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Cartas desde Londres: Los Diez Mandamientos del contrainterrogatorio, según Irving Younger (I)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: Los Diez Mandamientos del contrainterrogatorio, según Irving Younger (I)
El profesor estadounidense Irving Younger hizo del contrainterrogar un arte que plasmó, para sus alumnos en "diez mandamientos", como bien explica el columnista Josep Gálvez en esta primera entrega.
05/10/2021 06:48
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Actualizado: 05/10/2021 06:48
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Pocas cosas hay tan yanquis como un McDonald’s, el Monte Rushmore o Irving Younger.

Aunque algo menos conocido en este lado del Atlántico, Younger fue una auténtica leyenda de los tribunales norteamericanos del siglo XX.

En efecto, era un litigador extremadamente dinámico, cuya reputación en los tribunales le precedía allá donde iba. En su larga trayectoria profesional, se encargó de numerosos pleitos de gran repercusión en la época.

Por ejemplo, el caso del cantante de folk Pete Seeger por desacato al Congreso durante la era McCarthy al negarse a responder a preguntas sobre sobre sus presuntos vínculos con el Partido Comunista.

Younger era sobre todo conocido por su asombrosa habilidad frente a un jurado mediante el uso de un agudo ingenio y cierta propensión a la teatralidad, y sobre todo, por su excepcional capacidad para desmontar a cualquier testigo con tan sólo unas pocas preguntas preparadas cuidadosamente con antelación.

Es raro que Netflix no le haya hecho dedicado aún una película o una serie, pero si buscan en internet sobre Younger, encontrarán a un sinfín admiradores de este abogado, exjuez y, sobre todo, profesor de técnicas procesales (“Trial Techniques”) en la Universidades de Cornell o Minnesota.

Sus lecciones siguen siendo hoy objeto de veneración por generaciones enteras de litigadores.

En la difusión de su figura, es remarcable el papel que ha tenido la “American Bar Association” ya que consiguió recuperar prácticamente la totalidad de las clases impartidas por Irving Younger a partir de la transcripción de sus grabaciones en casete.

De hecho, incluso, tenemos por “youtube” algún famoso vídeo de sus clases en la cima de una montaña en Colorado que, por cierto, se ha venido proyectando durante más de medio siglo en las universidades de Estados Unidos y de todo el mundo.

Con su carácter ágil y expositivo, Younger contemplaba el litigio desde su ejercicio práctico, evitando los rollazos y la indigesta teoría universitaria, destacando sus célebres técnicas de oratoria y persuasión ante los tribunales, sobre cómo encarar la declaración de peritos y testigos o los mejores criterios para la selección de un jurado, entre otros.

Hoy nos vamos a centrar en una de sus más recordadas lecciones, los famosos “Diez Mandamientos del Contrainterrogatorio (“The Ten Commandments Of Cross Examination”), una insuperable guía para salir airosos del interrogatorio del testigo contrario.

Younger tenía un don especial para contrainterrogar a acusados y a testigos.

UNA GUÍA PARA EVITAR NAUFRAGAR EN EL CONTRAINTERROGATORIO

Aunque, como él mismo confesaba, “en realidad, no se trata de diez mandamientos, sino tan sólo de seis o siete, que explico con diferentes palabras para que lleguen hasta diez, porque ese número tiene un enorme encanto literario”.

Younger advertía en su lección que estas sugerencias no le convertían a uno automáticamente en un interrogador brillante, “pero al menos no se avergonzará de sí mismo”, de tal manera que “no se convierta usted en un bufón ante el tribunal”.

En efecto, lo que buscaba Younger era que cada uno de los alumnos, como futuros abogados, fueran “al menos, razonablemente efectivos”, motivo por el cual -con su ironía característica- consideraba que no eran simples sugerencias, sino auténticos mandamientos que deben cumplirse en la sala de vistas.

De tal manera, si hay uno sólo de los mandamientos que no se cumple, lo lamentaremos, ya que “el castigo será inmediato”.

Por último, el profesor advertía que, por la propia naturaleza humana, al interrogar nos sentiremos inevitablemente tentados en quebrantar alguna de esas reglas, por lo que tendremos que hacer un importante esfuerzo para cumplir con todos los “mandamientos”.

Por este motivo, aunque son fáciles de recordar, advertía Younger, “serán necesarios al menos veinticinco juicios de experiencia para que puedan usar estas reglas correctamente”.

Vamos a ello.

PRIMER MANDAMIENTO: SÉ BREVE

Un clásico y una auténtica maldición bíblica para los abogados que gustan de escucharse a sí mismos o de intentar ganar los combates por K.O. mental.

Para Younger, el primer mandamiento a cumplir es ser lo más breve y conciso posible, de tal manera que nuestro interrogatorio “debe parecerse a la incursión de un comando en las líneas enemigas y no a la invasión de Normandía”.

Así, por ejemplo, al valorar la credibilidad de un testigo, recomienda “no usar nunca más de tres puntos. Incluso dos serán mejor que tres. Y si es solamente uno, mejor aún”.

De esta manera, “Todos recordarán lo que dijo. Y recuerde que para persuadir a un juez, este primero tiene que acordarse, por lo que, de ser así, ya tendremos medio camino hecho.”

Para ello, Younger aludía a esta simpática imagen: “cuando miro al jurado [o al juez] me imagino que tienen en su cabeza una pequeña taza de café.

Y esa taza se va llenando con la información del interrogatorio.

Pero al ser pequeña se llena muy pronto y, cuando está a rebosar, todo lo que intentemos llenarla después será absolutamente en vano.”

Y advierte, “es incluso peor, porque si seguimos llenándola entonces se saldrá por todos lados y lo manchará todo y entonces ya no recordará nada”.

Por este motivo sentenciaba: “De un interrogatorio de noventa minutos no se recuerda nada, pero de uno de dos minutos, lo recordará todo”.

SEGUNDO MANDAMIENTO: PREGUNTAS CORTAS Y PALABRAS SENCILLAS

Íntimamente relacionado con lo anterior es precisamente evitar las frases largas y complejas, así como el uso de términos excesivamente técnicos o farragosos.

Para Younger, ante el tribunal hay que hacer exactamente lo contrario que se enseña en la Universidad, es decir, evitar la “palabrería de abogados” a toda costa.

Si esto lo decía Younger en los años 60 del siglo pasado, no quiero ni decirles cómo escribe el alumnado universitario de hoy día, abducido por las pantallas y que raramente habrán abierto un libro en su joven vida.

En fin, volvamos con Younger que me pierdo.

Decía el profesor que “siempre hay varios sinónimos para cada palabra, por lo que debemos escoger aquellos que sean más cortos y sencillos que, en el caso del inglés, suelen tener un origen germánico, al contrario de las palabras derivadas el latín, que suelen ser más complejas.”

A modo de ejemplo, contaba la siguiente anécdota:

 “Durante cinco años he presidido un tribunal en la ciudad de Nueva York en centenares de casos sobre accidentes de automóvil, puede incluso que llegue al millar de asuntos.

Pues bien, en en ninguno de estos casos, ni uno solo de los abogados que intervinieron usó la palabra coche (“car”).

Siempre usaban “vehículo a motor, o automóvil” (“motor vehicle”)

De tal manera que durante todos esos años ningún abogado preguntó al testigo simplemente: ¿Conducía usted su coche?

Todos decían algo como:

¿Y qué hizo usted entonces en relación al manejo y control de su automóvil?”

En fin, aún nos quedan mandamientos, pero esto será la semana que viene.

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