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Reflexiones a toro pasado sobre la Junta Extraordinaria del ICAM que aprobó la adquisición de Serrano 9

Reflexiones a toro pasado sobre la Junta Extraordinaria del ICAM que aprobó la adquisición de Serrano 9
Miguel Durán, presidente de la Asociación Libertad y Ley, expone en esta columna sus reflexiones tras la Junta Extraordinaria del ICAM de la pasada semana en la que aprobó la compra de la parte de Serrano 9 que es propiedad de la Mutualidad de la Abogacía. La foto fue tomada durante su intervención. Foto: Confilegal.
24/7/2023 06:30
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Actualizado: 24/7/2023 11:43
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El pasado jueves, 20 de julio, tuvo lugar la sesión de Junta Extraordinaria del ICAM, cuyo motivo único de celebración consistía en que bendijéramos la compra por nuestro Colegio profesional de los restos inmobiliarios que la Mutualidad de la Abogacía posee en la c/ Serrano, anexables a nuestro edificio colegial.

Las condiciones de la compra no son al parecer, en sí mismas consideradas, ni desventajosas ni perjudiciales para el ICAM; más aún, parecerían, al contrario, patrimonialmente perjudiciales para la Mutualidad.

Fue presentada esta operación inmobiliaria por el Decano y por su Junta como, no ya la operación del siglo, sino como la más importante en la ya más que cuatricentenaria historia de nuestra Institución (sic dixit Eugenius).

¿Hay quien dé más? Pero al margen de hipérboles que no se justifican ni por la condición de gaditano de nuestro Decano (que me perdonen los gaditanos que no se sientan aludidos), lo cierto y verdad es que, a lo largo de aquella bronca sesión, se pusieron de manifiesto notables defectos de la operación jurídico-inmobiliaria en sí: desde claros vicios en la adopción de acuerdos en origen por parte de la Junta de Gobierno para aprobar la operación (que el secretario de la Junta, nuestro apreciado y dilecto Nacho Monedero intentó justificar con el precario argumento de que cualquier defecto o vicio de origen quedaría luego validado por la ulterior aprobación de la Junta Extraordinaria), hasta la injustificable ausencia de algún alto representante de la Mutualidad que supiera, quisiera y pudiera explicar el porqué de esa operación, en cuánto beneficiaría la misma a la Mutualidad, o si -como parecía- el ICAM actuaba como depredador oportunista.

Sería muy extenso este artículo si yo quisiera desgranar aquí las muchas y buenas razones que se adujeron por parte de muchos intervinientes y que hubieran justificado que el Decano y su Junta, por pura «vergüenza torera», por una elemental vergüenza política, hubieran debido retirar, sanar de vicios, informar mucho más exhaustivamente y, en suma, limpiar de sospechas, para presentarla después para su correcta aprobación.

Pero no fue así: “mantenella y no enmendalla” es la misión, aunque se hunda el mundo, -o aunque se deteriore la Mutualidad-, ¡que aquí, lo que importa es saber quién manda!.

Tampoco explicó el Decano ni nadie de su Junta el porqué, si ésta es la más importante operación de la historia del ICAM, no formó parte explícita de su programa electoral; y ello da pábulo a sospechar que, como quedó bastante de manifiesto en la sesión, todo esto es un invento ex novo que no sabemos a qué reales e inconfesados intereses responde.

Como a mí no me duelen prendas y no necesito aclarar las -algunas hay- importantes cosas que me separan ideológicamente de la Asociación ALA, no tengo, sin embargo, empacho alguno en reconocer que se trata de un ejército bien organizado, que tiene tiempo, militantes y recursos para currarse mucho las juntas y plantear bastantes cuestiones con rigor y con coherencia.

Por eso, quizá, tiene más mérito aún que mi Candidatura tuviera más votos que ellos en las pasadas elecciones; pero les reitero aquí los respetos que les manifesté en la sesión misma de la Junta.

¡Ójala que algún día dejen de perseguir la desaparición del ICAM!, porque ahí, seguramente, podría haber muchas más líneas de colaboración de las que hay ahora.

EL RODILLO DEL VOTO DELEGADO

Algún colega me informó de la pila de votos delegados que traía la Junta de Gobierno, y aun algún ex miembro de ella -como el ex Decano reciente- en materia de esa guillotina de la Democracia y de la real participación, que es la figura del voto delegado.

Cuando me percaté de la inmensa chapuza jurídica que se estaba perpetrando y de que, pese a ello, sería luego convalidada por el “rodillo del voto delegado”, no tuve más remedio que denunciarlo allí mismo y, luego, ausentarme a fin de que, ni siquiera con mi modesta presencia, pudiera entenderse que participo en esta mascarada.

Sólo tengo que remitirme al resultado de la aprobación: creo que 939 en contra (también con algunos votos delegados) y 3.140 a favor.

