La foto de ayer en la Casa Blanca, con Volodímir Zelenski flanqueado por una procesión de líderes europeos ante Donald Trump, condensa un malestar que ya no cabe disimular: la coalición que durante dos años y medio abrazó sin fisuras el guión de Washington —primero bajo Biden y ahora en una versión imprevisible— necesita explicar a sus ciudadanos por qué tras tanto gasto, sanciones y grandilocuencia se prepara al parecer para un viraje que, en los hechos, normaliza las ganancias territoriales de Rusia.
El mensaje que se filtró desde el Despacho Oval fue diáfano: para un eventual acuerdo “no hace falta” un alto el fuego previo, y conviene que Kyiv considere concesiones sobre Donbás o, de facto, sobre Crimea. Zelenski defendió “garantías de seguridad” robustas; Trump habló de una presencia “tipo OTAN” y de un posible encuentro trilateral con Putin.
Hasta el uniforme de Zelenski cambió: del verde de trinchera a la chaqueta negra; quizá porque su trabajo pronto pase del frente al tablero. La música suena a paz cercana (aunque en estas cosas lo más cercano… suele quedarse lejos); la letra, en cambio, implica tragar sapos.
CÓMO ESTÁN LAS COSAS
Conviene recordar los números antes de cantar victoria.
Rusia controla cerca de una quinta parte del territorio ucraniano —en torno al 19%— y ha explicitado pretensiones adicionales sobre el resto de Donetsk. Esto no es un rumor de pasillo: lo certifican mapas abiertos y los propios mensajes tras la cumbre de Alaska entre Trump y Putin, en la que el ruso reiteró sus exigencias territoriales como premisa de cualquier acuerdo.
Si la negociación arranca desde ahí, el “paso atrás” que los europeos no quieren nombrar se vuelve el punto de partida, no la línea roja.
Europa llega a Washington con la pose del “frente unido”, pero con la conciencia de que su narrativa hace agua.
Durante meses, el discurso fue binario: esta era una guerra existencial por el orden europeo que había que ganar, Rusia no podía prevalecer. Hoy, en cambio, se cocina pedir a los mismos contribuyentes que asuman una transición desde la épica a la contabilidad: aceptar que el mapa no volverá pronto (o posiblemente nunca) a 2021 y comprometerse, además, a financiar una seguridad “reforzada” en el resto de Ucrania.
El dilema es incómodo, porque exhibe la ausencia de un final de juego propio. Europa siguió el liderazgo estadounidense con notable docilidad; cuando vaciló la brújula de Washington, emergió el vacío estratégico.
LO QUE COSTARÁ LA RECONSTRUCCIÓN DE UCRANIA
No se trata sólo de política simbólica. La reconstrucción y la recuperación del país demandarán, según la evaluación conjunta del Gobierno de Ucrania, el Banco Mundial, la Comisión Europea y la ONU, del orden de 524.000 millones de dólares en la próxima década.
Ese monto convive con la exigencia de ofrecer garantías a Ucrania hasta los dientes —y garantías significa defensa aérea, munición, mando y control, ingeniería— si realmente se quiere que cualquier “paz” no sea apenas una pausa operativa para Moscú.
Traducido: menos aplauso y más chequera sostenida en el tiempo.
¿Están las capitales europeas preparadas para financiar a la vez la reconstrucción civil y un andamiaje militar creíble al este del Dniéper? La respuesta honesta, más allá de las declaraciones grandilocuentes, está por ver.
«La paz que valga algo será cara, no solo en cemento sino en hierro y silicio, y exigirá al contribuyente europeo una sinceridad que nadie ha practicado: esto costará más que la guerra en curso, porque asegurar la paz en territorio ucraniano —si llega— es un compromiso de décadas, no de titulares».
Quien pretenda vender esto como una recta final gloriosa subestima la memoria del elector europeo.
La Unión presumió —con razón— de un esfuerzo gigantesco: más de 200.000 millones de dólares comprometidos en distintas partidas y, desde 2025, un despliegue en compras de armamento que por primera vez superó al estadounidense en ciertos tramos.
Sin embargo, la aritmética política es cruel: si el resultado visible es un statu quo que blinda lo ocupado y desplaza el esfuerzo a “garantías de seguridad” abiertas, el ciudadano concluirá que, tras seguir a Biden en la escalada, ahora toca seguir a Trump en la marcha atrás.
Y el seguidismo, sea del presidente A o del presidente B, es una mala política exterior para un continente que se pretende mayor de edad.
El argumento alternativo —el único que preserva la credibilidad europea— tendría que ser más honesto, más austero en la épica y más preciso en los costos.
LO QUE DEBERÍA RECONOCER EUROPA
Primero: reconocer que el objetivo realista nunca fue “derrotar” a Rusia sino elevar el precio de su agresión, ganar tiempo para reforzar a Ucrania y a la propia Europa, y llegar a una mesa con mejores cartas.
Segundo: admitir que la ventana para esa mejora se cerró en parte por errores propios —fragmentación industrial, lentitud en munición, dependencia tecnológica— y por la volatilidad estadounidense.
Tercero: comprometerse, por fin, con un paquete de seguridad post acuerdo que no dependa del humor de la Casa Blanca, y que tenga rostros y cifras verificables: unidades europeas de mantenimiento de paz si hiciera falta, contratos plurianuales de defensa aérea, y un calendario de desembolsos para la reconstrucción con hitos anticorrupción. Sin ese trípode, el relato no se sostiene ni una semana.
A la objeción de que “todo fue inútil” hay que responder sin refugiarse en consignas, pero también sin miedo a la crítica. Fue inútil si se prometió lo imposible y se gestionó lo imprescindible con espíritu de comité.
Fue irresponsable si se confundió moral con estrategia y si se delegó el timón en Washington para después culpar al clima cuando cambiaron los vientos. Fue, sobre todo, miope si ahora se pretende que una paz sin alto el fuego, con líneas de contacto fluidas y una Rusia que no oculta objetivos máximos, pueda sostenerse con comunicados y banderas.
La paz que valga algo será cara, no solo en cemento sino en hierro y silicio, y exigirá al contribuyente europeo una sinceridad que nadie ha practicado: esto costará más que la guerra en curso, porque asegurar la paz en territorio ucraniano —si llega— es un compromiso de décadas, no de titulares.
Por eso sálvese quien pueda no es un grito de pánico, sino una advertencia a la dirigencia europea: o reconstruyen una estrategia que no dependa del calendario electoral estadounidense, o volverán a explicar, dentro de dos inviernos, por qué hay que pagar otra ronda de “garantías” sobre un mapa aún peor.
Paz rápida y garantías vagas es la receta de siempre para una guerra lenta. Y Europa, si de verdad quiere dejar de ser objeto, debe por fin elegir ser sujeto.