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Cartas desde Londres: «Heavy Metal» y tribunales, el caso «James Vance versus Judas Priest» (y IV)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: «Heavy Metal» y tribunales, el caso «James Vance versus Judas Priest» (y IV)
La canción de Ozzy Osbourne "Suicide solution" (1980), le llevó a los tribunales. Un joven de 19 años la interpretó de forma literal y se quitó la vida. En la foto, haciendo una paraodia del suicidio. Lo cuenta en su columna Josep Gálvez.
06/12/2022 06:49
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Actualizado: 05/12/2022 21:17
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Dados sus largos años de carrera musical, si buscáramos en España a un cantante parecido a Ozzy Osbourne, seguramente sería Raphael o incluso mejor aún, Julio Iglesias. Pero lejos de cantar sobre si es aquél, un truhan, un señor o cualquiera de los tópicos al uso, el de Birmingham se ha destacado desde sus viejos tiempos en Black Sabbath en compartir sus -muy- alterados estados de conciencia a través del uso y abuso del alcohol y otros vicios peores.

A ello se ha unido el sambenito de ser una pésima influencia para la juventud que le colgaron grupos cristianos sobre todo en Estados Unidos ya que, según ellos, Osbourne gustaría de profesar oscuros cultos satánicos.

Aunque, según parece, más allá de alguna canción dedicada al famoso ocultista inglés “Alister Crowley”, este viejo rockero sigue siendo acólito de la Iglesia de Inglaterra y además reza al inicio de cada uno de sus conciertos.

Apestando así a azufre, no es de extrañar que, de forma idéntica al caso de James Vance, los padres de John McCollum, un chaval californiano que había estado escuchando la canción Suicide Solution (“Solución Suicida”) la noche en que se suicidó, decidieran interponer en octubre de 1985 una demanda multimillonaria contra el célebre cantante británico y su importante discográfica CBS.

DEMANDAS EN EL PARAÍSO DE LOS LITIGADORES

Y es que, como ya saben los que siguen esta columna, todo es posible en el paraíso de los pleitos yanqui, donde el personal cobra honorarios exclusivamente a éxito (“contingeny fee”), hay abundantísimos daños punitivos que cascarle al acaudalado demandado (“punitive damage”) y además, como cerecita al pastel jurisdiccional, los tribunales no imponen nunca las costas incluso aunque pierdas (“American rule”).

A excepción de Alaska, el único Estado que sigue la vieja regla británica de que quien pierde, paga (“English rule”) y que tan bien conocemos en España.

De ahí que, con estos mimbres tan propicios para reclamar, abogados y padres del fallecido se vieran interponiendo una demanda contra Ozzy Osbourne, alegando que el famoso cantante, afincado desde hacía ya un tiempo en California, y su compañía de discos habían actuado de forma absolutamente irresponsable publicando esa canción en el mercado yanqui “a sabiendas de que promovería, o al menos podría promover, el suicidio”.

Vamos, un caso de derecho de daños en general y en particular la responsabilidad civil derivada de un producto con resultado de muerte, ojo cuidado.

Poco importó que este chaval hubiera tenido problemas con el alcohol o la depresión cuando decidió pegarse un tiro en su habitación con un revólver del calibre 22. Por el contrario, sus padres estaban convencidos de que fue una víctima del infame Ozzy Osbourne y su maléfica discográfica.

Por ello insistían en su demanda que los adolescentes “fácilmente impresionables” eran particularmente susceptibles de ser influenciados por esa música del demonio y que, por tanto el cantante y CBS debían ser declarados responsables del suicido de su hijo.

Osbourne, escoltado por policías de Filadelfia, luego de firmar algunas copias de su libro «I Am Ozzy» el 27 de enero de 2010. Foto: Kevin Burkett.

UNA DEMANDA CONTRA LA MÚSICA DEMONÍACA QUE PROVOCA SUICIDIOS

Total que en la demanda, los padres de McCollum alegaron que en la canción Suicide Solution había “una letra oculta que incitaba al adolescente a suicidarse”, es decir, se instaba a los oyentes a “coger la pistola y probarla, disparar, disparar, disparar” (“get the gun and try it, shoot, shoot, shoot.”), durante la parte instrumental del tema de 28 segundos y que no figuran en la letra impresa en la portada del álbum.

Según los demandantes, estas palabras se cantarían por debajo de la velocidad normal del habla, por lo que “no son inmediatamente inteligibles ni suficientemente perceptibles como para ser escuchadas y entendidas cuando el oyente se concentra en la música y la letra que se reproduce durante ese intervalo de 28 segundos».  

Además de las letras, los demandantes también alegaron que la composición de marras utiliza “un ritmo fuerte, machacón, dirigiendo a un proceso de hemisincronización» de las ondas sonoras que “impactan en el estado mental del oyente”.

En fin, si tienen curiosidad y quieren escuchar la canción de autos, aquí la tienen, aunque siempre a su propia cuenta y riesgo.

LA PROTECCIÓN DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN POR LA PRIMERA ENMIENDA

Como vimos en entregas anteriores sobre el caso de James Vance contra Judas Priest, la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana permite la libertad de expresión de forma muy amplia para los gustos continentales, de tal manera que se ha desarrollado una jurisprudencia del Tribunal Supremo del país (Oyez! oyez! oyez!) muy permisiva.