Así, el Decano consigue casi tantos pocos votos como los que le han llevado (por el momento) al Decanato, aunque, ciertamente, si hubieran valido sólo los votos presenciales, habría perdido la votación.

Como quiero hablar un poco de la Mutualidad, no deseo incidir más en lo del voto delegado -que ya habrá tiempo de hacerlo en próximas ocasiones-; pero sí diré que tengo pruebas de que el Decano y la actual Junta Directiva usan los recursos humanos y materiales del ICAM para allegarse las miles de delegaciones de voto con que luego aplastan la participación en las Juntas.

En mi modesta opinión, quien así actúa no puede llamarse, en una Institución colegial como la nuestra, verdaderamente demócrata; es otra cosa, un detentador del poder que tiene miedo a enfrentar la verdadera opinión de sus representados. Pero esto no va a cambiar hasta que el clamor de todos ponga coto a esta sinrazón democrática.

LA MUTUALIDAD Y SU FUTURO

¡Perdón por el ejemplo que me afecta!: en marzo de 1991, produje, con mi Equipo de Dirección de la ONCE, la integración de nuestro Colectivo(el que pertenecía a nuestra denominada Caja de Previsión Social, en el Sistema General de la Seguridad Social.

Aquella Caja de Previsión Social era una especie de Mutualidad (con el agravante incluso de que sus miembros no cotizaban) que proveía de pensiones muy razonables a nuestros pensionistas.

La ONCE de aquel tiempo era una Institución que ingresaba más de mil millones de pesetas cada día de la semana, más de siete mil millones de pesetas semanales. Podía permitirse hacer frente al pago de las pensiones del colectivo de trabajadores que no se hallaba adscrito al Régimen General de la Seguridad Social; pero, sin necesidad de grandes estudios actuariales, sabíamos que aquella Caja de Previsión Social, aquel sistema interno y exclusivo de pensiones era «la piedra de molino que nuestra Entidad llevaba al cuello» y que, por tanto, o negociábamos con el gobierno su asunción por parte del Sistema de Previsión Social universal para todos los ciudadanos, o esa piedra de molino acabaría por hundir a la propia ONCE, terminaría por hacer quebrar a nuestra Institución.

Y con bastante habilidad por nuestra parte, con una buena negociación que desarrollamos con el Gobierno de Felipe González, acabamos firmando un acuerdo muy importante con aquel Gobierno el 15 de marzo de 1991, traducido luego en el RD 358/1991 (para quien quiera consultarlo).

La historia de la Mutualidad, hasta donde yo sé (que me parece que no es mucho menos de lo que sabe el común de los mutualistas) está plagada de tumbos y tropiezos, cuyo resultado actual puede concretarse en: el percibo de pensiones de miseria por parte de los mutualistas, y en unas atenciones sanitarias ciertamente paupérrimas.

Parece ser que las promesas que hubo cuando se pasó del sistema de capitalización colectiva al de capitalización individualizada, hace ya más de tres lustros, consistieron en hacerles a los mutualistas simulaciones financieras que les auguraban unas pensiones de más de mil doscientos euros, (en aquellos tiempos, dibujar unos horizontes así resultaba evidentemente muy atractivo, porque mil doscientos euros de entonces no son los de ahora).

Pero, en la actualidad, se les dice que los mercados no han respondido adecuadamente a aquellas simulaciones; que los tipos de retribución de los fondos están por debajo de las previsiones; e, incluso, que son los mutualistas los que tienen la culpa por no haber cotizado más.

Esto se les dice desde la Dirección de la Mutualidad, mientras que los miembros de los órganos de la Entidad se suben sus retribuciones por encima del veinte por ciento en muchos casos.

Es evidente que si lo que queremos para nuestros compañeros mutualistas es un futuro mejor, unas mayores coberturas, eso no pasa por mantener el “statu quo” de la Mutualidad.

Se vive muy bien dirigiendo una Entidad en la que, como poco, el sesenta por ciento de los ingresos que los mutualistas hacen se halla cautivo y prisionero de quienes dirigen la Entidad. Pero ¡cuidado, porque torres más altas han caído y son luego pasto de los Magistrados de la Audiencia nacional!

Más valiera que, más pronto que tarde, esos dirigentes se pongan las pilas y empiecen a arreglar (si es que aún están a tiempo) los graves problemas que la Mutualidad padece; o, al menos, a dar la cara y proyectar luces suficientes sobre tanta opacidad de la que se quejan nuestros compañeros.

Y más valiera, querido Decano, que, asumiendo bien y fielmente las responsabilidades que la Junta Directiva que presides tiene al respecto, empezaras -o mejor dicho- dejaras de estar de perfil en relación a este problemón, porque la realidad de los mutualistas nos afecta -aunque sea de forma indirecta- a todos, también a quienes estamos en el RETA.

¡Mira que el que avisa no es traidor!, y ésta mía no es una advertencia “pro tempore”.

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