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Cartas desde Londres: La fotografía prohibida de los tribunales de Inglaterra y Gales (y II)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: La fotografía prohibida de los tribunales de Inglaterra y Gales (y II)
La foto encontrada tiene un gran valor histórico porque marca el momento en el que el juez, en Inglaterra, dictaba in voce la pena de muerte. Josep Gálvez lo cuenta con todo lujo de detalle en esta columna.
13/9/2022 06:49
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Actualizado: 13/9/2022 14:48
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Y ahí seguía la enigmática foto del juez Sir Horace Avory en ese recorte surgido de la nada.

Aunque ya sabíamos algo más: que Avory antes que juez fue un ‘barrister’ prestigioso y temido por sus ácidas actuaciones en sala. Un auténtico tormento para manguis, chorizos de cuello blanco y cualquier otro amigo de lo ajeno que se le pusiera a tiro.

Ademas, las memorias de F. W. Ashley cuentan que, cuando Avory alcanzó la condición de “King’s Counsel’ (‘KC’), su lugar estaba ahora en la primera fila ante tribunal, donde únicamente se sientan los “silks”, es decir los prestigiosos abogados con toga de seda, con los juniors detrás para asistirle en todo lo que fuera necesario.

De hecho, era tanto el éxito y el reconocimiento que se convirtió en un absoluto asiduo de las salas de prácticamente todos los tribunales de Inglaterra y Gales.

Nos lo dice su ‘clerk’ Ashley en “Mis sesenta años en el Derecho”(‘My Sixty year in the Law’):

“Ningún ‘barrister’ puede haber superado la experiencia de Horace Avory en los tribunales de justicia. Nunca he contado el número de diferentes tribunales que hay en el país, pero no puedo recordar ninguno en el que no compareciera. Tribunales de policía, tribunales de condado, de instrucción, cortes marciales, arbitrajes, y cada rama de la ‘High Court’, desde la Cámara de los Lores hasta el juez de la primera instancia. Avory intervino ante todos ellos durante sus treinta y cinco años en el Bar”.

La cuestión es que, dados los honorarios crecientes que Avory requería por sus servicios, sus actuaciones fueron pasando de los asuntos penales al ámbito civil y mercantil, mucho mejor pagados y donde las discusiones jurídicas llegaban a ser bizantinas como en el célebre “Caso de la Mantequilla batida con leche”.

EL CASO DE LA MANTEQUILLA BATIDA CON LECHE

El caso en el que intervino Avory es aparentemente sencillo pero tiene su aquél.

A principios del siglo XX, una importante empresa de productos lácteos alcanzó cierto éxito de ventas en el país con la importación de mantequilla congelada de Nueva Zelanda. Al llegar al Reino Unido, la volvían a batir con leche inglesa y se ponía en el mercado británico.

La cuestión es que, como era buena, sabrosa y nutritiva pero, sobre todo, muy barata en comparación con la mantequilla local, pronto despertó la oposición de los comerciantes rivales, que se pusieron de acuerdo en fastidiar el invento.

¿Y cómo lo hicieron?

Pues como ustedes se imaginarán, en los tribunales y con la ayuda inestimable de Horace Avory KC.

En la reclamación, Avory alegaba que el rebatido con leche hacía que la mantequilla estuviera muy húmeda, casi líquida, lo que suponía que no pudiera denominarse a ese producto propiamente como “mantequilla” que, por el contrario, mantiene a temperatura ambiente una textura mucho más seca.

Por lo tanto, a juicio de Avory, esa mezcla húmeda de leche y mantequilla no era el producto solicitado por el cliente cuando pedía mantequilla en la tienda, alegándose por ello las correspondientes infracciones regulatorias del sector lácteo, fraude a los consumidores y demás músicas al uso que ya se imaginarán.

La cuestión es que los ‘solicitors’ de estos productores presentaron las demandas contra la compañía por toda Inglaterra y Gales, produciéndose numerosas citaciones y audiencias en los tribunales en las que siempre comparecía Horace Avory, acabando habitualmente con una sentencia condenado a la díscola empresa de mantequilla batida.

