Opinión | La suma ignorancia

El columnista, Miguel del Castillo del Olmo, es magistrado del Juzgado de Instrucción nº 1 de Marbella, con competencia en cooperación internacional penal pasiva y coportavoz de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria en Andalucía. Su columna es un relato onírico, satírico y oscuro sobre la manipulación colectiva, la ignorancia y la amenaza al Poder Judicial, narrado con imágenes impactantes y un tono crítico que mezcla lo grotesco con lo simbólico. Foto: Confilegal.

4 / 09 / 2025 05:44

En esta noticia se habla de:

– ¡Ignorantes, maleducados e inconscientes!

– ¡Soberbios!

Carcajadas.

– ¡Lo tenemos todo!

Mandíbulas desencajadas.

Un señor disfrazado de payaso con toga, en mis sueños, alzaba la voz delante de una multitud de personas incalculable por infinita, en postura de decúbito supino (como la ignorancia).

Le adoraban. Como moscas al excremento. Como la bacteria al divertículo inflamado.

Cientos y cientos de seres humanos, que compartían con el Predicador una goma oronda y rubí en torno a su cavidad nasal, reían y reían sin parar ante cada expresión, comentario o simple gesto improvisado del Dictador Inconsciente.

– ¡Quemémosles! ¡Vamos a taparles la boca, a talarles los pies, a anestesiar sus cabezas y a fundir su esperanza!

Las mentes más precarias del panorama político de un país que solo estaba en mis sueños habían decidido que la existencia de jueces investigadores imparciales en un Estado, en un pueblo incluso, era la principal amenaza para la salud de la democracia, cuyo concepto e implantación se habían degradado hasta tal punto que en realidad ya no había vuelta atrás.

“No a los locos sueltos”, rezaban las miles de pancartas de color entre morado y rojo que sujetaban, con uñas afiladas, personas con melena azul y ojeras tan profundas que parecían abismos de odio.

Se movían lentamente, mientras “Despacito”, la canción de Luis Fonsi, durante todo el sueño, acompañaba a la manifestación multitudinaria por las grandes avenidas de una ciudad que se parecía a Madrid, aunque en el Paseo de la Castellana todos los árboles estaban talados.

Centenares de globos gigantes, que inflaba de un solo soplido un bufón con banderas de naciones que no eran la mía, reflejaban gráficamente una toga con puñetas con un puñal incrustado a la altura del medio del dibujo, la cual vestía un señor mayor, muy canoso, mórbido y con cara de enojo. Nos impactaban a cada paso.

Los presentes, como digo, en mi sueño, disfrutábamos con pincharlos o con simplemente golpearlos, lo que hacíamos con una mezcla de furia y deleite que se contagiaba.

– Ya me he cargado a otro –me decía uno de mis hermanos mayores, mientras sonreía babeante, lo que a su vez a mí me provocaba emitir una carcajada irreconocible en tono agudo, y tan profunda que me dejaba casi sin aliento.

Para mi sorpresa (onírica), en mi sueño no estaba solo él, sino también mi madre, mis tíos por parte de aquella y mi familia por afinidad (para algunos de los que elaboran ahora las leyes, aclarar que significa parentesco adicional derivado de una relación conyugal).

Todos, sin excepción, incluido yo, con nariz bulbosa enrojecida, que dificultaba en parte la respiración y transformaba la voz, haciéndola horrible, sin que nos importara.

Fue entonces cuando escuchamos:

– ¡Vamos!

Y fuimos.

En realidad, solo los 76 o 176 primeros integrantes de la masiva concentración sabían hacia dónde nos dirigíamos… pero es que era tan divertido, con esos globos, con la agredible cara del juez gordo, viejo y facha, con esa música tan pegadiza y con tamaña demostración de solidaridad por una causa justa, que ni se nos pasaba por la cabeza nuestro destino.

Había que estar allí. Eso estaba clarísimo en nuestra conciencia.

