Hace pocos días una madre joven comentaba que si sus padres hubieran acudido a mediación cuando se separaron, a ella le habrían ahorrado muchas horas de psicólogo y mucho malestar emocional que aun le afloraba ahora, ante pequeños contratiempos o dificultades en la crianza de su hija.
En cualquier unidad de convivencia surgen problemas: en las relaciones de trabajo, con los vecinos, en nuestras familias. Lo que marcará la diferencia será cómo los enfoquemos.
Los conflictos, especialmente los de familia, no son jurídicos, son relacionales y comunicativos. Lo que es jurídico es el tratamiento que le podemos dar para buscar una solución, pero en materia de familia hay pocas normas con determinaciones concretas que no admitan diversas valoraciones.
No tenemos ninguna ley que determine cual es el superior interés del menor cuando sus progenitores se discuten sobre si debe acudir a colegio religioso o laico, cuando batallan por quedarse en el uso de una casa que va a ir a parar al banco porque por separado carecen de capacidad para pagar la hipoteca, cuando es tanta la rabia que el discurso hacia los hijos e hijas es siempre de descalificación hacia el otro y sitúan a los pequeños en un conflicto de lealtades, cuando el padre y la madre enzarzados en sus batallas se olvidan de mantener la confianza, el respeto, la cooperación, la flexibilidad y sin darse cuenta transmiten a los pequeños futuros adultos frustración, inseguridad, miedos, intranquilidad y consiguen que se vuelvan desafiantes, ansiosos, depresivos y necesiten de terapia psicológica.
En los procesos judiciales, percibimos esas dificultades, podemos derivarles a mediación o intentar una conciliación, pero en muchas ocasiones desatada la batalla judicial no hay ya predisposición ni por los propios interesados ni por sus abogados.
Buen criterio del legislador: incentivar el uso de la mediación
Y entonces hemos de decidir, en sustitución de los progenitores, sobre cuestiones relativas a la vida de sus hijos e hijas, sin conocerlos, en muchos casos sin haberlos podido escuchar por su corta edad.
Mientras dura el proceso, que no es corto, el desgaste emocional que comporta, la incertidumbre del resultado y el coste económico hacen mella en las personas y, de rebote. afectan negativamente a sus hijos e hijas.
Por ello, con buen criterio, el legislador ha optado por incentivar el uso de métodos compositivos antes de litigar.
Para tender puentes de diálogo y para aprender a enfocar hacia una corresponsabilidad parental positiva, en los conflictos familiares padres y madres ante la crisis convivencial deberían acudir a un proceso colaborativo o a mediación y antes, mejor que después.
Con la separación o el divorcio se inician nuevas secuencias en la vida de las personas; que esas secuencias puedan dar lugar a una película probablemente dramática al principio pero que puede tener un final pacífico, sin que se eleve la conflictividad con el paso del tiempo ni termine en una película de terror, sólo depende de que aquellos a quienes se recurre sepan aconsejar la utilización de un método que procura restablecer el diálogo, que es guiado por un profesional especialmente formado para ello, que no decide pero que ayuda a las partes a seguir un camino hasta identificar una solución propia que pueda coincidir con la del otro, que permite la escucha no solo de lo que se quiere sino de qué necesidad es preciso atender y qué interés hay detrás, que ayuda a padres y madres a poner el foco en sus hijos e hijas, en como cada uno puede colaborar con el otro para que los pequeños no sufran, en como van a ser capaces de llegar a acuerdos sobre la crianza que les corresponde a ellos, que se enfoquen a ejercer sus responsabilidades sin dejarlas en manos en jueces y juezas que les son desconocidos.
Y si no llegan a acuerdos habrán sido capaces de escucharse, habrán percibido el valor positivo del diálogo directo y habrán aprendido a comunicarse de forma eficaz, quedándoles siempre la posibilidad de acudir al Tribunal.
En el Tribunal, cuando damos audiencia a un joven, o a una chica en esa edad difícil que es el paso de la niñez a la adolescencia, y les pedimos que nos digan que desearían percibir en un futuro que fuera tranquilo para ellos, nos dicen “que mi padre y mi madre sean capaces de hablar y escucharse para ponerse de acuerdo”.
¿Verdad que se entiende por qué debería acudirse a mediación antes de litigar en temas de familia?