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Por qué es muy desaconsejable mentir a los periodistas

Carlos Berbell
Por qué es muy desaconsejable mentir a los periodistas
Carlos Berbell es director de Confilegal.
08/6/2017 04:58
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Actualizado: 19/6/2017 12:05
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No ha sido ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro las veces que en el último año me han intentado mentir, o «contarme bolas», para que las publique en Confilegal. Han sido muchas más.

Y esto me preocupa mucho. Por eso me he puesto a escribir esta columna.

Para dejar las cosas claras.

Porque ni mi socia, Yolanda Rodríguez -la primera persona que sacó el caso Gürtel a la luz junto con Juan Luis Galiacho-, ni yo, somos periodistas al uso. Somos, también, consultores de comunicación.

Cuando se nos requiere, establecemos estrategias de comunicación y formamos a la gente para hablar en público y con los periodistas, en cursos intensivos de «media training».

El primer consejo que siempre damos es: Jamás, nunca, mienta a un periodista.

Porque, tarde o temprano, el periodista se va a enterar.

Si consigue «meterle el gol» y que publique su información falsa, sus mentiras, lo pagará después.

Y si se entera antes, también lo pagará, y además caro, muy caro.

El periodista se lo tomará de forma personal y se convertirá en un enemigo suyo, para siempre. La confianza es como un jarrón chino, una vez que se rompe, se puede pegar, pero jamás volverá a ser como al principio.

En el primer caso, porque el director, el redactor jefe o el jefe de Sección del medio se lo recordará. Se lo restregará por la cara.

Gran parte del crédito, de la confianza de sus jefes en su profesionalidad, se verá mermado.

No hay nada peor que ser un periodista «pagafantas».

En el segundo caso, porque no hay nada que irrite más que a uno le tomen por tonto.

El escritor estadounidense Mark Twain escribió una vez que «Es muy desaconsejable meterse con personas que compran tinta por barriles». Es una frase que siempre he tenido muy presente porque implica un hecho evidente: el periodista siempre tiene la última palabra.

Él crea la estructura del artículo y escoge las palabras a utilizar, que contienen, en sí mismas, una meta información subliminal que comunica al lector lo que piensa del protagonista de su información.

Por eso es desaconsejable, muy desaconsejable, mentir a los periodistas, que somos como su esposa, amigo lector -si es hombre-: detectores de mentiras.

Sí, ya lo sé. Muchos nos ven como «bombas andantes».

Lo somos, pero también podemos ser todo lo contrario: una gran oportunidad.

Para salir con bien, como en todo, hay que prepararse y hay que preparar lo que se quiere contar.

Y nosotros lo agradecemos, porque el tiempo el oro.

El caso Jesús Gil

En esto de la mentira, recuerdo un caso que siempre tengo muy presente, el de Jesús Gil.

Entonces el presidente del Atlético de Madrid había conseguido convertirse en alcalde de Marbella. Era principios de los 90 y yo era un joven reportero que trabajaba en la revista Panorama, del Grupo Zeta, propiedad del desaparecido Antonio Asensio, del que Gil -me dijo éste- era muy amigo.

Era julio y Gil me llamó a la revista -los teléfonos móviles eran una entelequia entonces-, interesado en que le hiciera un reportaje sobre la próxima adquisición de un avión privado que iba a hacer el Ayuntamiento de Marbella, para su uso personal.

Para vender su ciudad por el mundo, me explicó telefónicamente.

El avión se lo vendía un jeque árabe por 120 millones de pesetas, si mal no recuerdo.

Tanto el director de la revista, Carlos Carnicero, como el redactor jefe, Ignacio Ruiz -dos grandes periodistas, vaya por delante mi justo elogio profesional-, lo vieron con buenos ojos.

Porque Gil, en aquel momento, «vendía». Tenía mucho arrastre.

Era muy popular.

Donald Trump, el presidente estadounidense, me lo recuerda mucho. 

Bajé a Marbella. Estuve con Gil dos días completos. En un yate, en su Mercedes y viendo el avión en cuestión, en el aeropuerto de esa ciudad.

No era la primera vez que le hacía un reportaje. Antes había estado con Gil en Gibraltar en su visita al entonces ministro principal de la colonia británica, el laborista Joe Bossano.

Además, él sabía que yo era -y sigo siendo- del Atlético de Madrid; el vínculo emocional. Contaba con él.

Había química.

Una bicoca

«El avión es una bicoca», me dijo. «Una ganga», me aseguró.

Ví claro que el reportaje tenía el objetivo de crear el estado de opionión de que el avión era una necesidad perentoria para la ciudad.

Terminé el reportaje. Regresé a Madrid.

Tengo que reconocer que volví con la mosca detrás de la oreja. Por eso, lo primero que  hice fue llamar a una fuente, especialista en aviones privados, para que me contara en cuánto estaba valorado el aparato en cuestión.

En aquel tiempo había dos guías internacionales. Y las dos decían lo mismo: el valor de la «bicoca» era de 60 millones de pesetas.

«Pero necesita que le cambién los dos motores sí o sí. Son otros 60 millones más», me aclaró por teléfono.

Si Marbella finalmente compraba el avión por 120 millones y luego tenía que poner otros 60 millones de pesetas más, la cosa iba a salir por 180 millones.

¿Y quién se iba a llevar los 60 millones del ala del sobreprecio?

Me lo imaginé.

Seguramente Gil pensaba que como era amigo de Antonio Asensio eso le convertía en intocable.

No era así.

Jamás recibí ninguna indicación de Asensio, ni de Carnicero, ni de Ruiz a la hora de escribir.

Era libre e independiente para escribir lo que pensaba.

Y lo hice.

Conté el pelotazo que pretendía dar Jesús Gil con la compra del avión a costa de la ciudad de Marbella.

En torno a las 10 de la mañana del siguiente lunes -publicábamos ese día-, me telefoneó el alcalde. Muy enfadado. Fuera de sí.

Se acordó de mi madre, de mi padre, de mis antepasados cercanos y lejanos y de mi estirpe futura.

Ni que decir tiene que aquella mentira -o media mentira, porque no era mentira del todo, me dijo-, aquella bola que intentó meterme Jesús Gil, dio al traste con la operación del avión.

Nuestra relación personal se había acabado cuando colgamos los dos el teléfono.

Volvimos a vernos más veces. Cara a cara. En Antena 3 Televisión y en Tele 5. Me convertí en su peor pesadilla porque me había intentado tomar por tonto.

Incluso ejercí de «pitoniso» cuando, seis meses antes de que saliera la sentencia del Tribunal Supremo que dio con sus huesos en la cárcel y lo inhabilitó como alcalde, le predije en televisión que su suerte estaba echada y que iba a conocer el «Hotel Los Barrotes», por dentro.

«Tú, ¿qué vas a saber del Tribunal Supremo?», me contestó muy airado.

Así ocurrió. Gil se convirtió en una cuestión personal. Mi cuestión personal.

Pero no fue el único que me intentó mentirme.

Hubo otros.

Algunos me metieron goles, que luego pagaron caro; unos antes y otros después.

Por eso, siempre repito el mismo consejo: Jamás, nunca, hay que mentir a los periodistas ni pensar que, tras una pequeña conversación de 5 minutos, son amigos íntimos.

Tampoco hay que abrirles las puertas de tu corazón y revelarles los secretos profesionales y personales más íntimos.

Si hay que venderles algo, hay que estudiar muy bien qué es lo que se quiere contar, cómo se quiere contar y a quién hay que contárselo.

Y sobre todo, hay que ser coherente y profesional.

De otra forma, se puede pagar muy caro. Y lamentarlo.

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