De hecho, fueron tantos y tantos los casos presentados,  que acabaron en numerosas apelaciones ante la ‘High Court’ de Londres, de tal manera cada vez que veía a Avory levantarse para efectuar las alegaciones ante sus señorías, el ‘Lord Chief Justice’ solía decir en voz alta y muy cristiana resignación:

“¿Otra vez la mantequilla, señor Avory?” (‘Butter again, Mr. Avory?’).

Pero, ay las divertidas anécdotas cambiarían de tono completamente con el nombramiento de este excelente ‘barrister’ a juez, como veremos a continuación.

EL FLAMANTE ‘MR JUSTICE AVORY’

Pues sí, tras recibir la correspondiente propuesta y con cincuenta y nueve tacos, el brillante ‘KC’, Horace Avory fue nombrado finalmente juez el día 12 de octubre de 1910, justo cuando se abrió el  año nuevo judicial en Inglaterra y Gales.

A partir de entonces dejaría de ser Horace Avory KC para ser sería conocido como ‘Mr Justice Avory’, el Sr. Juez Avory

Debido a su larga experiencia como ‘barrister’ y su agudeza mental, Avory encajó como un guante en el cargo judicial nada menos que en la ‘King’s Bench Division’.

Poca broma.

Desde sus primeros días en la abogacía fue muy metódico en su trabajo, y llevó esa virtud consigo a los tribunales. Al abrir un caso ante un jurado, cuando era ‘barrister’, y al resumirlo ante un jurado, cuando era juez, se esforzaba por mantener el orden cronológico de los acontecimientos y así evitar esos enredos y problemas innecesarios que nacen de la confusión de fechas

De su etapa por la judicatura, nos deja un extracto nuevamente su clerk, F.W. Ashley, dando buena cuenta de su personalidad recta y analítica :

“Sé que a menudo se sentó [en el tribunal] cuando hubiera sido más prudente permanecer en la cama, pero su férrea voluntad le llevó a través de las dificultades de la mala salud, así como su inagotable paciencia encontró un camino a través de cada laberinto legal.

Desde sus primeros días en la abogacía fue muy metódico en su trabajo, y llevó esa virtud consigo a los tribunales. Al abrir un caso ante un jurado, cuando era ‘barrister’, y al resumirlo ante un jurado, cuando era juez, se esforzaba por mantener el orden cronológico de los acontecimientos y así evitar esos enredos y problemas innecesarios que nacen de la confusión de fechas.

Diría que su mayor virtud era la lucidez, y tanto como ‘barrister’ como juez se esforzaba por dejar los puntos vitales tan claros para el jurado como para él mismo.

No obstante, a pesar de la imagen de duro que tuvo durante su etapa como juez en los tribunales penales, lo cierto es que ‘Mr Justice Avory’ y para su tiempo, solía ser bastante indulgente con los delincuentes “primerizos”.

 Aunque no era para nada amigo de las sentencias sin contenido punitivo efectivo, ya que según él, “comportaría fomentar el mal comportamiento”, llevando precisamente al delincuente a ser multirreincidente

De igual manera, Avory también criticaba duramente las comodidades que se permitían a los presos ya que pensaba que la cárcel debía ser un lugar de castigo, y “no el agradable hogar en que se ha convertido para los viejos reclusos”.

Ya ven que no se trata de cuestiones pasadas de moda precisamente.

Pero vayamos ya con el caso enjuiciado por Mr Justice Avory que llevó a la famosa y excepcional foto, el asesinato de Irene Wilkins hace casi ciento un años

EL CASO DE IRENE WILKINS

El asunto fue de la siguiente manera: el día 22 de septiembre de 1921, la joven Irene May Wilkins publicó un anuncio en el periódico londinense ‘Morning Post’, donde se ofrecía como cocinera para escuelas y centros educativos.

Para su sorpresa, ese mismo día Irene recibió un telegrama en el que se le pedía que acudiera de inmediato a una dirección en Bournemouth, en el condado de Dorset, una ciudad ubicada en la costa sur de Inglaterra ya que, según decía la carta, les urgía cubrir esa vacante.