Los 76 o 176 de la cabeza del grupo estimularon nuestro movimiento –he de reconocer que parecíamos ganado bovino– en dirección sur, hacia una plaza casi exactamente igual a la llamada Castilla, de la misma capital, donde un manifestante rebuznador con morro de cabra daba la sensación de disfrutar singularmente.

Apenas unos segundos después de perderlo de vista, pude oler a quemado por unos instantes, debiendo proceder la tufarada de un edificio cercano, que no estoy seguro de si eran o no los juzgados de instrucción de Madrid.

Es que no se veía en esos instantes. Y la euforia ciega.

Subrayo que la dinámica de la marcha comenzó a convertirse paulatinamente –debía estar a punto de despertarme– en un ritual acelerado, aunque nadie parecía estar cansado, por más que el sudor comenzara a emerger de alguna que otra goma redondeada, peluca rosa o axila putrefacta.

Transcurridos unos siete minutos desde el incendio de objeto o poder desconocido, llegamos a una plaza de nombre Villa de París, que creo que en la vida real es una especie de parque no demasiado frondoso frente al que se alza el Tribunal Supremo de España. En ese momento escuchamos al líder (o lideresa, porque no era sencillo juzgarlo, a la vista de que su voz sonaba metálica y algo robótica, y estaba disfrazado o disfrazada):

– Aquí es. Aquí está la amenaza. Estos son quienes nos limitan. Los que conservan, los que odian a la Democracia y al Estado de Derecho. Estos son los verdaderos ignorantes. Los sumos ignorantes. ¡Estos y estas son los que ni saben ni quieren aprender!

Tras algún que otro graznido, que no resultaba claro si procedía de una gaviota o de alguna de las gargantas de los primeros 76, o 176, concluyó diciendo:

– ¡No al Derecho!

Todos los asistentes, en todos los idiomas del mundo, empezaron a clamar al cielo esa misma frase.

– ¡No-al-de-re-cho!

Mientras, Luis Fonsi daba paso, a enorme volumen, a una obra maestra de Mozart.

El Réquiem.

Permanecimos callados, y fue a los 130 segundos de empezar la música clásica en homenaje a la Muerte de esa sociedad imaginada cuando, del centro de la manada de la que todos formábamos parte, emergió una estatua de cobre enorme, de más de cincuenta metros, de un señor con bigote recortado y con el brazo diestro elevado, el cual desembocaba a su vez en una mano abierta y tensa, que alternativamente se cerraba o abría, adoptando en su caso forma de puño apretado.

Las lágrimas de los ciudadanos y ciudadanas felices simbolizaban la emoción, la proximidad de la venganza del pueblo sabio frente a los jueces y juezas malvados, estúpidos e innecesarios, cuyo único mérito se anudaba al esfuerzo en superar unas oposiciones duras y exigentes, en contraste con la progresiva vulgarización de la Sociedad de la Ignorancia.

Los dedos bien pulidos de tan sublime figura naciente daban directamente al Tribunal, y de sus pupilas rojas brotaron avispas gigantes de cuernos oscuros, con aguijones afilados y afiliados, con antorchas encendidas en sus patas enclenques, que bruscamente se introdujeron, quebrando cristaleras, por los oscuros ventanales de la más alta instancia judicial de mi onírico Estado.

Por un instante intentaba recordar a qué figura mitológica me recordaba tan abyecta y diabólica criatura voladora.

Tras diez segundos de silencio absoluto, acaso interrumpido por gruñidos que no resultaba claro si eran de porcina procedencia o de alguno de los 76, o acaso cien más individuos que comandaban la revolucionaria expedición popular, el humo gris y denso empezó a esparcirse y distribuirse de forma homogénea por los exteriores del tribunal, procediendo de rosetones y aberturas ya sin cristal, asomada a una de las cuales pude ver a la actual presidenta del Consejo General del Poder Judicial llorando y despidiéndose personalmente de mí antes de ser abatida por uno de los crueles himenópteros con osamenta que brotaron minutos antes de los ojos del nuevo Dios.