Recordemos que la Primera Enmienda acoge incluso el derecho a quemar la bandera estadounidense como se reconoció en el famoso caso Texas v. Johnson, 491 U.S. 397 (1989), votando la mayoría de los “Justices” a favor de Gregory Lee Johnson, un manifestante que en 1984 había quemado la bandera patria en protesta contra la administración Reagan, durante unas fiestas patronales en la ciudad de Dallas.

Tras quemar públicamente una bandera estadounidense como medio de protesta política, Gregory Lee Johnson (acusado) fue condenado por el Estado de Texas (demandante) por profanación de bandera, en contravención de la legislación texana. Johnson impugnó su condena ante un tribunal estatal alegando que la ley violaba su derecho a la libertad de expresión consagrado en la Primera Enmienda. El Tribunal de Apelaciones en lo Penal de Texas revocó la condena y el Tribunal Supremo de los Estados Unidos la ratificó. Desde 1989 existe el «derecho» a quemar la bandera estadounidense.

Pero ojo, no todo cabe bajo la libertad de expresión ya que la Primera Enmienda no permite incitar directamente a realizar acciones violentas concretas e inminentes, como sería el caso del supuesto mensaje en la canción Suicide Solution, al inducir a coger un arma y disparar. No obstante, como esta incitación a la violencia ha sido tradicionalmente difícil de probar, prácticamente todos los intentos de responsabilizar a un artista habían fracasado.

Para superar este obstáculo, los demandantes alegaron que Osbourne es un cantante conocido popularmente como el «hombre loco» (“mad man”) del rock and roll, una auténtica figura de culto. De tal manera, las letras y la música de sus canciones, e incluso las portadas de sus discos, se caracterizan por actitudes y creencias inusuales, antisociales e incluso extrañas, haciendo hincapié en el culto satánico, la burla a las creencias cristianas tradicionales o la muerte.

De ahí, que la reclamación señalara que el mensaje transmitido por Osbourne y su discográfica fueran la desesperación vital, por lo que el suicidio no sólo sería una salida aceptable, sino incluso deseable, sacando provecho económico de ello y por tanto, resultando una responsabilidad de carácter extracontractual (“tort liability”).

La cuestión es que, según los padres, Ozzy y la discográfica debieron prever que la música, las letras y esos tonos “hemisincrónicos” en su música podían influir en las emociones y el comportamiento de oyentes, como sucedió con su hijo John. Total que debido a la inestabilidad emocional propias de la edad del pavo, jóvenes incautos podrían llegar a actuar de forma autodestructiva, infringiendo además el Código penal del Estado de California, que castiga a quienes incitan a cometer suicidio.  

La defensa de Ozzy y CBS consistió en agarrarse como un clavo ardiendo a la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana, y alegaron además que la difusión pública de la música grabada por Osbourne no invadió de forma negligente o intencionada ningún derecho de la víctima y mucho menos infringiendo la legislación penal.

Pues bien, la demanda fue desestimada en diciembre de 1985 cuando el Juez del Distrito dictaminó que Osbourne tenía el derecho absoluto de la Primera Enmienda a escribir una canción sobre el suicidio o sobre lo que le diera la gana, sin que se acreditara una relación entre el daño y la conducta de los demandados.

Pero como se imaginarán la sentencia fue recurrida, concretamente ante Tribunal de Apelación de California, Segundo Distrito, División 3ª.

Y ahí que nos vamos.

LA DECISIÓN DEL TRIBUNAL DE APELACIÓN EN EL CASO ‘OZZY OSBOURNE’

El Tribunal de Apelación examinó con detalle las grabaciones y aunque me imagino que no serían muy amantes del ‘heavy metal’ y recordaron que, según los precedentes jurisprudenciales, no basta meramente con alegar que los demandados realizaron un acto concreto, sino que la carga de la prueba al demandante impone demostrar que dicho acto se realizó con la intención de causar un perjuicio.  

En otras palabras, los padres tenían que probar que Ozzy Osbourne y la CBS tenían la intención de causar el suicidio de John (o de algún otro oyente) y que la música grabada estaba dirigida a ese fin, lo que no se sostenía.  

Lo mismo dijo de la incitación al suicido con sustancia penal, dado que el Tribunal Supremo del Estado de California la había interpretado como “alguna participación efectiva que lleva a la comisión del acto final, como son el suministro de los medios para provocar la muerte –el arma, el cuchillo, el veneno, o el suministro de agua, a la persona que comete el acto de auto asesinato”.

En conclusión, el tribunal entendió que “en ausencia de pruebas de la intención y la participación requeridas, el Código Penal no puede aplicarse a los compositores, intérpretes, productores y distribuidores de obras grabadas de expresión artística difundidas al público en general que supuestamente tienen un impacto emocional adverso en algunos oyentes o espectadores que posteriormente se quitan la vida”.

Por tanto, los ‘justices’ concluyeron en la decisión McCollum v. CBS INC de 12 de julio de 1988 que nanay, que no había caso y desestimaron la demanda. Aunque no quiero imaginar qué hubieran dicho si en vez de Ozzy Osbourne hubieran escuchado algunas canciones de reguetón o de Leticia Sabater, la verdad.

En fin, dejamos ya la soleada California y volvamos a la vieja jurisdicción de Inglaterra y Gales.

Hasta la semana que viene.

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