también ante el tribunal, también ha reconocido que fue quien presentó a Villarejo al chófer de Bárcenas en el mencionado descampado.

Una vez allí, contó, él se apartó mientras el comisario jubilado hablaba con el chófer —«todo el mundo le llamaba el ‘coci'», precisó—, y después Villarejo le pidió una sola cosa: que no perdiera el contacto con él.

¿Sabía para qué eran aquellas reuniones? Lo negó. Pero acto seguido dejó caer una frase que lo dice casi todo: «Luis Bárcenas era el delincuente número uno y estaban intentando captar a su conductor». Y remató: «No hay que ser muy lumbreras para saber» eso.

Los pagos: «por orden» del DAO y la guerra de comisarios

El capítulo económico fue el más espinoso. Gómez Gordo reconoció que pagó a Ríos, sí, pero «por orden» del entonces director adjunto operativo (DAO) de la Policía, Eugenio Pino.

Y lo enmarcó en un contexto muy concreto: «el momento álgido de la guerra de comisarios», esa lucha intestina entre Marcelino Martín Blas, exjefe de Asuntos Internos, y Villarejo. «Entendí que era por eso. No le pedí ninguna explicación y reconocí en instrucción que le había pagado por orden del DAO».

La mecánica de los pagos, contada por él a preguntas de su abogada, tiene un punto casi de astracanada burocrática.

Habló con Felipe Lacasa, secretario del DAO, que le soltó un revelador «¿quién es este chaval?» en referencia a Ríos. Y ahí Gómez Gordo cree que se delató sin querer: «Yo creo que metí la pata, porque yo creo que llevaba 22 meses pagándole Villarejo y Felipe Lacasa no lo sabía».

Dicho de otro modo: el secretario del DAO ignoraba que llevaban casi dos años abonando al confidente.

Lacasa, según su versión, le explicó el procedimiento: Villarejo «adelanta el dinero y después trae el recibo» para que se lo reembolsen.

Gómez Gordo respondió que él no iba a «adelantar el dinero». Su papel, sostuvo, se limitaba a «firmar un recibí y después entregar» el del conductor. Nada de poner de su bolsillo.

«Si hubiera tenido posibilidad, hubiera aprobado yo para comisario»

El otro frente caliente: el ingreso de Ríos en la Policía, que la acusación considera amañado y la recompensa por sus servicios. Aquí Gómez Gordo fue rotundo. ¿Movió algún hilo para favorecer la selección del chófer? «Absolutamente ninguna».

Y su argumento tuvo su gracia. «Yo al año siguiente me presenté para comisario y me suspendieron y no aprobé hasta un año después. Si hubiera tenido algún tipo de posibilidad, hubiera aprobado yo para comisario».

Es decir: ni para sí mismo tenía padrinos, difícilmente iba a tenerlos para un tercero. Negó cualquier «ascendencia» para conseguirlo, aseguró que ni siquiera sabía «que eso se pudiera conseguir» y rechazó haber conocido de antemano el resultado de las pruebas.

Su autorretrato final fue el de un hombre que solo cumple instrucciones. Presentó al conductor «porque me lo han ordenado». Subió la nota al GATI —el Grupo de Análisis y Tratamiento de la Información— «porque me la han ordenado». E hizo los pagos «porque me lo han ordenado». Tres órdenes, ninguna iniciativa propia. Esa es su defensa. El tribunal decidirá si la compra.

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