Y así, contenta por haber recibido respuesta tan rápidamente, Irene May Wilkins tomó inmediatamente el tren de la tarde a esa bella ciudad costera ignorando que no volvería con vida.

En efecto, al día siguiente encontraron su cuerpo sin vida en un campo a las afueras de Bournemouth.

La habían matado golpeándola en la cabeza varias veces con un objeto contundente y aunque el caso parecía carecer de motivación sexual, ya que no había sido violada, no se descartaron motivaciones de esta índole en el asesinato de la joven cocinera.

Según arrojaron las investigaciones, en una carretera cercana al lugar donde fue descubierto el cuerpo había huellas de neumáticos “Dunlop Magnum”, nada habituales en aquella época.

La pena a imponer en aquella época solamente podía ser una: la muerte por ahorcamiento y así, Allaway fue ahorcado en la prisión de Winchester el 19 de agosto de 1922

Así que la policía  interrogó a todos los conductores y chóferes de la zona hasta dar con un chófer de 36 años y antiguo soldado en la Primera Guerra Mundial, llamado Thomas Allaway, quien precisamente conducía un coche Mercedes con tres neumáticos Dunlop Magnum y otro de la marca Michelin.

Mientras seguían las investigaciones, Allaway desapareció del mapa hasta que fue nuevamente detenido cuatro meses después, cuando intentaba cobrar unos cheques falsos.

Cuando se le registró, en sus bolsillos, el tipo llevaba unos boletos de apuestas escritos a mano con una letra que coincidía con la del telegrama que fue enviado a Irene Wilkins.

Por si no fuera suficiente, entre otras pruebas, los análisis caligráficos señalaron a Alloway como el autor de los telegramas y además fue identificado por un empleado de Correos como el autor de los telegramas.

Estaba claro que Allaway tenía todos los números de la tómbola.

Y así fue cuando, tras un juicio presidido por Mr Justice Avory, el jurado condenó a Allaway por el asesinato de Irene Wilkins.

La pena a imponer en aquella época solamente podía ser una: la muerte por ahorcamiento y así, Allaway fue ahorcado en la prisión de Winchester el 19 de agosto de 1922.

LA FOTO PROHIBIDA DE UN JUEZ EN EL MOMENTO DE SENTENCIAR A MUERTE

Pues precisamente eso es lo que recoge la excepcional fotografía escondida entre las hojas del libro: el momento en que Mr Justice Avory lleva el famoso “birrete negro” (‘black cap’) para dictar in voce’ la sentencia de muerte contra Thomas Allaway por el asesinato de Irene May Wilkins.

Un instante extremadamente solemne y que nunca había sido mostrado, ya que en los tribunales británicos estaba prohibido obtener una imagen del juez llevando el birrete negro, tradicionalmente el símbolo de la perdición de un condenado a muerte.

Por cierto, pena vigente en Inglaterra y Gales hasta la Ley de asesinato (abolición de la pena de muerte) de 1965 (‘Murder (Abolition of Death Penalty) Act 1965’).

Así, aunque no había obligación de usarlo, al ponérselo el juez hacía saber inmediatamente al reo y a todos los presentes en la sala que el destino del preso estaba resuelto con la pena de soga.

Un momento terrible que fue inmortalizado por esa fotografía única, irrepetible.

La foto tiene un gran valor histórico, tal como explica Josep Gálvez.

Como curiosidad y a pesar de su nombre, el ‘black cap’ no es propiamente un gorro sino más bien un pañuelo de tela y con la carga simbólica del color negro, el color tradicional de la muerte y el luto, así como para significar que el juez es humilde ante Dios, que tiene el único poder real sobre la vida y la muerte.

De esta manera, en el momento de sentenciar a muerte, el juez se colocaba el pañuelo encima de la peluca, siempre con una de las cuatro esquinas de la tela hacia delante, como podemos ver en la famosa fotografía.

Por eso y si por alguna extraña razón, tienen ustedes una pesadilla en la que se encuentran en un tribunal inglés sobre todo fíjense bien si el juez lleva o no el famoso black cap.

Hasta la semana que viene.

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