La nube negra se hizo cada vez más compacta y, tras ser observada no sin temor por los ya miles de componentes de la jauría torpe que todo se cree y traga, comenzó a descender, aproximándose progresivamente a nosotros, que en realidad no lo terminábamos de entender, porque lo razonable era, por razón del viento, que se desplazara hacia el sur.

Miré a mi mujer, que siempre me acompaña, y comprobé cómo, al costarle respirar, decidía desproveerse de la simpática nariz de goma que simbolizaba la llamada Marcha por la Democracia. Recuperaba la voz y yo mi amor por ella. Hice lo propio y sonreí, aunque de nuestros ojos brotó una lágrima amarga y no salada.

Entonces noté cómo mi madre tosía, y mis hermanos. Yo mismo escupí una colilla de tabaco negro, de repente, lo que me provocó repulsión sin límite. Todos nos quitábamos la nariz de payaso.

Pero era tarde. Comenzamos a notar que faltaba demasiado oxígeno, y dentro de la plaza tratábamos de separarnos lo más posible entre nosotros, de manera infructuosa.

¡Con lo felices que estábamos minutos antes todos juntos contra el enajenado y desobediente poder judicial!

Con el fin de ser capaces de absorber más cantidad de aire, nos apartábamos recíprocamente, hasta que veinte segundos antes de terminar el sueño empezamos a agredirnos con virulencia extrema.

Quince segundos antes de despertar, pude comprobar que a todos nos faltaba un ojo y que yo albergaba uno, inflamado y ajeno a juzgar por el color de sus pupilas, entre mis dedos anular y pulgar de la mano derecha, extraído y procedente de la cuenca ocular de algún “maninfectante” desconocido.

Habíamos perdido el Estado de Derecho. La visión, la perspectiva. Se avecinaba el verdadero horror.

Porque ninguna unión contra alguien que sea meramente destructiva, ninguna adhesión inquebrantable al odio, como la que hoy gobierna a buena parte del mundo occidental, acaba perdurando para beneficio de nuestra especie.

Nos deja tuertos, nos debilita como especie y, finalmente, la soga de la polarización ahoga a la sociedad que ignora.

Las narices de goma, o gomas con forma de nariz sin doble agujero, fueron despoblando asimismo los rostros de todos los falsos amantes de la democracia que, segundos antes, odiaban sin límite a quienes velan por conservarla, investigando de forma independiente, vocacional y predominantemente cabal, tras muchos años de formación.

Aunque ya era tarde, todos comenzábamos a darnos cuenta de lo que habíamos estado haciendo desde que optamos por seguir y aplaudir a la Suma Ignorancia, tan atractiva y seductora como las mentirosas y “preglaucomáticas” pantallas de los móviles:

El payaso.

En masa, y a gritos de un neodisidente influyente, muchos nos intentamos acercar a los 76, o cien más, que habían aprobado las leyes que consagraban la eliminación objetiva del Poder Judicial en aquella nación inexistente, para vengarnos, para salvarnos acaso, pero no fue posible.

No fue posible porque la Suma Ignorancia, incendio para la convivencia en paz, los había consumido.

Eran solo polvo. Lo fueron desde el principio.

Polvo gris, sobre el que pisé, en mi sueño, justo antes de exhalar ahogado, delante de la sede principal del Poder Judicial, dejando una huella de calzado que, extrañamente, era exactamente igual al escudo de España.

Y no crean, no he despertado.

Sé que ha sido un sueño, pero, aún consciente, también sé que no se ha acabado…

Defendamos al Poder Judicial Independiente frente a quienes, sea o no conscientemente, y nutridos posiblemente por un odio heredado y un afán individualista, en el fondo solo saben y pueden vivir de destruirlo, ensanchando el sendero de sus pobres decisiones para que por él se adentre, lamentablemente, en este o cualquier otro Estado, el totalitarismo, y con él, las pupilas rojas, el odio, el egocentrismo feroz…

…Su Suma Ignorancia.

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