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Ignacio Peláez, una buena persona – por Mario Conde

Ignacio Peláez, una buena persona – por Mario Conde
El abogado y exfiscal de la Audiencia Nacional falleció esta madrugada a a los 53 años.
28/9/2017 10:44
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Actualizado: 28/9/2017 11:02
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Esta madrugada ha fallecido mi amigo Ignacio Peláez, ex juez, ex fiscal, abogado en ejercicio. Le conocí hace ya muchos años, con ocasión de mis primeras visitas a la Audiencia Nacional.

Era, entonces, fiscal en ejercicio en dicho tribunal y siempre me mostró una extraña simpatía, aún a pesar de que, como digo, mis visitas a esas dependencias judiciales se debían a mi condición de querellado por el Ministerio Fiscal.

Recuerdo que cuando me ingresaron en prisión Ignacio me envió, como muestra de afecto,—“soy consciente de lo que en verdad sucede contigo”— una colección de música brasileña, a la que, junto con el jazz, era especialmente aficionado.

Siendo ya abogado en ejercicio se ocupó de mi situación penitenciaria y, como él mismo me dijo, tuvo ocasión de comprobar en persona el trato que desde las instancias políticas se me dispensaba, lo que cimentó sólidamente nuestra amistad.

Han transcurrido muchos años desde ese primer encuentro en las dependencias de la Audiencia Nacional.

Tiempo suficiente para comprobar la calidad humana de una persona que en ningún momento renunció a su condición de creyente y miembro activo del Opus Dei.

Por cierto, durante estos años jamás debatimos, discutimos o comentamos materias referidas a la religión, ni nunca me preguntó por mis posiciones en ese campo.

Simplemente, cuando veía que su enfermedad avanzaba y que la ciencia médica carecía de respuesta efectiva, me pidió encarecidamente que rezara por él, enviándome una estampa de alguien a quien tenía devoción.

No albergaba yo demasiada fe en esos rezos —me refiero a su eficacia curativa—, pero no obstante recé y él, sabedor de ese mi sentimiento, me lo agradeció profundamente.

Ha sido fulminante.

En el mes de Julio pasado despachábamos en su despacho ciertos avatares derivados de la situación jurídica en la que me situaron a partir del 11 de Abril del año pasado, momento en el que Ignacio asumió mi defensa.

En agosto residió en Mallorca, tierra en que ejerció durante años en su condición de fiscal, pero, lamentablemente, casi todo el mes su vida se desarrolló en el hospital, recibiendo los consabidos tratamientos de quimio y radioterapia que, lamentablemente, nada pueden hacer cuando las metástasis invaden el esqueleto óseo de un cuerpo humano.

Cuando le vi en septiembre me di cuenta de que la vida que vivía en él era ya residual y que en un breve espacio de tiempo traspasaría el umbral de esta manifestación.

Así ha sido, Fulminante. Una vida sesgada en poco mas de sesenta días.

Inevitable que su enfermedad y su proceso de morir reabrieran en mi las heridas de las muertes que llamo incomprensibles, como la de mi mujer, Lourdes Arroyo, que abandonó esta encarnadura a los 53 años de edad.

Soy perfectamente consciente de que no debemos formularnos preguntas que sabemos carentes de respuestas, que la Lógica divina o cósmica o cosmológica, como mejor prefiera cada uno, es inalcanzable para la lógica humana.

Lo sé, soy, como digo, consciente de ello, pero la conciencia de la no respuesta no impide que me asalten dudas que golpean el interior cuando la muerte de un ser querido se presenta en la plenitud de una vida, provocando el dolor que genera tener que preguntarse ¿qué sentido tiene todo esto?

Y es que fuera de la fe solo vive el sinsentido del vivir para morir al albur de los caprichos de la biología humana.

Vivir para soportar el dolor de las muertes incomprensibles….

Ignacio era conocedor de que su enfermedad no tenía cura. Pero afrontó el morir con la fuerza que te proporciona la creencia en un Ser Superior.

Ignacio era católico practicante y él mismo me dijo:” Mario, esto no va bien; yo soy creyente y voy a luchar, consciente de lo que tengo dentro de mí”.

Su lucha —estoy seguro— no era tanto plantear una pelea al morir biológico, sino sentir en cada momento en el que los pasos de la muerte le conducían al final, que su fe no se tambaleaba a pesar de que resultaba inevitable preguntarse ¿por qué?

Le visité casi a diario en el hospital y pude comprobar que, en medio de una conciencia inevitablemente debilitada por el suministro de calmantes del horrible dolor de los tumores óseos, sus íntimos deseos eran de conseguir ciertas cotas de eso que llaman la justicia humana.

Quería —esto sí— disponer de vida para poder denunciar situaciones y personas que él consideraba hacían abuso intolerable de las funciones y potestades que en ellos depositó la comunidad en lo que se califica —con mayor o menor rigor— de Estado de Derecho.

Me emocionaba ver que incluso en ese estado sentía verdadera obsesión por restaurar los daños que ciertas personas y conductas causaban desde sus plataformas de poder.

No ha podido ser, al menos no en esta dimensión.

Otra cosa es lo que suceda cuando alcance plenamente su nuevo vivir en el plano llamado eterno.

No sé, siento el dolor de la pérdida de un amigo en una edad cronológica en la que teóricamente la vida se manifiesta en plenitud.

Pero admitamos que una cosa es la “edad cronológica” y otra la “edad biológica”, porque esta última es la que, al margen del tiempo cronológico, determina el tiempo biológico real.

En fin, que nuevamente renace la inevitable pregunta de qué somos en realidad los seres humanos cuando nos enfrentamos a los incomprensibles designios del nacer para morir.

Buena persona, Ignacio.

Muy buen corazón.

Lo de menos es que su indudable calidad jurídica —juez, fiscal, abogado— resultaba incontestable.

Lo que verdaderamente nos unió fue su enorme calidad humana.

En un mundo en el que lo perverso, lo arbitrario, lo indecente, abunda mas allá de lo que la salud espiritual de una comunidad requeriría, una persona como Ignacio permitía seguir creyendo en la especie humana.

Pero, claro, lo malo, lo peor, lo terriblemente doloroso es que esas personas siempre tienen que darnos su testimonio de la manera mas lacerante: con su muerte temprana

Descanse en paz.

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