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¿Derecho a la Información o morbo por devoción?

Susana Gisbert GrifoSusana Gisbert Grifo
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No hace falta que diga que estamos pasando por un verano terrible. Todos hemos podido comprobarlo. Acontecimientos espantosos se repiten uno tras otro casi sin solución de continuidad. Y, prácticamente en todos, un denominador común: el trasfondo de una situación de violencia de género. Tremendo

Lo bien cierto es que hemos llegado un punto en que casi –o sin casi- da miedo encender el televisor o la radio o abrir periódicos, digitales o analógicos, por temor a que una nueva víctima nos salpique. Aunque más miedo aún que no nos dé miedo, si soy sincera. Porque el umbral de nuestra tolerancia está alcanzando unos límites tales que cada vez necesita unas circunstancias más escabrosas para despertarlo de su letargo. Como si no fuera suficiente la muerte de una mujer. Y la atención solo se dispara si hay un plus, sea una radial, un hacha, o el fuego como medio. Triste pero cierto.

Pero, ante todos estos terribles asesinatos, cabría preguntarnos qué es lo que nos cuentan, y cómo lo hacen. Y ahí hay mucha tela que cortar. Y mucha culpa que repartir.

Nadie puede negar el papel fundamental que jugaron los medios de comunicación en la concienciación social, a partir de ese punto de inflexión que vino marcado por el asesinato de Ana Orantes en 1997, tras haber proclamado en un programa de televisión el infierno de maltrato por el que llevaba pasando toda su vida junto a su marido. Ella, por desgracia, no pudo ver que su valentía al denunciar públicamente su situación no fue en vano, pues sacó del armario del silencio a muchas mujeres y logró dar un vuelco al tratamiento informativo de muchos asuntos. Y parecía que a partir de entonces las cosas iban a ser distintas.

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Y así fueron un tiempo. Hasta que en enero de 1993 aparecieron los cadáveres de las tres adolescentes desaparecidas en el pueblo valenciano de Alcácer el mes de noviembre anterior. Y los medios de comunicación –o algunos de ellos, fundamentalmente las televisiones- no quisieron o no supieron dar la talla. La tentación de unos hechos tan luctuosos en tan terribles circunstancias desató lo peor de muchos responsables –o, mejor, irresponsables- de medios de comunicación, y alimentaron el afán de morbo puro y duro en pro de la dictadura de las audiencias, sacrificando con ello lo que debiera ser pura ética profesional. El circo mediático, aun se recuerda, ha dado sus frutos en forma de condenas en varios tribunales, pero sembró la semilla de la duda en muchas personas ávidas de ese morbo. Y sí, es cierto que se cobró sus víctimas a nivel profesional, pero también lo es que el tiempo todo lo cura y que sus carreras pudieron reponerse. Lo que nunca podrá restaurarse, probablemente, será el dolor causado a esas familias y a las personas que les conocían por el modo de retransmitir la tragedia, y el daño causado al ciudadano al que le vendían como derecho a la información algo que no era más que amarillismo.

Nuevamente un caso terrible supuso un hito en los tratamientos informativos de crímenes espantosos y nuevamente creímos que se había aprendido la lección. Craso error. Aquello demostró que la falta de ética vende, y un tinte de alcacerización se instaló en algún punto del acervo colectivo, y, aun aletargado, viene saliendo a la luz cada vez que las circunstancias ponen hechos de esta especie ante nuestros ojos: Marta del Castillo, la niña Mari Luz o los niños Rut y José fueron claros ejemplos de hasta dónde se puede llegar. Y también de hasta dónde no se debe llegar, por qué no decirlo.

Y algunos ejemplos nos recordaban peligrosamente a Ana Orantes, como el caso de Svetlana, la mujer que era asesinada por su ex pareja al día siguiente de que ella lo rechazara en un tele magazine al que había sido llevada en la ignorancia de cuál era la sorpresa que iba a recibir.

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Pero todo pasa, y como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, ningún buen propósito ha resistido la tentación de torpedearnos el hígado con todo tipo de cosas acerca de lo que han bautizado como “el doble crimen de Cuenca”.

Sin ahorrarnos detalles, desde la cola a la puerta del instituto de Medicina Legal a la espera de la salida del forense hasta el peregrinaje de tienda en tienda a ver dónde y cómo se compró la cal que sirvió de mortaja, desde las preguntas a los vecinos de unos y de otros, al traslado a Rumanía en busca de vestigios de la fuga.

Y, lo que es peor, sin ningún empacho en grabar a tumba abierta el dolor y el desgarro de las familias en tan espantoso trance. Y, para más inri, todo ello con la coletilla irónica de que todo lo que cuentan en respetando el secreto de sumario. Sin morir de la vergüenza. Ni sonrojarse, siquiera.

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Y ahí siguen, inasequibles al desaliento, continuando día tras días con programas ordinarios y extraordinarios sobre los hechos. Descubriendo datos que no deberían importar a nadie y opinando a troche y miche con todólogos varios y opinadores profesionales disfrazados de especialistas no se sabe en qué. Y hablan de autopsias, polígrafos o extradiciones como si no hicieran otra cosa en su vida.

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Y, frente a todo eso, muchos se preguntan si no hay ley que impida esto. Y la respuesta es difícil. Sí y no. Ni blanco ni negro. Porque si bien es cierto que la Ley Integral de Violencia de Género tiene un apartado específicamente dedicado a los medios de comunicación, no lo es menos que acaba derivándolo todo a la auto regulación. Y ya se sabe, una norma sin sanción para el que la contravenga es poco menos que papel mojado. ¿O acaso alguien se imagina a los responsables de una cadena renunciando a suculentos beneficios vía índice de audiencia y publicidad consiguiente en pro de una ética a la que nadie les obligue? Pues eso.

Pero no toda la culpa es de ellos, no creamos. La culpa es de todos y cada uno de los que, usando su libertad de elección, seleccionan el canal que se refocila en el morbo. Porque sin su anuencia, ni subirían los índices de audiencia, ni los anunciantes acudirían como moscas, ni los beneficios se dispararían. Porque, por más que en las encuestas todos afirmemos ver los documentales de la 2, de eso nada.